Viernes, 04 de febrero de 2022

La teología cristiana viene a mostrar la cara de Dios, un rostro tan cierto como eterno. El poder desplegado en las páginas de la Biblia, referido al Creador de todo cuanto existe, se revela en sus páginas de principio a fin. La suerte está echada en el regazo, pero de Jehová es su decisión; los pensamientos del rey están en las manos de Jehová, el cual inclina su corazón a lo que Él desea. Una flecha a la deriva derriba a un altivo rey, porque Jehová había dispuesto su muerte de esa forma. El malo fue hecho para el día malo (Proverbios 16:4), sin que nadie pueda decir que sucedió algo que el Señor no mandó.

Para nosotros los mortales las cosas suceden en el tiempo y en el espacio. Sometidos a esa ley de la física, los humanos tendemos a conformarnos con la sintaxis: una cosa viene después de otra, por los siglos de los siglos. Esa manera de enfocarnos en la historia genera una distorsión en la teología aplicada. Pensamos que los seres humanos somos actores libres, que tomamos decisiones por nuestro propio arbitrio. Así parece ser, hasta que nos topamos con algún texto de la Biblia que nos anuncia que aquello sucedido conspira para nuestro bien. De Judas Iscariote se escribió que era un diablo, alguien que debía ir como estuvo planificado para que se cumpliera la Escritura. Sin embargo, vemos a Judas voluntarioso en la gestión del plan de su traición.

El Faraón de Egipto fue endurecido por Jehová, pero la descripción que hace el Antiguo Testamento nos dibuja al mandatario con voluntad suprema, alevoso contra el pueblo de Israel, con desafío ante su Dios hasta preguntarle a Moisés: ¿Y quién es Jehová? Sin embargo, ya ese Jehová le había indicado a su enviado que se glorificaría en el Faraón, que lo endurecería hasta el punto de que no dejaría salir a su pueblo sin cumplir su objetivo. Pero la historia nos tiene acostumbrados a mirar causas y consecuencias, actos nobles o impuros con sus debidas sanciones. Leemos y notamos que sucedieron cosas como respuesta a previas acciones. 

El diluvio universal exhibe a un Dios que castiga la maldad en la tierra, que golpea a muerte aún a las criaturas más eminentes. La misma elección de Israel como su pueblo escogido para anunciar su pacto, dejó por fuera a naciones paganas. Llegado el momento del Nuevo Testamento, comienzan los gentiles (las gentes de naciones no judías) a incorporarse en forma masiva al llamado del evangelio. Dios no hacía acepción de personas, en el sentido de mirar a unos como superiores a otros. De la misma masa escogió a Jacob para bendición y a Esaú para maldición, sin que hubiera algo bueno o malo en ellos, aún antes de ser concebidos.

Ese Dios se nos muestra con demasiado poder, tanto como para no atrevernos a ignorarlo. El Hijo amado dijo de su Padre que le temiéramos, porque Él podía echar el cuerpo y el alma en el infierno eterno. Parece ser que la Biblia se ha empeñado en hablarnos de un Dios supremo, alguien con infinita sabiduría y sin límite alguno de poder, que hace como quiere sin tener que dar cuentas ante nadie. 

La historia humana nos ha provisto de intenciones ajenas y privadas respecto al libro sagrado. De esta manera se nos habla de un Dios con barba blanca, bonachón, que aguarda porque la raza humana se vuelva buena y comience de una vez la batalla contra el mal. También nos ha dicho la historia que la visión sobre la divinidad resulta relativa, que todos los pueblos de la tierra refieren al mismo Dios cuando lo imaginan bajo un nombre distinto o bajo una revelación diferente. Dentro de las filas del cristianismo que se profesa en el mundo, muchos siguen atados a los ídolos que se forjaron respecto a quién debería ser Jehová.

Podríamos hablar de la diosa de la Contingencia, una deidad - como nos lo reseñara Owen - dispuesta a jugar al azar y al teísmo abierto. El arminianismo como doctrina teológica ha mostrado sus cartas desde hace siglos, ha triunfado en los escenarios religiosos de la cristiandad que profesa de labios, cuyo corazón se mantiene alejado de las enseñanzas de Jesús. Ese Dios de amor que vino a morir en una cruz en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), se agradó por la doctrina de su Padre. Dijo que estaba bien porque así le había placido a Dios, que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere. Decía Cristo que había sido bueno el hablar en parábolas, para que muchos no entendieran, que Dios quería ocultar de algunos hombres los asuntos del evangelio.

