Domingo, 30 de enero de 2022

Parece que desde Babilonia han salido todas las aves del mal augurio, las depredadoras de la fe. La confusión hace honor al nombre Babel, entre los teólogos que hoy cantan al son de la causa o del permiso. Dios causa todo cuanto acontece o Dios permite que las cosas acontezcan, he allí el dilema. Para muchos teólogos conviene más informar a las masas que Dios no causa ninguna maldad sino solamente lo bueno que acaece en el mundo; el mal lo generaría el hombre en razón de su naturaleza corrompida. También tienen al diablo como el otro generador de maldades, que actúa en forma independiente del Creador para instalar un dualismo en el escenario del planeta.

Dios contra Satanás, el bien contra el mal, entretanto los seres humanos apoyarían uno u otro bando. Con ello se pretende excusar de responsabilidad al Creador en relación a la maldad aumentada en este mundo. Sin embargo, Jehová ha dicho que Él crea la luz y las tinieblas, que Él hace el bien y hace el mal. 

Uno de los profetas bíblicos ha dicho: ¿Quién es aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? Pero los teólogos se avergüenzan de tener a un Dios que haga tales cosas, así que se inventaron el permiso que daría el Creador para que aconteciera lo malo. Dios permite pero no causa el mal, aseguran sus defensores. Mas Jehová insiste, como bien lo dijo Pablo: A Jacob amé pero a Esaú odié, antes de que hicieran bien o mal (Romanos 9). El Dios soberano suena lógico como respuesta a todo cuanto acontece, como bien lo entendiera su propio objetor. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Ha dicho quien objeta al Hacedor de todo, ¡Si nadie puede resistirse a su voluntad! 

El Faraón de Egipto fue levantado para que Dios exhibiera universalmente su poder y su ira contra el pecado, fue endurecido en su corazón para que no dejara salir a Israel al desierto. Una noticia anticipada la que le diera Jehová a Moisés, un guion para que siguiera paso a paso en todo el camino por recorrer. ¿Qué se enseña con aquella historia del pueblo cautivo de Israel? ¿Acaso podría hablarse de un Dios que da permiso de acción sobre algo que Él no desea que acontezca? Ese Dios nuestro está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3).

Los sistemas teológicos heréticos abundan en los escenarios religiosos del planeta. Uno de los más torcidos y dominantes sostiene que Dios permite a algunas personas continuar creyendo el falso evangelio aún después de haber sido salvadas. Para ese sistema, lo que importa sería la intención del prosélito, no lo que tenga en su corazón; muy bien, sabemos que la sapiencia teológica o doctrinal no puede salvar a nadie, ya que toda la redención viene por gracia. Sin embargo, el Espíritu que se nos entrega viene como garantía de nuestra redención final y nos guía a toda verdad. El ocuparse de la doctrina resulta providencia para la redención, el habitar en esa doctrina del Señor supone que tengamos al Padre y al Hijo. 

Si Juan advirtió contra los que no traen tal doctrina, contra los que le dicen bienvenido a aquellos que no tienen esa doctrina de Cristo, hemos de suponer que muchos males se le añaden a quienes viven en tal descuido. Aunque la doctrina no viene como un prerrequisito de salvación, ella vino como consecuencia de la enseñanza de la palabra y de la orientación final del Espíritu. La doctrina del Señor nos muestra sus atributos pedagógicos, el propósito de su venida y muerte en la cruz. Su persona aparece como Mediador pero gracias a su obra de expiación; este trabajo lo hizo en exclusiva por su pueblo, por aquellos por los cuales rogó la noche previa a su entrega en la cruz.

El evangelio está ligado a la persona y al trabajo de Jesucristo. Sin embargo, Babel enseña que su obra de cruz se hizo en función de cada ser humano en particular, porque de esa manera su llamado universal se muestra más justo. Babel ha asaltado el evangelio y lo ha cambiado, sacando provecho de las personas inconstantes, los que tienen escasa instrucción en la fe, convirtiéndolos en su mercadería. Pero si la vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo el enviado, se supone que ese conocimiento engloba la persona y la obra de Cristo. Por lo tanto, la doctrina de Jesucristo forma parte del objeto de conocimiento sobre él mismo.

El desconocimiento propuesto y promovido por Babel ha hecho que el evangelio permanezca escondido en alguna estantería, oculto en alguna gaveta inalcanzable de su biblioteca. La Biblia dice que ese evangelio escondido yace en los que se pierden, aquellos que tienen los ojos del pensamiento ciegos de incredulidad, para que no les brille la gloria de Cristo como imagen de Dios. Los hijos de Babel seguirán en la creencia de un evangelio mutilado, transformado en un dibujo distorsionado de la realidad teológica de las Escrituras.

El Espíritu de Verdad que procede del Padre da testimonio de Jesucristo (Juan 15:26), pero ninguna persona puede ir a Jesucristo si el Padre no lo lleva para que lo resucite en el día postrero. Aquella persona que oye y aprende del Padre va hacia Cristo, de manera que sea declarado justo y sus pecados no sean más recordados por el Padre (Hebreos 8:11-12). En Babel habitan las generaciones de víboras que no podrán hablar el buen evangelio porque la abundancia de su corazón maligno se los impide. En Babel se confiesa el evangelio anatema, el que pertenece a los maestros de mentiras. Jesús lo declaró de esta manera: de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:33-34). 

