Jueves, 30 de diciembre de 2021

El trabajo de Cristo en la cruz se hizo cargo de nuestra regeneración y gloria final. Los lugares de reunión religiosa en nombre del cristianismo, normalmente asumen que Jesucristo murió por toda la humanidad, sin excepción. Bajo ese axioma parten con una premisa equivocada, así que su conclusión o final estará por igual errado. Asimismo, en esos espacios de enfatiza en la ética cristiana, bajo el ánimo de cumplir con un conjunto de normas que se presumen modelo de la moral del buen cristiano.

Como carecen de doctrina fundamental, se inclinan a la normativa que rige la conducta. Pareciera que cada feligrés se convierte en vigilante de su prójimo, en el intento de exhibir un comportamiento adecuado al recinto. Sin  embargo, han olvidado y desdeñado la importancia de la doctrina de Cristo. Juan el apóstol nos dijo que quien esté apartado de esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Así que en tiempos de desprecio por las enseñanzas de Jesús, la conducta de los que componen esas sinagogas toma gran relevancia. 

Poco les importa que les aparezcan pastoras, apóstoles, nuevos profetas o videntes del futuro, todos ellos declarando que el Señor les reveló algo. De esa manera se constituyen en personas con rasgos espirituales de superioridad frente al grupo que no se atreve todavía a declarar profecías, lenguas o milagros engañosos. Más triste resulta conocer que algunos que son más avezados en doctrina participan de la hermandad impropia y condenada por las Escrituras. Si alguno viene a vosotros, y no trae esa doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis ¡Bienvenido! Porque el que le dice ¡Bienvenido! participa de sus malas obras  (2 Juan 1:10- 11). 

El pueblo de Dios necesita leer las Escrituras, volcarse a escudriñarlas y comprender la enseñanza de Jesucristo. Si alguien cree que Jesús es el Cristo, que vivió y murió para resucitar al tercer día, que está sentado a la diestra del Padre y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, bien hace. Pero esa creencia no le dice nada de su justificación. Los demonios de seguro creen eso mismo, mientras tiemblan de miedo porque para ellos no hubo, no hay ni habrá redención. Por esta razón la doctrina de Jesucristo se convierte en asunto de extrema importancia para aquellos que se llaman creyentes. 

Quizás una de las herejías más comunes en estos últimos siglos ha sido la creencia en un Jesús que puso su vida en rescate por toda la humanidad, sin excepción. Con ello se afirma que murió por todos, incluyendo a Judas Iscariote, al Faraón de Egipto, a los que no tienen su nombre en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8). Por igual murió por el hombre de pecado (el Anticristo), ya que es un ser humano, por cualquier réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Semejante asunción se muestra en demasía herética y blasfema.

Ah, pero les parece más justo que haya muerto por todos, sin excepción, y no tan solo por su pueblo escogido (Mateo 1:21). En realidad asumen la Palabra de Vida como algo duro de oír, ya que resultan ofendidos de solo escucharla. Se desvelan por el destino de Esaú, intentan por igual exculpar a Dios de la acusación que sus conciencias le hacen. Dicen que la libertad resulta esencial para que exista responsabilidad en la acción, que Esaú no puede ser hallado culpable si Dios lo predestinó para muerte eterna. Con ello hacen fila con el objetor levantado por Pablo en Romanos 9. 

Les molesta hablar de elección y condenan esta doctrina, pero la Biblia insiste a favor de los elegidos de Dios: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). La Escritura se escribió fundamentalmente para el pueblo de Dios. En ella leemos que el impío no puede discernirla y la toma por locura, ya que carece de condiciones espirituales para su comprensión. Aquellos que niegan la exclusiva muerte de Jesús por su pueblo, no han comprendido el mensaje de la Biblia porque sus ojos continúan ciegos y el evangelio se les muestra escondido.

Gracias a la regeneración hecha por el Espíritu Santo, nosotros los creyentes tenemos buenas obras de gratitud para con el Todopoderoso. Esas obras no nos justifican, más bien se presentan como el adorno de la justificación que el Padre nos dio en Jesucristo. El trabajo de Jesucristo en la cruz, su vida sin pecado en tanto Cordero sin mancha, fueron suficientes para aplacar la ira divina contra el pecado de la humanidad escogida. El Padre nos ve sin ira, así que su amor eterno se posa sobre sus hijos y los abriga con el bálsamo de su palabra. Los otros, aquellos que siguen decididos con el otro evangelio, continúan bajo el anatema propio que poseen los falsos maestros, los extraños predicadores, los lobos rapaces, las cabras, la cizaña y los demonios del averno. 

Los falsos maestros de nuestro tiempo no podrán engañar a los escogidos (Mateo 24:24), pero sí que lo harán con aquellos que fueron destinados para tropezar en la piedra que es Cristo (1 Pedro 2:8). Los evangelios anatemas no alcanzan a las ovejas redimidas, ya que el Padre nos guarda en sus manos y el Hijo también. Además, el Señor lo afirmó en Juan 10:1-5, que sus ovejas lo seguirían y huirían de los extraños porque no conocen la voz de esos falsos maestros de mentiras. 

La regeneración que nos hizo el Espíritu nos garantiza que no seguiremos jamás ningún falso evangelio. En cambio, aquellos que no se deleitan en la verdad (teológica y doctrinal), recibirán un espíritu de estupor para que crean la mentira y terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12). Gracias a la regeneración el creyente siempre dará el buen fruto del árbol bueno. Nunca confesará un falso evangelio, como dijo el Señor al concluir su explicación acerca de los dos tipos de árboles. De la abundancia del corazón habla la boca, asunto crucial para comprender lo que implica dar un fruto bueno o un fruto malo. Así que el hombre bueno del buen tesoro de su corazón sacará lo bueno (¿qué es lo bueno que tiene el buen hombre en su corazón? El evangelio de Jesucristo, toda su doctrina de la cual nunca se apartará). El evangelio que cada quien haya creído lo confesará con su boca, de allí que el Señor nos haya indicado cómo conocer los espíritus: De la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6: 44-45). 

Esa es nuestra gloria, vivir en la doctrina de Cristo y no apartarnos jamás de ella (2 Juan 1:8-9). Nuestra gloria también se muestra en el hecho de que jamás nos iremos tras el extraño, en que el falso maestro nunca nos engañará, en que siempre seguiremos al Buen Pastor. Poco importan las caídas por la atracción de la carne, por causa de la ley del pecado que está en nuestros miembros (Romanos 7), ya que ese Buen Pastor nos guarda en sus manos y en las manos de su Padre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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