Lunes, 10 de enero de 2022

La Biblia condena los evangelios espurios, los llama anatemas o malditos. No que haya una variedad de evangelios, sino que por haber uno solo todos los que aparecen como imitación del verdadero son condenables. El problema para muchos consiste en el argumento ad misericordiam levantado en torno a los que creen la imitación de la verdad. Normalmente esos falsos creyentes han caído en la trampa del maestro de mentiras, así que apelan a la misericordia para exonerarse de culpa. Sin embargo, Jesús habló de los fariseos que recorrían el planeta en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno de fuego.

Jesús no se aferró al argumento ad misericordiam para exonerar de culpabilidad al engañado, más bien le duplicó la culpa por su doble error: 1) porque andaban perdidos antes de que los fariseos los encontraran; 2) porque los fariseos les predicaron otro engaño y ellos lo creyeron. Con forma parecida observamos lo que la Escritura afirma, que Dios envía un espíritu de error para aquellas personas que no amaron la verdad sino que se complacieron en la injusticia. Su fin será de perdición absoluta, por la razón de que colocaron su propia justicia como garantía antes que la de Dios.

Cuando Bartimeo el ciego clamó por misericordia, lo hizo bajo el conocimiento de quién era Jesús (el hijo de David). Era el Mesías esperado, el que venía a instaurar su reino y, además, a poner su vida en rescate por muchos. Cuando el ladrón en la cruz conversó con el Señor, lo reconoció como el Hijo de Dios que había venido a su labor mesiánica, el que volvería en su reino. La mujer que se posó a sus pies y derramó un frasco de alabastro, supo quién era Jesús: el Hijo de Dios que iba a morir por su pueblo. 

Esa gente común no pudo articular teológicamente ningún paradigma, pero logró creer en el evangelio. El evangelio consiste en el poder de Dios para salvación, en el evangelio se contempla la justicia de Dios. El que no cree en el evangelio es condenado, pero el que cree ha pasado de muerte a vida. Sin embargo, el evangelio no es solo el conocimiento de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, sino que presupone la obra que vino a cumplir Jesús en la cruz. 

Si uno lee el evangelio de Juan puede darse cuenta de que allí fue escrito lo que dijo Jesús la noche antes de morir. Él oraba a su Padre para agradecerle por los que le había dado, pero mientras lo hacía dijo en forma muy específica que no rogaba por el mundo. Entonces, el lector del evangelio debe comprender que el Jesús de la Biblia no murió por ese mundo por el cual no rogó. Así que aunque no articule puntos teológicos ha de saber el alcance de la obra del Señor. El Señor vino a morir por su pueblo, para salvarlo de sus pecados (Mateo 1:21).

Creer algo distinto presupone creer en otro Jesús, en el espurio, en el anatema. Esta es la razón por la cual se nos exige probar los espíritus para ver si son de Dios (1 Juan 4:1). Nosotros los creyentes podemos reconocer quién es quién por los frutos que emanan de los corazones de las personas, los cuales salen por sus bocas. De la abundancia del corazón habla la boca, así que todo árbol bueno dará su buen fruto y no dará jamás un fruto malo. De la misma manera la oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Hemos de guardarnos de los falsos profetas, que vienen a nosotros con vestidos de ovejas, pero que por dentro son lobos rapaces (Mateo 7:15). El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). 

Pablo dijo que sería maldito todo aquel que predicase otro evangelio, y Jeremías expuso un ay contra los que dicen paz cuando no la hay. Hay un evangelio que descansa en la ética de Cristo, pero no en su obra. Como si no importara el trabajo encomendado por el Padre, trabajo que cumplió a cabalidad cuando en la cruz expuso que todo había sido consumado. Por ese trabajo Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios, de tal forma que los hijos que Dios le dio gozamos de esa justicia impartida hacia nosotros por vía judicial. Gracias a ese trabajo el Señor fue cargado con nuestros pecados (los pecados de todo su pueblo, Mateo 1:21) y castigado para pagar con su sangre por ellos. De esa manera fuimos justificados y ya no seremos juzgados por el Padre.

Así que de extrema importancia resulta el conocimiento del trabajo del Señor, ya que en esa obra reposa nuestra confianza y redención. Pero existen muchas personas que vienen en nombre de una falsa cristiandad para negar ese trabajo del Señor, proponiendo a cambio un trabajo universal que cubra a cada ser humano, sin excepción, incluso a  aquellos por los cuales el Señor no rogó (Juan 17:9). De esa manera suponen que el evangelio aparece menos vergonzoso, que Dios se mostraría con mayor justicia y que el hombre salvaría el honor de su libre albedrío. En ese concierto, aseguran, Dios preferiría ser amado voluntariamente por cada ser humano antes que amar primero a su pueblo para obtener después su amor. 

El evangelio espurio desconoce el odio de Dios por Esaú, tal como lo señala la Biblia, para proponer a cambio un amor disminuido. Ese evangelio anatema afirma que Jesucristo hizo posible la salvación para todo el mundo, sin excepción, pero que espera impaciente a que cada quien decida conforme a su libre albedrío su destino. Por otro lado, una variante de ese anatema doctrinal asume la predestinación como una actividad divina fundamentada en lo que Dios miró como cierto en cada corazón humano.

De esa manera el hombre participa en su propia redención, Dios queda como alguien que hizo posible la potencial redención, mientras la predestinación sería un acto inútil porque Dios ya sabía que la voluntad de algunos cedería ante su clamor. Sabemos que lo que se tiene por seguro no es menester que sea predestinado. Ciertos estamos de que ni el ladrón en la cruz ni ningún otro creyente ha vivido en la ignorancia del evangelio una vez que ha sido llamado eficazmente por el Señor. El Espíritu nos lleva a toda verdad y nos recuerda las palabras de Jesús, palabras que no son otra cosa que su doctrina. Y aunque muchos se ofenden y se alejan, mientras otros consideran esta palabra dura de oír, el Señor lo dijo reiteradamente: Ninguno puede venir a mi, si el Padre que me envió no lo trajere. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mi, y el que a mi viene no lo echo fuera (Juan 6).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:53
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