Lunes, 17 de enero de 2022

Propiciar significa también ganar el favor o la benevolencia de alguien, en nuestro caso de Dios. Jesucristo hizo ese trabajo con su sacrificio y obtuvo el beneficio de la justicia divina para impartirla a su pueblo. El amor de Dios se manifestó en su pueblo elegido, si bien su providencia recae sobre cada ser humano para lograr el propósito que ha establecido desde los siglos. Vemos a un Faraón que gobierna Egipto, lleno de riquezas y sabiduría política, con gran poder sobre sus masas y pueblos esclavizados, constructor de pirámides e impartidor de una religión propia de su tradición. Eso constituye providencia divina, ya que Dios provee para cada fin que se ha propuesto.

Dice la Escritura que Jehová tuvo la intención de mostrar su poder en toda la tierra al endurecer al Faraón para castigarlo posteriormente. Así que no deben contarse como bendiciones aquellas riquezas y poder que sostenían al mandatario egipcio. Por esta razón decimos que cualquier persona que estudie con disposición la Biblia se dará cuenta de que Dios no siente amor por los réprobos en cuanto a fe, aquellos que han sido destinados para tropezar en la roca que es Cristo. 

Nadie podrá hablar del amor de Jesucristo hacia Judas Iscariote, un diablo escogido para que hiciera el trabajo de traidor. El buen trato que el Señor le diera mientras anduvo con él no se computa como bendición sino como providencia divina. Lo mismo se dice de Esaú, odiado aún antes de ser concebido, así que Dios proveyó para que construyera naciones, fuese próspero con sus riquezas, pero no le dio la bendición que sí le proporcionó a su hermano Jacob. 

El amor de Dios no tiene marca universal, más bien se muestra particular, referido a los que eligió como pueblo suyo. El hecho de que la teología a lo largo de los siglos diga lo contrario no obliga a la Biblia a cambiar sus doctrinas. Dios dio a su Hijo para que muriera por aquellos a quienes Él amaba. Ese amor fue mostrado por medio de la propiciación o amistad lograda por Jesucristo en favor de aquellos a quienes vino a salvar. Jesús salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:13). ¿Podría alguien sostener que Jesucristo puso su vida por Judas Iscariote, de quien se dijo un ay por lo que haría y le sucedería? ¿Acaso no estaba escrito en uno de los Salmos que Satanás estaría a su diestra, que otro tomaría su oficio, que sus hijos serían huérfanos? 

Fijémonos bien en el hecho de que la Biblia habla de los escogidos de Dios, los que de acuerdo a Efesios 1 fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo. De éstos escribió Pablo lo siguiente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8: 34). Estos escogidos llegamos a creer en el tiempo del llamado eficaz, ya que el Señor añade a su iglesia los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 2:47; 13:48). 

La fe no causa la salvación, solamente es el medio ordenado para recibirla. Los pre-ordenados para salvación creyeron, dice el libro de los Hechos; aquellos gentiles allí mencionados no poseían dentro de su paganismo virtudes para alcanzar el favor del Dios de las Escrituras. Pero fueron ordenados para creer, para alcanzar vida eterna; sin embargo, no todos los gentiles fueron dispuestos por Dios para tal fin sino solamente el grupo de los escogidos.  

El amor de Dios lo conocemos porque Jesucristo dio su vida por nosotros (1 Juan 3:16), de manera que los que no fueron objeto de su muerte no conocen el amor de Dios. Aquellas personas que suponen la muerte de Jesús como destinada a salvar a cada ser humano si tan solo ellos lo permitieran, se muestran equivocados en la interpretación bíblica. Algunos han llegado tan lejos que imaginan a Judas Iscariote en el cielo, debido a su arrepentimiento y suicidio como consecuencia de su remordimiento. 

Afirmar tales asuntos implicaría violentar muchos textos de la Escritura, para presentar una redención universal que nunca pretendió ser de esa manera. Desde el Antiguo Testamento vemos a un pueblo escogido de entre todos los pueblos de la tierra, habiendo Dios dejado a un lado las naciones paganas, para que murieran en la ignorancia de su palabra. De igual forma, la Biblia afirma que nadie podría venir a Jesucristo si el Padre no lo trajere, que Dios endurece a quien quiere endurecer, que a muchos les dirá en el día final: apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí. Vemos por estos textos, sumados a otros muy numerosos, que no hubo una pretensión de redención universal. Más bien la Biblia habla de los que fueron destinados para tropiezo, de los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. 

Se nota la intención eterna e inmutable del Creador en destinar a unos para vida y a otros para destrucción perpetua. Dado que la Biblia enfatiza que la redención no es por obras, para que ninguno se gloríe, ella viene por gracia. Incluso la fe se presenta como un regalo de Dios, junto con el arrepentimiento para perdón de pecados, de manera que por medio de la predicación del evangelio los elegidos oirán el llamado eficaz para que vuelvan de las tinieblas a la luz. 

No existe otra forma en que podamos ser salvos, dado que nuestra malignidad original continúa como una ley en nuestros miembros. La gracia de Dios nos hace creer en su Hijo, pero precisamente no podemos hacer nada para merecerla. El Espíritu da vida a los elegidos del Padre, aquellos por los cuales murió Jesús. Por ese regalo tan grande la Biblia nos recomienda cuidar nuestra salvación con temor y temblor, con la reverencia del caso. No porque la podamos perder sino porque tiene un valor inconmensurable que no podríamos pagar ni en la más mínima parte.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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