Domingo, 16 de enero de 2022

De acuerdo a la Biblia, el universo no vino como producto de una evolución, sino de la mano creadora de Dios. En el principio Dios, comienza el Génesis, el primer libro de la Escritura, reconocido como libro de Moisés junto a todo el Pentateuco. En él aparece la palabra Elohim, cuyo significado denota El Fuerte, una deidad suprema que al mismo tiempo implica pluralidad y unidad. Ese principio aparece anclado al mundo nuestro, no al mundo de Dios, ya que no se refiere al principio de Dios, como si tuviera origen. Entonces hablamos de nuestro principio como el inicio de nuestro tiempo y espacio. Cuando se escribe que Jesucristo es el principio de toda creación, en ese caso se hace referencia al arjé griego (ἀρχή), la motivación o causa que rige la creación.

A aquella creación le faltaba algo importante, el orden en el caos. Estaba desordenada y vacía, sin forma y sin habitantes. Así que una naturaleza muerta no mostraba del todo la grandeza del Creador, por lo que de inmediato procedió a estructurar la vida. Pero recordemos que en el libro se menciona a las tinieblas y lo que había debajo de ellas: el abismo. Quien participaba en ese acto creador era el Espíritu que se movía sobre sobre aquello creado para vivificar la obra de Dios. Ya en ese entonces se hablaba del Espíritu como alguien con actuación propia para ordenar el caos. 

La obra de Jehová es formidable y el salmista canta sobre ella: Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien (Salmo 139:14). Por igual se reconoce que nadie puede huir del Espíritu de Dios, ya que aún en las tinieblas el Señor tiene dominio como si la noche resplandeciese al igual que el día. Para Dios lo mismo son las tinieblas que la luz (Salmo 139: 12). Para Job, Jehová lo es todo: Su espíritu adornó los cielos; su mano creó la serpiente tortuosa (Job 26:13). Pero Dios creó la luz para disipar las tinieblas, así que el Hijo cuando vino a esta tierra declaraba que él era la luz del mundo (Juan 8:12). 

Jehová dijo y fue hecho, mandó y existió (Salmo 33:9). Gracia y temor en el corazón de su pueblo ha sido comandado por Jehová como Creador de vida, aún su luz fue ordenada para que apareciera en nuestras tinieblas y pudiéramos andar en esa luz. Ese pueblo fue amado desde siempre, representado por Jacob, mientras existe el otro pueblo, aquel representado por Esaú. En el primero habita la gracia del Padre mientras en el segundo vive la desgracia; uno viaja en la luz mientras el otro yace en las tinieblas. Ambas cosas y ambas personas fueron creadas por el Señor.

En la Biblia aparece la simbología de la luz frente a las tinieblas, como la del bien frente al mal. Si Dios llamó a la luz día, y a las tinieblas llamó noche, para decir que fue la tarde y la mañana un día, se resume que no se hizo referencia a eras geológicas sino a un día de 24 horas (Génesis 1:5). Por otro lado, recordemos la cita de Pablo al decirnos que el pecado entró al mundo por un hombre, y con él trajo la muerte. Es decir, no hubo muerte antes del pecado en el mundo, así que no hubo ensayo y error como lo propone la cadena evolutiva, como si hubiese habido infinidad de seres humanos que perecieron antes de Adán. 

Después de haber creado las condiciones para que aparecieran los animales, creó al hombre a su imagen y semejanza, para ser señor de la creación. Dios bendijo a la pareja humana diciéndoles que crecieran y se fructificaran, dándoles dominio sobre la tierra y todo cuanto allí exista. Pero con la aparición del hombre vino la prueba, bajo el propósito cierto del Todopoderoso de que apareciera Cristo en escena, en el tiempo para él destinado (1 Pedro 1:20). Si Adán no hubiese pecado no habría aparecido Cristo como Cordero sin mancha, para obtener los hijos que Dios le daría. Así que todo fue parte del plan del Creador, la creación del hombre, la aparición de la serpiente tentadora y la caída de Adán, de manera que el que había sido elegido desde los tiempos pudiese manifestarse para cumplir su trabajo como Redentor.

