Mi?rcoles, 02 de febrero de 2022

De acuerdo a Leibniz, algo existe no por la nada sino por Dios. ¿Es eso razonable? Todo cuanto existe tiene una explicación para su existencia, así, el universo existe por causa de Dios. Se podría decir que el universo está ahí, y no tendríamos que buscar una razón o causa. Pero la curiosidad sobre la existencia del universo da visos de ser científica y de ser intuitiva; algo está ahí y la mente humana supone y propone razones para justificar su existencia. De igual manera, si todo cuanto existe necesita una explicación, Dios como existente necesitaría por igual ser explicado. 

Leibniz intenta resolver el problema entre lo que debe ser explicado por necesidad y lo que puede ser explicado por simple contingencia. Lo que existe necesariamente existe por necesidad de su naturaleza propia, sin que haya otra cosa que cause su existencia. Lo contingente, en cambio, existe por haber sido causado por algo más. Es inherente para el ser humano el poseer alma, o el poseer los cinco sentidos, pero sería contingente que una persona tuviese el cabello negro o marrón, los ojos verdes o azules. 

Leibniz sostiene que el universo pudo no existir de la manera como lo vemos, lo cual nos conduciría a la idea de un universo contingente. En cambio, Dios, por su propia naturaleza no pudo jamás no existir, así que viene a ser necesario. De esta forma, el universo contingente existe gracias al Dios necesario, de no ser así, ¿cómo podría existir tal universo? Ya Tomás de Aquino había hablado de algo parecido en su Suma Teológica (Summa Theologiae); él dijo que resultaría inadmisible que las cosas sometidas a la posibilidad de no existir lleven existiendo eternamente, por lo tanto  debe haber un Ser Necesario que se identifica con Dios, donde esencia y existencia son una realidad. 

Por esta razón la teología cristiana asume la auto-existencia y absoluta independencia de Dios.  Ante este argumento aparece una oposición lógica, la que dice que un Ser Suficiente no tiene la necesidad de crear algo contingente por cuanto ya está satisfecho en Sí mismo. Si la independencia soberana de Dios no le exige la acción de crear, nuestra existencia no provendría de la creación de Dios. Claro, esta posición establece que Dios crea por una necesidad intrínseca de crear, lo cual lo llevaría a no ser completo, a no haber estado satisfecho sin su creación, como si se le manifestara alguna falta de libertad por causa de su necesidad de crear. Pero eso sería como afirmar que un poeta no puede existir porque le resulta necesaria la creación de la poesía; como si el artista tampoco existiera en la medida en que su arte le es necesario.

Frente a tanta diatriba, algunos teólogos han propuesto la necesidad de la expresión del amor. Dios creó el universo por amor, para que muchos experimenten a Su Hijo Jesucristo; la objeción aparece por cuanto la maldad que acontece en el planeta obscurecería ese amor que muy pocos perciben. Luego, se salta a la naturaleza humana, como la responsable de la ausencia de Dios; sin embargo, un Dios que prevé todas las cosas pudo darse cuenta de que habría carencia de amor en este universo caído y no debió haberlo creado. Esa sería otra de las razones por las cuales el universo no tuvo que haber sido creador por un Ser Supremo.

La discusión seguiría por mucho tiempo, agotándonos a grado extremo, aunque no deja de interesar el conjunto de proposiciones lógicas. He allí el sentido de la fe para el mundo crédulo, para la cristiandad concebida como un conjunto hermético. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, siendo necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay. Pero no es de todos la fe y ella vino como un regalo o don del mismo Dios. Un círculo que se cierra y nos deja con la esperanza del acto de creer, porque la pretensión de la demostración de Dios como Ser Necesario nos conducirá por el sendero de las pruebas y contrapruebas.

Ciertamente, la religión viene como un acto de fe pero no necesariamente irracional. Así como algunos físicos asumen que el universo siempre ha estado allí, sin que puedan demostrarlo a ciencia cierta, lo mismo debe respetarse que el religioso asuma que Dios siempre ha existido. Creemos lo que dijo Jesucristo: Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8). 

