Domingo, 09 de enero de 2022

La consecuencia lógica del trabajo de Cristo en la cruz presupone la justificación de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). ¿Cómo justifica Jesucristo a los suyos? Solamente porque se convirtió en la justicia de Dios. Parece simple afirmarlo, aunque muchos no lo comprenden del todo; el hombre fue declarado muerto en delitos y pecados, heredero del pecado de Adán, bajo la maldición del Edén: El día que comiereis del fruto ciertamente moriréis. El hombre murió en el pecado, por lo tanto no lo cubre ninguna justicia: No hay justo ni aún uno.

Dado que nadie busca a Dios (al verdadero Dios), la enemistad entre cielo y tierra continúa por mediación del pecado. La ley fue dada a Moisés en forma objetiva, la misma norma moral que se imprimió en la conciencia de la humanidad. Sin embargo, la ley no salvó a nadie sino que por medio de ella vino la abundancia del pecado.  La ley prueba la imposibilidad de resarcimiento del hombre ante su Hacedor, para dejarlo destituido de la gloria de Dios. 

Dios el Padre hizo una imputación a su Hijo, el cual cumplió toda la ley: le cargó todos los pecados del pueblo que fue a representar en la cruz. No en vano Isaías declaró que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos (Isaías 53:11. Jesús mismo afirmó que aunque muchos fuesen los llamados, los escogidos son pocos. En ningún momento se habla de la totalidad del género humano como el objeto de la redención, más bien el Señor hablaba en parábolas para que no todos comprendiesen. La noche previa a su calvario Jesús agradecía al Padre por los que le había dado y le seguiría dando, pero dijo en su oración que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Ya sabemos que ese mundo por el cual no rogó se coloca en clara oposición al mundo amado por el Padre, del cual se hace referencia en Juan 3:16. 

Dijo Pedro que Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…(1 Pedro 3:18). Así que el Padre tuvo a bien afligirlo hasta la muerte para castigar en su carne los pecados de todos los injustos que vino a redimir. Si estamos atentos a lo que dijo el Señor la noche previa a su crucifixión, entenderemos el valor de la predicación de la palabra de aquellos primeros creyentes. Por medio de su evangelio incorruptible muchos verán la gloria de Dios, ya que el evangelio adulterado trae anatema mientras arrastra a la perdición eterna a sus seguidores. ¿No dijo Jesús que los fariseos hacían doblemente merecedores del castigo eterno a sus prosélitos, simplemente porque éstos seguían a los que adulteraron su palabra?

No solo hubo una imputación sino dos; en un primer sentido, como ya fue señalado, Jesucristo recibió nuestro castigo por nuestros pecados; en un segundo sentido, nosotros recibimos la justicia de Dios que es Jesucristo. Esa salvación eterna fue construida con el trabajo consumado del Hijo, como lo cantó el salmista: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron (Salmo 85:10). Así que estando justificados en su sangre, seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). El centro o eje del evangelio viene dado por la justicia de Cristo, por su símbolo único que es su sangre derramada en la cruz. De la manera en que hacían los sacerdotes del Antiguo Testamento cuando ofrendaban holocausto a Dios, con la sangre de animales que se mostraba como sombra de lo que había de venir, asimismo la sangre del Cordero sin mancha inmolado en la cruz nos hizo perfectos para siempre. Ya no hace falta más sacrificio por el pecado, ya hubo una expiación total por la sangre de Jesucristo. 

En este momento debemos reflexionar en dos sentidos: 1) apuntar hacia el objeto de la expiación del Señor; 2) mirar hacia el objeto de la ira divina en los réprobos en cuanto a fe. Lo que el Señor hizo en la cruz no puede eliminarse, no puede falsearse en ninguna manera. Si lo escrito quedó escrito, ¿cuánto más firme no pudo quedar lo que hizo el Hijo de Dios? Nadie nos puede separar del amor de Cristo, ya que él murió por nuestra causa (la de sus elegidos), el que intercede por nosotros ante el Dios que justifica.  Decimos con Pablo la pregunta retórica encomiable de la Carta a los Romanos: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica (Romanos 8: 33). Por igual afirmamos que lo que el Señor no hizo en la cruz, nadie puede hacerlo por cuenta propia. De esta manera, aquellos por quienes Jesús no murió (los mismos por quienes no rogó la noche previa a su martirio -Juan 17:9) no pueden resarcir la maldición que sobre ellos pesa desde el Edén. 

La ira de Dios cae sobre los pecadores, pero lo hace en forma justa. En unos cayó sobre su Hijo, para el beneficio de su pueblo escogido desde la eternidad (Efesios 1:11); en otros, cae y caerá para mostrar su ira por el oprobio del pecado en los irredentos. Cuando los discípulos le preguntaron al Señor si eran pocos los que se salvaban, recibieron por respuesta que lo que resulta imposible para los hombres viene a ser posible para Dios. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Dios endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9: 18).

En conclusión, la justificación del pueblo escogido de Dios se hizo en forma permanente, de la misma manera en que la reprobación de los que Dios destinó como objeto de su ira también se hizo en forma permanente. Alguien una vez sugirió que sería injusto de parte de Dios condenar a aquella persona por la cual murió su Hijo, pero igualmente injusto sería redimir a aquella persona por la cual su Hijo no murió en la cruz. Esto señala como incongruente afirmar que Jesucristo murió por todos los seres humanos, sin excepción, ya que el Padre estaría condenando a aquellas personas cuyos pecados ya fueron expiados en la cruz. 

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:18
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios