Lunes, 07 de febrero de 2022

Al adorar a solas o en grupo, la alabanza pasa por un principio de regulación del evangelio. Las modas humanas no pueden franquear el mandato expuesto desde tiempo inmemorial en la Biblia. Recordemos lo sucedido a los dos hijos de Aarón, el sacerdote levita del Antiguo Testamento; ellos tomaron sus incensarios y pusieron en ellos fuego con incienso, ofreciendo fuego extraño que nunca fue ordenado. Salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová (Levítico 10:1.2). Jesucristo nos dijo que el Padre busca que le adoren en espíritu y en verdad, así que si la palabra de Cristo es verdad debemos tomarla en cuenta al momento de la adoración. 

El Padre busca tales adoradores, los que se gozan en la palabra del Hijo, en su doctrina. En cualquier proceso de predicación religiosa se propone un intercambio cultural, más bien una transfusión de la cultura que pregona la religión hacia el prospecto converso. Pero ese cambio cultural habla de la forma externa, no dice mucho del cambio interno. Tal vez las costumbres éticas del predicador son tomadas como signos de transformación religiosa, sin que ello garantice que se haya comprendido la doctrina expuesta. En relación al evangelio, Jesucristo fue muy claro al decirnos que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trajere.

Agregó el Señor que estaba escrito que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos a él. Entonces, el aprendizaje doctrinal resulta de importancia extrema, como dijera Pablo: ¿Cómo invocarán a aquél de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Isaías agregó también que por el conocimiento del siervo justo éste justificaría a muchos; Timoteo recogió de Pablo la idea de ocuparse de la doctrina del Señor para salvarse a sí mismo y para ayudar a salvar a otros. Juan dejó escrito que quien no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo.

La adoración debe ser en espíritu y en verdad, un principio que proviene del evangelio. La sociedad de hoy anda entretenida con la moda musical, con la escenografía provista por los medios masivos audiovisuales, distanciada del mandato bíblico. Si existe una melodía pegajosa en los medios, se copia y se le coloca letra ‘cristiana’ para que sea aceptada con facilidad. La Biblia no nos ha ordenado a usar cruces como emblema de nuestra fe, ni a pintar palomas como señales de paz. Mucho menos considera válido el que representemos imágenes del Jesús de las películas, pinturas típicas de un célebre Cristo que podría ayudarnos a recordar quién es Dios. 

No, la Biblia mantiene su viejo criterio de no hacernos imágenes, ni ninguna semejanza, de lo que esté arriba en el cielo o abajo en la tierra; no hemos de inclinarnos ante ellas ni debemos honrarlas. La antigua serpiente de bronce levantada en el desierto tuvo que ser destruida por causa de la idolatría del pueblo de Israel, lo cual quedó como una clara muestra de la perversión generada por los iconos que se erigen en función conmemorativa. El Dios de la Biblia se conoce como el Dios invisible, a Dios nadie le vio jamás porque Dios es Espíritu. Siempre existen argucias o sutilezas mentales para permitir el uso de algunas imágenes, como si con ellas el pueblo pudiera ayudarse a recordar. Pero se nos habla de cuidarnos de los ídolos, sin importar si esa imagen la consideramos la cosa misma o una representación de lo que se adora. 

Si en el paganismo de Éfeso Pablo recriminó la adoración a las estatuas de Diana, se ha de entender que los efesios no adoraban la estatua per se sino a lo que ella representaba. Lo mismo puede decirse de quien adora una imagen de un supuesto Cristo, aunque no se adora a la imagen misma sino a lo que representa tal actividad viene a significar idolatría. Poco importa la sutileza distintiva entre doulía o latría, servicio o adoración, ya que la veneración de una imagen o persona presupone hacerla el centro de atención. 

Pero no a pocos les resulta doloroso el dejar esos hábitos que les parecen más bien costumbres populares heredadas. Cuando los creyentes entramos a adorar al Padre Eterno lo hacemos por una sola vía: a través de la sangre de su Hijo, derramada en la cruz por causa de nuestros pecados. Jesucristo hizo una expiación una vez y para siempre en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), lo cual nos habilita para entrar al lugar santo. No se nos requiere de fórmulas verbales, ni de imágenes recordatorias, ni de rituales religiosos. 

Nuestro Dios no ha cambiado, es el mismo Dios de los antiguos sacerdotes levitas, solamente que ahora Jesucristo ha pasado a ser nuestro Sumo Sacerdote para siempre, habiendo sido él mismo la ofrenda por el pecado de su pueblo. De esta manera nos procuró redención eterna (Hebreos 9:12), así que cualquiera otra vía para obtener redención viene a considerarse extraña o falsa, propia del evangelio de mentiras. Acudir a Dios en los términos extra-bíblicos significa ofrecer fuego extraño, significa que seremos aniquilados como aquellos hijos de Aarón. Tal vez no se vea hoy día la muerte física en quienes tal hacen, pero la muerte espiritual viene a ser el sarcófago lleno de pecado que cargan a cuestas.

La ofrenda de Caín fue la de sus propios esfuerzos, lo mismo que hicieron los hijos de Aarón. La ofrenda de Abel refería al cordero inmolado, lo único que satisfaría al Padre como pago por la afrenta del pecado humano. Un poco de inconsistencia doctrinal trae muerte perpetua, ya que se ignora lo básico del evangelio. Quien no posee el conocimiento del siervo justo no podrá ser justificado por ese siervo justo, en palabras de Isaías. El pueblo perece por falta de conocimiento, se toma a la ligera los asuntos de vida o muerte eterna. Si no se cree el evangelio se puede tomar a la ligera la adoración al Padre, pero si se cree la doctrina de Cristo se sabe lo que el Señor ordena respecto a la adoración. 

La manera de adorar a Dios viene como reflejo de lo que hemos aprendido en el evangelio. Si abaratamos la reverencia al Dios Omnipotente, si consideramos insignificante la soberanía absoluta de Dios, de seguro le rendiremos tributo a un dios minúsculo, camuflado como el Dios de la Biblia, pero cuyo fruto es de muerte. Ese dios impotente, que no puede hacer nada por su vida si usted no se lo permite, se parece en demasía a los ídolos de los paganos. Aunque el ídolo no sea nada, lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:19). El Dios de la Biblia es justo y justifica al impío, así de simple, pero eso la hace de acuerdo a su gracia irresistible, a su soberanía absoluta y a su decisión eterna. Semejante Dios merece que se le adore en espíritu y en verdad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:57
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