Domingo, 23 de enero de 2022

Los falsos profetas se visten con ropaje de oveja, pero su fiereza no se mitiga a pesar de su escondite. En cualquier momento su grito se escapa del alma para confesar lo que su corazón alberga: una doctrina contraria a lo que dice la Escritura. Muestran su deseo de hacer creer que trabajan en pro de la multitud, bajo el aforismo de que ‘la mayoría tiene la razón’, pero trabajan para sí mismos, dando solaz a sus vientres e imaginación a sus interpretaciones sesgadas que hacen de los textos.

Imposible les resulta recoger uvas o higos de los abrojos, aunque insisten en demostrar que tienen la razón. Una y otra vez exhiben su técnica de aislar los contextos, so pretexto de mostrar que les asiste la razón. Sabemos que el árbol bueno produce un buen fruto, pero el árbol dañado solamente traerá un fruto malo. De la abundancia del corazón habla la boca, para denunciar en habla espontánea lo que guarda el corazón. De repente sus propias palabras los traicionan, pero como han catequizado al prosélito éste aplaude las fábulas artificiosas que escucha.

El que no cree será condenado (Marcos 16:16), cosa que desestiman los que persisten en el error, ya que la incredulidad presupone contravenir la ley de Dios. Jesús tuvo unos discípulos que pese a sus milagros y maravillas murmuraban entre sí por causa de la teología presentada. Ellos resultaron ofendidos, dieron media vuelta y se alejaron, como consecuencia de las palabras expuestas. El Señor les recalcó que ninguno podía venir a él si el Padre no lo trajere. Hoy día la situación no ha cambiado, ya que multitudes profesan una teología desviada producto de la interpretación privada.

La Biblia habla contra la ignorancia porque quien ignora la justicia de Dios antepone la suya propia (Romanos 10:3). De esta manera aparecen los que generan controversias y tropiezos, por causa de la doctrina expuesta en la Escritura (Romanos 16:17). Los maestros de mentiras pretenden beber la copa del Señor y la copa de los demonios, en un sincretismo religioso patético. En realidad ellos no aman al Señor por lo cual han sido maldecidos (1 Corintios 16:22). Si el Señor fue presentado como el Verbo hecho carne, aquel Logos no puede ser torcido a discreción del intérprete privado de las Escrituras.

Las doctrinas del Evangelio se presentan como alimento para los santos. Sus nutrientes alientan a los niños en la fe y fortalecen a los recios en ella. Estas doctrinas hablan de la gracia de Dios, relacionadas con Jesucristo como persona y en función de su obra. Exponen la justicia de Dios, por el solo hecho de que Su Hijo cumplió toda la ley y se presentó como Cordero sin mancha para cargar con todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). El evangelio encierra el misterio de la piedad, una lámpara ante nuestros pies que alumbra el camino hacia la vida eterna. 

Los argumentos y disputas, insultos y recelos, demuestran la fricción de la gente que, apartada de la verdad, toma ganancia de ella al hacer mercadería de los fieles. Hay gente que posee una mente corrupta en materia teológica, cuyos principios se desvían de la verdad de la Escritura. Ellos permanecen destituidos de la verdad de Cristo, sin poseer el Espíritu de Dios. Estos son los que presentan otro evangelio, animados por las palabras del extraño. Los falsos maestros y mentirosos hermanos guardan apariencia de piedad, bajo el ejercicio de una religión extraña que profesan. Algunos vienen en nombre de la gracia soberana, aunque algo los delata de súbito y los coloca como engañadores. De esta gente engañadora debemos apartarnos, de acuerdo al mandato de Pablo a Timoteo (2 Timoteo 3:5). 

El que rechaza y desprecia la ley divina, el que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios. Esas palabras las dijo Juan en una de sus cartas, para advertirnos de los falsos maestros y engañosos ‘hermanos’. La doctrina de Cristo le fue dada por el Padre: Todo lo que el Padre le da al Hijo irá hacia él, para no ser echado nunca afuera. Ninguno puede ir al Hijo a no ser que el Padre lo lleve. Jesucristo vino como el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, para morir por los pecados de su pueblo (Juan 6: 37, 44; Mateo 1:21). El Señor ejerce el oficio de único Mediador entre Dios y los hombres, perdona pecados, intercede por su pueblo, nos prodigó su justicia. 

El que no tiene a Dios tiene al diablo, ya que no hay un espacio neutro en el que el hombre pueda habitar. Recordemos que Satanás no vive en la verdad sino que como padre de la mentira habita el reino de tinieblas y error. Poco importa el barniz religioso que posean los que no viven en la doctrina de Jesucristo, su apariencia de piedad no los exonera jamás. Ellos engañan a sus pares, a los prosélitos que encuentran para hacerlos merecedores por vía doble del infierno de fuego. Juan va un poco más lejos y no se refiere solamente a los que no viven en la doctrina del Señor, sino que advierte a los creyentes a no recibir a tales personas. El que recibe a esa gente extraña participa de sus malas obras (2 Juan 1:10-11). 

Terrible asunto la doctrina contraria que se pretende mezclar con la verdad. Como el hierro no se une con el barro, así la verdad con las tinieblas no pueden marchar juntas. Dios escogió a su pueblo desde la eternidad para que amara su doctrina, para que viviera la verdad de Su Hijo. Nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, lo mismo que los demás, pero Dios nos dio vida en Cristo, nos hizo resucitar para vida eterna por su gracia soberana. No hubo algo bueno en nosotros que Dios viera de antemano, sino que nos escogió en Jesucristo para que fuésemos su pueblo, por causa de su amor. Cómo está escrito: A Jacob amé pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9: 13).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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