El primer libro de la Biblia fue atribuido a Moisés, por igual lo fue el segundo (hasta el quinto). El Éxodo fue el nombre asignado por la Septuaginta para este segundo libro, ya que narra la salida del pueblo de Israel de la esclavitud egipcia. Viene a mostrarnos la liberación que hace Jehová por medio de Moisés, un prototipo del Cristo o Mesías que habría de venir. El hombre desarrollado y productivo, como se le había ordenado que fuese en el Génesis, había dado muestras de suprema maldad. El pecado que vino desde Adán fue la herencia corruptible para el corazón humano, condición suficiente para la enemistad con el Creador. Un ser humano embrutecido por su maldad, portaba el fruto de los vicios y de todo servicio a la criatura antes que al Creador. Envanecidos en sus razonamientos, los seres humanos dieron gloria a las cosas creadas, pero se alejaron lo suficiente de quien los había hecho. Sin embargo, Dios se había escogido un pueblo para Sí mismo, así que la Biblia gira en torno al tema de la soberanía de Dios en su elección y de cómo gobierna el mundo como Creador. 

Ese pueblo históricamente escogido había sido convertido en esclavo de Egipto. Egipto pasó a formar parte de la simbología bíblica cuando refiere a la esclavitud del pecado y del mundo. Sin embargo, la esperanza de ese pueblo renació por medio de Moisés, el libertador. De esa manera el libro del Éxodo vino a formar parte de los libros inspirados que motivaron a muchos artistas y escritores, al retomar los temas dibujados en sus líneas: el Mar Rojo, su apertura para que el pueblo de Israel lo atravesara mientras los egipcios los perseguían, el Jordán que tuvieron que cruzar, las señales específicas de la nube y de la columna de fuego, así como otras maravillas ocurridas en el desierto. 

El Éxodo se considera el libro de la redención, un símil comparado con el pueblo escogido comprado por la sangre de Cristo. Desde aquel momento en que se colocó sangre de corderos en los dinteles de las casas para que el ángel de Jehová no las tocara, nace la Pascua, el pasar por alto el castigo por sus pecados de su pueblo.  No así les aconteció al pueblo egipcio, no escogido en ese entonces para mostrar la gracia divina. Así que este libro nos alecciona en el tema discrecional de la gracia, un acto absolutamente soberano del Creador de todo cuanto existe. 

También demuestran aquellas páginas la testarudez humana, muy a pesar de que aquellos hombres contaran con el favor divino. Un pueblo que seguía anclado al recuerdo de los pepinos y las cebollas de Egipto, que prefería regresar a la esclavitud para demostrar su rebeldía frente a los mandatos de Moisés y de Jehová. La naturaleza humana, aún en el redimido, tiende a ceder a la ley del pecado que domina nuestros miembros (Romanos 7). Existe una pugna entre el Espíritu y la carne, pero el cristiano lucha a diario para salir victorioso en base a la promesa de Dios de no abandonar a los que son suyos. Nadie nos arrebatará de las manos de Cristo o de las manos del Padre, nadie nos quitará las arras o garantía de la redención final que es el Espíritu de Dios. 

De gran utilidad para el alma del creyente resulta volver a aquellos primeros libros de las Escrituras, para obtener una comprensión general del significado de la redención y del plan eterno del Dios Creador. Lo que se hizo en favor de unos se les negó a otros, así que las palabras de esos primeros libros de la Escritura niegan el carácter universal de la expiación de Jesucristo. Jesús murió en exclusiva por su pueblo, como también aquel pueblo fue liberado de Egipto mientras los egipcios sucumbieron ante la justicia divina. 

Todo cuanto Dios hace en medio de la historia humana escapa a la historia misma, ya que ha sido previsto y decretado desde la eternidad. Dios no solamente supo todo cuanto acontecería, sino que ordenó todo cuanto sucede. Él lo afirma por medio de sus profetas; baste solamente esta advertencia de uno de ellos para meditar en adelante al respecto: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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