La justicia de Dios ha sido revelada en el Evangelio, esa justicia es Jesucristo. Habiendo cumplido toda la ley sin transgredirla en ningún punto, se ofreció a sí mismo como Cordero sin mancha para expiar todos los pecados de todo su pueblo. Su muerte de cruz sirvió de escenario para la redención de todos aquellos que representó en ese momento y espacio, lo cual también se refuerza con su oración intercesora hecha la noche previa en el Getsemaní. Esa justicia se nos imputó a cada uno de los que allí fuimos representados, por lo tanto sabemos que no existe otro evangelio, que cualquiera que lo altere lo hace bajo la maldición del Dios vivo, ya que nadie podrá alegar a su favor alguna buena obra.

Cuando la persona ignora esa justicia de Dios (Jesucristo como Cordero exclusivo por su pueblo) intenta colocar su propia justicia: sus buenas acciones, su buena voluntad en levantar una mano, su disposición religiosa. Esa actitud conduce a la sinergia (el trabajo conjunto) y lo aleja del trabajo único del Señor, para demostrar que el hombre coloca su parte en el proceso de salvación. De esta manera se niega que Dios tenga toda la gloria de su misericordia en quien quiere tenerla, al tiempo que convierte a un muerto en delitos y pecados en un simple enfermo que pretende amar a Dios. 

La ignorancia respecto a la justicia de Dios (Jesucristo), a lo que realmente hizo en la cruz (expiar los pecados de su pueblo), significa que todavía no se ha creído en el evangelio de salvación. Por su conocimiento salvará el siervo justo a muchos, los justificará, como bien dijera Isaías (Isaías 53:11). Pablo nos dijo que aparte de la ley se ha manifestado la justicia de Dios. Recordemos que también dijo en otro lugar que la ley no salvó a nadie, más bien incrementó el pecado; la ley fue introducida para demostrar que el ser humano está incapacitado para cumplirla a cabalidad. Por esa razón el ser humano no alcanzó la justicia perfecta que un Dios perfecto demandaba. La justicia de Dios vino por medio de la fe en Jesucristo, para todos los creyentes. 

Si todos hemos pecado y por naturaleza el pecador queda destituido de la gloria de Dios, somos justificados gratuitamente por su gracia, por medio de la redención en Cristo Jesús. 

La gracia significa que no nos cuesta ningún esfuerzo de parte nuestra, simplemente Jesucristo lo hizo todo: cargó con nuestros pecados y nos imputó su justicia. Ah, pero no hizo ese trabajo en favor de Judas Iscariote, ni del hombre de pecado, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Lo hizo en exclusiva por sus ovejas, por su pueblo, por sus amigos, por su iglesia. Babel pretende destruir esta preciosa obra del Señor al transferirla a cada individuo en particular, para demostrar que aquellos que se pierden demuestran el fracaso del esfuerzo del Señor en la cruz. Al mismo tiempo, intenta afirmar que aquellos que se salvan lo hacen por añadir su propio esfuerzo al trabajo del Señor.

Si usted ignora el trabajo del Señor significa que usted está perdido, que no ha sido rescatado de su vana manera de vivir o de pensar. El Espíritu de Verdad nos conduce a las palabras de Jesús, el cual enseñó una y otra vez que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae primero. De igual forma enseñó que todo lo que el Padre le da vendrá a él y é no lo echará fuera. De esta manera queda cerrado el círculo: aquellos que no vienen a Jesucristo no son enviados por el Padre. Ahora bien, Juan señaló que algunas personas habían salido de entre la iglesia porque no eran de la iglesia, es decir, hay muchos que vienen por su cuenta sin haber sido enseñados por Dios y sin haber aprendido. Estos terminan con otro evangelio, con el del extraño, sumando herejía tras herejía. 

Si en tiempos de la aparición de la iglesia se atacó rotundamente la persona de Jesucristo, alegando que no era consubstancial con el Padre, que no pudo venir en carne, etc., hoy día se ataca su obra. Sí, se amplifica de tal manera que resulta inútil para los que se pierden y débil para los que se salvan, ya que estos últimos añaden algo propio para colaborar con el trabajo limitado del Señor. Pero Babel genera esta prédica bajo el pretexto de defender a Dios de la acusación del objetor: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién se resiste a su voluntad? De esta manera Babel asegura a sus fieles que Dios hace posible para todos la redención, que no salvó a nadie en particular, ya que así se asegura igualdad para todos. 

Al negar lo que dice la Escritura, que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla pero que endurece al que quiere endurecer, que amó a Jacob sin mirar en sus obras buenas o malas mientras odió a Esaú sin tampoco mirar en sus obras malas o buenas, se pretende dejar abierto el dualismo (libertad para la responsabilidad). Al mismo tiempo, se supone que Dios participa en una batalla contra el mal que puede ganar en tanto los seres humanos lo apoyen. Pero el Dios de las Escrituras, como ya se dijo, reclama para Sí mismo el haber hecho todas las cosas, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4; Amós 3:6). 

Al pueblo del Señor se le ordena huir de Babilonia, salir de ella para no participar de sus pecados y para no recibir sus plagas (Apocalipsis 18:4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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