Pero Arminio vino con la teología de Roma, confeccionada por su socio Luis de Molina, como una punta de lanza contra las filas de los reformados. Bajo ese cristal se contempla a un Dios con amor universal, una muerte del Hijo hecha en favor de cada habitante del planeta. Se puede mirar también a un Cristo fracasado, con el infierno como su trofeo, por tanta gente que desacata su orden de entrar al reino de los cielos. En realidad, la expiación de Jesús resultó vana para esas personas y Dios ve frustrados sus planes de salvación universal.

Eso no fue lo que Jesús enseñó (como lo atestigua el capítulo 6 del Evangelio de Juan), como lo enseñan todas las demás escrituras.  Pongamos por ejemplo el razonamiento del objetor levantado en el Capítulo 9 de Romanos; este hombre muestra su puño contra el Todopoderoso porque hizo lo que dijo respecto a Esaú. Su rebeldía no va dirigida por la benevolencia que Dios mostró para con Jacob, va apuntada a señalar la injusticia que él ve al ensañarse con una criatura sin poder. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Con estas palabras del objetor, Pablo invalida toda la argumentación futura que tendría Jacobo Arminio y sus fieles. 

El objetor levantado por Pablo demuestra comprensión plena del tema, por lo cual pone de manifiesto su molestia. No se va por las ramas, no aduce que el verbo odiar significa amar menos, no habla de dos naciones en pugna, habla simplemente contra Jehová porque odió a Esaú desde siempre. Precisamente, esa teología se pretende ocultar a fuerza de interpretación privada, como si los inspirados hombres de Dios no quisieron decir lo que en forma plana quedó plasmado en sus textos. Aparte de su malestar por la soberanía absoluta de Dios, el objetor reconoce que nadie puede resistirse a la voluntad de Dios, lo cual supone que nadie posee libre albedrío como para decidir en contra de lo que Dios ya decretó desde los siglos.

Tal es el caso de Esaú, quien vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Esa venta no fue la causa del odio de Dios, fue el odio de Dios la causa de la venta. Pero esto molesta a los pastores y pregoneros del evangelio anatema, esto ahuyenta de las bancas a los que ofrendan en los templos. Jesús ya tuvo tal experiencia con muchos de sus discípulos. En Juan 6 leemos sobre aquel milagro de los panes y los peces, acerca de las multitudes que lo seguían por mar y tierra. También leemos de la confrontación de Jesús con esos corazones impresionados por sus prodigios y palabras; muchos se ofendieron y declararon que aquellas voces de Jesús eran duras de oír.

Jesús insistió en su mensaje, cosa que hacemos nosotros. Él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere (a la fuerza). Así que se valida la Escritura con la Escritura: no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Él endurece a quien quiere endurecer, pero muestra gracia a quien quiere mostrarla. De nuevo la pregunta del objetor puede hacerse presente: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si Dios endurece a quien quiere endurecer? 

Ni contingencia de parte de Dios ni libertad de parte de nosotros. Somos polvo en las manos del Todopoderoso, Él se acuerda de esta realidad y extiende su mano a quienes ha escogido. La tarea de los que hemos creído en todo su consejo debe ser la de hijos agradecidos, ya que de no haber sido por esa gracia tan particular no hubiésemos podido ni entender lo que significa el evangelio. Desde la torre de Babilonia Arminio ha dicho que la providencia de Dios no determina la voluntad del hombre, ya que Dios no controla o no rige nuestra voluntad libre. Desde esa argumentación se puede observar el corazón altivo del hombre, el cual traslada los principios de la sociología y de la historia hacia la revelación divina. La responsabilidad en el Derecho se presume siempre y cuando haya habido voluntad libre en la acción; pero el caso planteado en la Biblia trasciende la historia humana, la secuela de causas y efectos. La dualidad humana entroniza al libre albedrío y baja al Altísimo a la posición de mero espectador, que aguarda por los hombres de buena voluntad, los cuales serían asistidos por la supuesta gracia que habilita.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:13
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios