Viernes, 21 de enero de 2022

Esta porción de las Escrituras propone a Dios como soberano gobernante de todo cuanto ha hecho. Viene a ser una confesión de fe cristiana, un manifiesto de un credo basado en todo cuanto la Biblia contiene. Dios nunca pide permiso, más bien ordena todo cuanto acontece y cumple con el objetivo de sus decretos. El Señor gobierna sobre las circunstancias temporales, aunque nos parezcan contingentes desde nuestra limitada perspectiva, pero que siempre se mostrarán necesarias bajo el designio divino. Jehová reina sobre los destinos eternos, los senderos elaborados para que las dos partes de la humanidad lleguen a sus términos: los entendidos a la vida y los impíos a la muerte eterna (Daniel 12:10). 

El cristiano debería tener en consideración la distinción entre providencia y bendición divinas. El impío puede vivir enaltecido, sin congojas por su muerte, sin sufrir como los demás mortales, asistido en todas sus necesidades materiales y emocionales, pero su fin será de muerte. Así lo afirma la Escritura en múltiples textos, en Salmos y Proverbios, para darnos luz acerca de nuestra contemplación respecto a ellos. Asaf tuvo envidia de los arrogantes, al conocer que no pasaban trabajos como los demás mortales, mas al entrar en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos: el Señor los había puesto en desfiladeros y despreciaría sus rostros cuando hubiere llegado el tiempo. 

El cristiano suele ser una bestia delante de Dios, dijo el salmista Asaf, aunque esto a muchos les parezca una ofensa. Él se reconocía muy torpe porque no entendía, hasta que entró en el lugar correcto. Ese lugar fue el mismo sitio donde habitó el profeta Elías: Vive Jehová, en cuya presencia estoy… El creyente por igual debería descansar en la declaración bíblica que hizo Pablo: todas las cosas trabajan (ayudan) para bien, esto es, a los que conforme al propósito de Dios han sido llamados. 

Todas las cosas trabajan para bien, como si una conspiración de circunstancias adversas  o favorables ocurriesen para beneficiar al creyente. Dios no se ve afectado por la caída de una moneda fuerte, por la maldad del mundo donde vivimos, por el maligno creado para el día malo. Por supuesto que existen muchas cosas y eventos que nos hacen sentir mal, en los cuales no vemos algo positivo, pero creamos que Dios no miente. Este párrafo de la Escritura se escribió por nuestra causa y será para nuestro beneficio.

Como una convicción hemos de aceptar este texto de las Escrituras: porque sabemos que todas las cosas nos ayudan a bien (trabajan para bien), a los que amamos a Dios, a aquellos que hemos sido llamados según el propósito del Creador (a través de la elección y del llamamiento eficaz por medio del evangelio). Con ese principio en mente se nos facilita el camino, soportamos con adecuada paciencia las vicisitudes del sendero a transitar. Llamemos a este principio la esquina de la fe, el cuartel general donde habita el cristiano. 

El mundo manipulado por Satanás ha llamado karma a lo que nos acontece, pero la Biblia declara que todo es designio de Dios. Cada circunstancia de lo que condujo a la crucifixión del Hijo de Dios fue planificado por el Padre. En Romanos 8:26 se menciona al Dios Trino, al decir que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; se ha escrito que el Espíritu intercede por nosotros en la oración, así que el Padre conoce la intención del Espíritu, quien conforme a la voluntad de Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) intercede por los santos. 

Se ha dicho que Dios piensa en un bien muy grande para lo cual permitió la caída de Adán, pero creo que esa caída no fue permitida sino ordenada. Nadie puede exigirle al Altísimo alguna cosa que Él no quiera para que en consecuencia Él tenga que ceder. Eso sería permitir, acceder a que ocurra algo que Él mismo no desea. La Biblia dice que nuestro Dios está en el cielo y todo cuanto quiso ha hecho. La crucifixión de Jesucristo fue su voluntad, la quiso, así que no no fue Satanás quien lo obligó a ceder. El Dios que hace el bien y crea el mal, dice Isaías, ese es Jehová; nadie puede decir que aconteció algo que el Señor no ordenó, ha escrito Jeremías. 

Fijémonos que aquellos profetas no intentaron justificar a Dios diciendo que Él tuvo que permitir tal o cual cosa por un bien mayor, más bien hicieron hincapié en su soberana voluntad en todo cuanto acontece. Si Adán no hubiese caído en el Edén, Jesucristo no hubiese sido el Redentor y el plan de Dios habría fracasado, de acuerdo a 1 Pedro 1:20. Esta reflexión nos conduce al descanso supremo en el Señor, al conocer que estamos en sus manos y que todo aquello que nos ha acontecido lo ha enviado el Señor. No se trata de que Él tuerza para bien los planes malignos de los impíos, sino de que aún aquellos planes cumplen su designio y propósito.

El Faraón de Egipto y su historia exhiben la demostración de lo que acá decimos. Jehová le dijo a Moisés, desde un principio, que iba a endurecer el corazón del Faraón para que no dejara ir a su pueblo, de tal manera que se glorificaría en ese personaje creado. Esaú fue igualmente hecho para un fin nefasto, de acuerdo a múltiples pasajes de las Escrituras; de Judas Iscariote se escribió que era el hijo de perdición, un diablo. Hay una cantidad de réprobos en cuanto a fe destinados a tropezar en la roca que es Cristo (Isaías 8:14; 1Pedro 2:8). 

Todas las cosas cooperan, trabajan en conjunto, se tejen entre sí o se construyen, para beneficio de los creyentes. Nuestras limitaciones emocionales y mentales, nuestro espacio y tiempo, ponen un paréntesis en el conjunto de eventos en los cuales nos movemos. Por esa razón nos detenemos a contemplar el pequeño fracaso en el cual andamos, la pequeña molestia que incomoda nuestra vida. Al carecer de una visión de conjunto reaccionamos dentro de la estrecha visión del segmento en el cual vivimos, pero cuando descansamos en el que guarda nuestros pensamientos alcanzamos la paz que sobrepasa todo entendimiento. 

Lo que decimos no lo hacemos por moda metafísica o como ejercicio meditativo, solamente deseamos que los creyentes siempre tengan en mente ese texto de Romanos como una guía en el laberinto del mundo. Los laberintos son callejuelas parecidas y entrecruzadas que pueden desorientar al que las transita. A veces, los pensamientos teológicos parecen laberintos que se muestran con imprevistas soluciones a los problemas religiosos. Pero el texto de Romanos es el hilo para salir del recinto cuya entrada y salida son diferentes.

Los que amamos a Dios lo hacemos porque hemos sido llamados de acuerdo a Su propósito, de tal manera que todas las cosas se entretejen para nuestro bien. El propósito final de la predestinación se manifiesta en el alcance del parecido que tengamos con Jesucristo. Nos cuesta mucho dormir en la barca cuando arrecia la tormenta, pero el Señor descansaba profundamente frente a aquellos discípulos de poca fe. Las breves tormentas en la vida nos enseñarán a entender que nuestras preocupaciones previas no ayudan a que el recio mar se calme, más bien nos permitirán tener presente que el Señor calmó la tempestad con su palabra.

César Paredes

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