Jueves, 06 de enero de 2022

Los demonios creen y tiemblan, afirma la Escritura, así que creer presupone un saber que lleva a la vida eterna. Por su conocimiento el Siervo Justo justificará a muchos, dijo Isaías; ocúpate de la doctrina, le recomendaba Pablo a Timoteo para que alcanzara la salvación. Juan nos advierte contra los que no permanecen en la doctrina de Cristo, asimismo nos asegura que convivir (decir bienvenido) con quien no trae la doctrina del Señor conlleva el participar de sus males y plagas. 

Creer en Jesucristo para salvación hace bien al alma, como se demostró por la conversación entre el carcelero de Filipos y Pablo junto a Silas. Pero el Cristo que el apóstol predicaba se suponía soberano, el que había liberado de los grilletes a esos dos emisarios suyos, el que había elegido al carcelero para evitarle el suicidio y otorgarle la vida. No le dijo Pablo al hombre que los tenía detenidos que creyera en Jesucristo y siguiera en su idolatría, porque una vez que hubiese creído aquello le sería suficiente.

El creer presupone un saber, como también fue escrito: ¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14). Ese saber supone la predicación de la palabra pura, la semilla incorruptible, el evangelio no adulterado. Jesús le dijo al Padre que le alababa por los que irían a creer por medio de la palabra de aquellos que le había dado antes (los discípulos apóstoles). Ellos, sin duda, habían aprendido la palabra sin corrupción de parte del Señor, ellos se encargarían de esparcir la semilla para que diera fruto. 

Ya esa palabra de Jesús nos asegura que el evangelio de verdad tiene el poder de atraer a las ovejas señaladas para ser salvas. En cambio, el evangelio anatema no ha salvado una sola alma, más bien hace al alma doblemente merecedora del infierno de fuego. El Señor llama a su pueblo que está en Babilonia para que salga de allí, no dijo que creyeran allí y se quedaran para predicar en los sitios de deshonra. 

Creer en el Señor Jesucristo implica conocerlo. Ese conocimiento viene por medio del que anuncia el evangelio, pero gracias a ese ministerio el Espíritu usa esa palabra en los elegidos del Padre para hacerlos nacer de nuevo. No resulta coherente creer el evangelio que anuncia a un Jesús que no vino en carne, por ser un espíritu puro que no pudo tener contacto con la materia. Ese evangelio sería anatema, nacido del pozo del abismo, por lo tanto no conduce a salvación. De la misma manera hay muchas herejías pregonadas por los que evangelizan bajo el anatema, todo lo cual recoge fruto de muerte. Poco importa que se hable de Jesucristo, del que nació en un pesebre, del que hizo milagros y resucitó a Lázaro; poco importa que se enfatice en su ética y en sus enseñanzas sabias. Nunca un evangelio corrupto conduce un alma hacia el cielo; de lo contrario, el Señor no hubiese dicho que su pueblo debía salir de Babilonia, ni Pablo hubiese lanzado un anatema contra el falso evangelio.

Las ovejas son presentadas en dos grupos: las que siguen al buen pastor y no escuchan más al extraño, ni se van tras éste, y las que todavía no han sido llamadas eficazmente. Estas últimas pueden estar todavía en Babilonia, continúan bajo la ira divina pero por causa de la elección serán llamadas en el tiempo oportuno. Entonces seguirán al buen pastor y nunca más se irán tras el extraño (Juan 10:1-5). Las cabras, por el contrario, constituyen un bloque homogéneo pero multifacético. Homogéneo por cuanto ni una de ellas cambiará su naturaleza de cabra, polifacético por cuanto su variedad las hace habitar en sitios muy diversos. 

Vemos cabras en el mundo, agrupadas en múltiples religiones, pero vemos también cabras en los templos que llevan la etiqueta de la cristiandad. Pondrá el Señor los cabritos a su izquierda y les dirá: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:33 y 41). El evangelio de Cristo nos enseña que él vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3), a dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). 

No vino Jesús a morir por todo el mundo, sin excepción, porque entonces todo el mundo, sin excepción, sería salvo. La dimensión del poder de la sangre de Jesús nos indica su fuerza redentora, así que no conviene pisotear su sangre al minimizar hasta la anulación su eficacia. Jesucristo no dio su vida por Judas Iscariote, como tampoco lo hizo por ningún otro réprobo en cuanto a fe, aquellos destinados para tropiezo en la roca que es él mismo (1 Pedro 2:8), que son del mismo grupo de aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (como bien refiere Apocalipsis 13:8 y 17:8). 

Morir conforme a las Escrituras presupone morir en forma eficaz por el rescate de su pueblo. Ese pueblo viene a salvación conforme a la elección (Romanos 9:11), no por obras sino por aquel que llama. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), así que no pudo morir por ese mundo dejado de lado; él murió por el mundo amado del Padre (Juan 3:16), por judíos y gentiles escogidos para vida eterna. Esta comprensión del evangelio pasa por esencial en materia de salvación, sin ella no se conoce qué hizo Jesucristo y se pierde el objetivo de su muerte expiatoria. 

Esta doctrina fue enseñada por los apóstoles (y por Jesucristo), por lo cual Juan insistía en que quien no permanece en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Pablo le encomienda a Tito que hable lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tito 2:1); pero el apóstol celebra que sus hermanos romanos hayan obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fueron entregados (Romanos 6:17). Y la doctrina predicada por el apóstol se encuentra patentada en sus escritos. Baste, para concluir, mirar apenas lo que dijo a los efesios: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo…según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor, habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos…para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado…En él asimismo tuvimos herencia (suerte), habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1: 3-11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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