Dios como Ser independiente viene a ser simple, no compuesto. Él es quien llama las generaciones desde el principio (Isaías 41:4); pero para conocer a ese Dios se hace necesario amar (1 Juan 4:8, 16). Sabemos que si amamos a Dios fue porque Él nos amó primero, de manera que ese Ser inconmensurable revelado en su Escritura no busca que todos lo amen, simplemente escogió un pueblo para hacerlo objeto de su amor. Esto también suele objetarse,  aún en los que sostienen que Él no puede existir, los cuales exigen ser amados en caso de que exista. Pero la Escritura dice enfáticamente: A Jacob amé, mas a Esaú odié (Romanos 9:13). 

La teología reconoce a Dios como un Ser infinito, sin límites, grande y excelente en cada aspecto que le corresponde. He aquí, Dios es grande y nosotros no le conocemos, ni se puede seguir la huella de sus años (Job 36:26). Oh, Señor, ninguno hay como tú entre los dioses, ni obras que igualen tus obras (Salmo 86:8). Dios también es absolutamente eterno, sin principio ni fin, sin sucesión o duración.  Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados (Isaías 57:15).

Al Dios de la Biblia se le atribuyen ciertas cosas muy particulares: la vida eterna, la fortaleza, la gracia y todo dominio, su trono sempiterno, su omnipresencia y omnipotencia. Él se ha dado a conocer como el Dios que no tiene consejero, el Hacedor de todo cuanto existe: de lo bueno y de lo malo, aunque se mantiene Santo y sin pecado, sin poder pecar y sin ser tentado jamás. Dios no tienta a nadie, pero envía al tentador para probar a los moradores de la tierra y para llevar a cabo sus planes irrefutables. Es por igual un Dios temible, el que puede echar alma y cuerpo en el infierno de fuego.

Ciertamente, Dios no cambia, no tiene mudanza ni sombra de variación, es por siempre un Sí y un Amén. Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos (Malaquías 3:6). Subsiste en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las propiedades de estas tres personas son absolutamente necesarias, como necesario fue el sacrificio del Hijo, ya que no hubo otra posibilidad para la redención del pueblo de Dios. No existe entre estas tres personas inferioridad en alguna de ellas, simplemente coordinan los tres en una unidad perfecta. Dios es uno, aunque en tres personas. Los tres piensan por ellos mismos y actúan sin interferencia entre ellos, como agentes libres, en forma racional y por voluntad propia. 

Algo en lugar de nada, la nada o las estrellas, el cielo y el infierno en lugar de un vacío sempiterno. El asunto de la fe viene a ser individual, pero no se puede probar de un todo. En la época en que Jesucristo habitó entre los hombres, sus milagros y prodigios no convencieron a todos los que los presenciaron; tampoco sus palabras resultaron dulces para muchos de sus discípulos. Algunos de ellos resultaron ofendidos, de manera que aunque viniera alguien de ultratumba no creerían, como bien lo dijo él en una parábola sobre el rico que clamaba al padre Abraham. A Moisés tienen, y a los profetas; a la ley y al testimonio, como dijera Isaías. El asunto de la fe no se prueba pues cuando se ve ya no se hace necesaria la fe, de acuerdo a lo dicho por el apóstol Pablo: Porque en esperanza hemos sido salvos, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? (Romanos 8:24).

Y ese gran Dios nos adoptó como hijos, para que sea Él nuestro Padre. Miren el gran amor de Dios para con nosotros, que nos llama hijos; portémonos como hermanos, sin profanarnos unos a otros. Pero esto va dirigido a los hermanos, a los que profesan y guardan una misma fe, ya que no pueden andar dos juntos si no estuvieren de acuerdo. Así que el que no vive en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, pero el que vive en tal doctrina no debe recibir con bienvenidas a ninguno que no traiga tal doctrina. Hacerlo implica participar de sus plagas. De suma importancia resulta el ocuparse del cuerpo de enseñanzas de Jesús, un asunto de vida o muerte, de salvación o condenación. Por su conocimiento el siervo justo justificará a muchos; al ocuparnos en leer las Escrituras encontraremos el testimonio de Cristo y hallaremos la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:13
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