Mi?rcoles, 12 de enero de 2022

El significado de la expiación nos conduce al concepto del evangelio. Como todo buen árbol da buen fruto, asimismo de la abundancia del corazón habla la boca: lo que se cree se profesa. Si alguien ha entendido mal el significado de la expiación, sin duda expondrá como árbol malo el mal fruto de su corazón. Desde la época de los viejos sacerdotes del Antiguo Testamento, se ha venido demostrando que los sacrificios en los altares pretendían sustituir en dos sentidos: 1) por un lado, la víctima sacrificada recibía la inmolación como castigo por las culpas de aquel que ofrendaba el animal; 2) por otra parte, el otorgante recibía la absolución de sus faltas cometidas.

El sacerdote ejercía la función de intermediario entre el Dios del cielo y el pecador en la tierra, con su acto de sacrificio. Así que en la expiación del pecado se tiene presente la sustitución y la imputación, como dos conceptos centrales que definen el evangelio, y la descarga judicial o perdón del pecador representado. Muy sencillo resulta comprender que Jesucristo tomó el lugar de los pecadores que vino a redimir, sufriendo en lugar de ellos, por haber recibido la imputación o cargo en su contra. El justo por los injustos, al morir por todo su pueblo (Mateo 1:21), se hizo pecado y sufrió la condena que su pueblo merecía. A cambio, se nos benefició con su justicia, por lo que ahora Dios nos mira como justificados por medio de la fe en Jesucristo.

Hasta acá la comprensión se hace simple, bajo la ilustración de lo que se hizo en el Antiguo Testamento, sombra de lo que había de venir. Sin embargo, la mala intención de muchos ha generado confusión en el alcance de dicha expiación. No les ha bastado con la declaración bíblica acerca del objeto de la redención, especificado en diversas maneras: predestinación, elección, amor eterno, el perdón del pueblo escogido, los inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, el hecho de que Jesús no oró por el mundo (Juan 17:9), sino que han torcido su alcance.

Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado por nosotros (1 Corintios 5:7), no por Judas Iscariote, ni por Faraón ni por Esaú. Una gran cantidad de gente fue dejada por fuera de ese sacrificio, lo mismo que acontecía en la época del Viejo Testamento, cuando incontables pueblos y naciones perecieron ignorando la verdad del evangelio. Los sacerdotes hebreos no sacrificaron en beneficio de las naciones paganas, así que la limitación del perdón también estuvo especificada en aquel tiempo. 

El buen pastor dio su vida por las ovejas, pero a los cabritos dejará fuera y los apartará para un destino terrible. Estas cabras fueron destinadas para que tropezaran en la roca que es Cristo, sus nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8). La justicia de Cristo nos fue conferida sin obras nuestras, en tanto somos sus primicias, su semilla. Jesucristo se convirtió en nuestra justificación, de acuerdo al propósito de Dios concebido en su mente desde la eternidad. Fue en ese entonces cuando concibió a todos sus elegidos, los cuales fueron ordenados para vida eterna de manera que lleguemos a creer oportunamente (Hechos 13:48). 

De la manera como hay un falso evangelio (anatema) existe por igual un Jesucristo de mentira. Este engañoso Jesús hizo una expiación falsa, al pretender morir por aquellos que el Padre no le dio. Este Jesús del extraño entregó su vida por aquel mundo por el cual no rogó, por los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda, por los destinados a tropezar en la roca que es el verdadero Jesucristo. Por igual, ese Jesús del falso evangelio dio su vida por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. 

Vemos que se contrapone la verdad a la mentira, para que resalte la distinción y los que pertenecen al rebaño del buen pastor se alejen de los extraños. Juan da una admonición a la iglesia para que no dé la bienvenida al que no traiga la doctrina de Cristo, anima por igual a los creyentes a vivir en esa doctrina, bajo pena de condenación (2 Juan 1:9-11). Podemos comparar los sujetos bíblicos para ilustrar lo que decimos: Pedro y Judas Iscariote, Jacob y Esaú, el Faraón y Cornelio. Baste con esos casos que dan luz al significado de la expiación, ya que todos sabemos lo que la Escritura expone acerca del destino de esos personajes.

Judas Iscariote fue llamado diablo, del cual se dijo un ay por parte de Jesús. Del Faraón de Egipto se habló acerca de su tragedia, escogido para que Dios mostrara en toda la tierra su ira y su poder. De Esaú se escribió que había sido odiado por Dios desde antes de ser concebido, sin mirar en sus obras buenas o malas. En cambio, el apóstol Pedro fue un prototipo de redimido, un hombre por el cual Jesús oró para que su fe no faltara. Jacob fue amado con amor eterno, escogido para redención; Cornelio recibió la gracia divina, aún siendo un gentil. En estos tres pares de personas se contempla la gracia y la desgracia, la vida y la muerte, todos ellos sin miramientos a sus obras.

Por esta causa sabemos que Jesucristo no murió por todos, sin excepción, sino por su pueblo (Mateo 1:21; Isaías 53:11). 

De los que el Padre le dio a Jesucristo ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición para que se cumpliera la Escritura. La supuesta expiación alcanzada por el falso Jesús con su muerte universal ha llevado a miles al infierno. En ese falso evangelio se propone una obra compartida, diciendo que Jesús hizo su parte pero que a usted le toca hacer la suya. Esa falsa redención lo es en tanto se afianza en la obra del hombre muerto en delitos y pecados, que no busca al verdadero Dios de la Biblia. 

Cuando Jesús exponía su doctrina muchos de los que fueron sus discípulos lo dejaron, bajo la idea de que era una palabra dura de oír. El Señor no les rogó ni les dijo que dependía de ellos, más bien insistió en que ninguno podía venir a él a no ser que el Padre lo trajere. Este evangelio predicamos, el de la gracia y de la soberanía absoluta de Dios. Por causa de este evangelio somos rechazados por aquellos que ven a Dios como alguien peor que un diablo, alguien parecido a un tirano, por el solo hecho de hacer con su masa de barro lo que ha querido hacer: tener misericordia de quien Él quiere tenerla, pero endurecer a quien ha querido endurecer. ¿Quién eres tú para discutir con Dios?

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:54
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios