Mi?rcoles, 29 de diciembre de 2021

El trabajo en el Señor no resulta vano y siempre trae fruto: 1) el olor grato de vida para los que viven en Cristo; 2) el olor grato de muerte para los réprobos en cuanto a fe. El grato olor en Cristo para vida que somos los creyentes presupone que siempre daremos un buen fruto. Nuestro trabajo en el campo del evangelio lo usa el Señor como un mecanismo para la conversión de los pecadores, para la edificación de los santos, para el testimonio ante el mundo. 

Ese trabajo no fatiga porque trae regocijo perpetuo, si bien la inclemencia de los años agota el cuerpo. Un gran beneficio ha traído a la humanidad el servicio del creyente en su comunidad, ya que su fruto puede ser visto a partir de sus palabras y acciones. Las buenas obras preparadas de antemano sirven para que en ellas andemos, aunque en ocasiones algunas personas harán obstrucción para que no se manifiesten. 

La doctrina de Cristo sirve de eje para nuestra motivación, un punto crucial que la Biblia señala como relevante. A Timoteo Pablo le recomienda ocuparse de la doctrina, ya que ella permitirá que muchos lleguen al camino de la salvación. Jesucristo señaló que vino a enseñar la doctrina de su Padre, Juan nos asegura que quien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Más aún, aseguró el apóstol que quien reciba a alguien en su casa (en forma espiritual) sin que tenga esa doctrina, participará de sus plagas.

No nos olvidamos de la ética cristiana, la enseñanza moral que parece implícita en las Escrituras, pero los asuntos de costumbres y buenas prácticas pertenecen al campo del hacer y del no hacer; pudiera decirse que forman parte de las obras humanas. Por supuesto que no pueden descartarse como fruto digno ante el Señor y de conveniencia y provecho nuestro, pero el conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11). 

El trabajo del alma de Jesús traería su rédito al Señor, lo que por igual constituiría una consecuencia de enorme valor para el pecador redimido. La salvación eterna sería posible solamente a través del esfuerzo del Mesías (siervo justo), el vehículo con el cual Jehová salvaría a su pueblo (Mateo 1:21). Jesús mostró obediencia hasta la muerte, habiendo cumplido toda la ley sin quebrantarla en ningún punto. Era Dios entre los hombres, era Dios hecho hombre, para convertirse en el perfecto Mediador entre la criatura humana y Dios. La vieja enemistad causada por el pecado en el Edén quedó resuelta de un todo, por medio de la sangre del Cordero que borró por completo la iniquidad de todo su pueblo.

En ese sentido el Señor vio el fruto de su trabajo, como nosotros también veremos la consecuencia de lo que hacemos por el evangelio. Dice la Biblia que cuando el Señor hubiese visto el fruto de su trabajo quedaría satisfecho, asunto que sucedió en parte cuando en la cruz, ya expirando, aseguró que su trabajo había sido completado (Tetélestai). Pero resulta claro que ya sabe cuántos son los redimidos que el Padre le dio, así que su satisfacción corre también en ese sentido. 

Su camino de dolor al llegar a la cruz tuvo su contraparte en la resurrección de entre los muertos, como la victoria máxima alcanzada en favor de todo su pueblo. Nosotros, los creyentes, creemos en esa verdad, el centro de nuestra esperanza. Pues si Cristo no hubiese resucitado, vana resultaría nuestra confianza. Pero así como el Padre escogió un pueblo para que el Hijo lo redimiera, la sola escogencia no bastó para el fin esperado. Fue necesario que Jesucristo hiciera su trabajo en esta tierra, sufriera cruento dolor como castigo por todos los pecados de su objeto de muerte. Esto nos conduce a otra conclusión derivada: nuestra salvación alcanzada en la cruz ha de hacerse eficaz por el conocimiento que tengamos del siervo justo. 

Pablo lo dijo, como dando a entender que el automatismo no funcionaba en materia de salvación. El apóstol escribió: ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10: 14). Conocer al siervo justo permitirá que él justifique a muchos. Por supuesto, en estricto sentido del concepto de predestinación, cada elegido conocerá al siervo justo, pero lo hará mediante la predicación del evangelio. El evangelio de Cristo y no el del extraño tiene el contenido necesario para convertir el alma de aquel a quien el Padre llama. 

La justicia de ese siervo se nos imparte a cambio de nuestros pecados, razón por la cual Dios nos acepta como hijos coherederos con Cristo. Jesucristo medió entre la justicia perfecta del Padre y la pecaminosidad absoluta de los escogidos. El intercambio nos favoreció en grado sumo: por un lado tomó todos nuestros pecados y cargó con ellos, para sufrir el castigo que nosotros merecíamos; por otra parte, nos otorgó su justicia, por cuya razón él es llamado nuestra pascua. Sí, nuestra pascua porque Dios pasó por alto nuestras iniquidades, como lo hizo con su pueblo cuando lo sacaba de Egipto. 

Jesucristo nos libró de la condenación y la muerte eterna, con el único medio de justificación: su justicia. No nos podemos creer santos porque no cometamos pecados, simplemente hubo una provisión judicial del Todopoderoso que nos declaró libres de toda culpa. Esto nos permite procurar vivir en santidad como una consecuencia de tener tanto la palabra del Hijo como el Espíritu enviado hacia nosotros. Hubo un acto forense que nos evitará el juicio de rendición de cuentas, acto que nos declaró libres y justos, para evitar de esa manera la condenación final.  Tantos como fueron ordenados para vida eterna, tantos como el Hijo de Dios justificó en la cruz. 

Si el precio de nuestra redención fue ya cancelado, no tenemos posibilidad alguna de pagar la más mínima parte; pretender hacerlo implicaría desconocer por completo el tamaño del pecado y la dimensión del pago realizado por el Cordero de Dios. Nos toca vivir una vida llena de agradecimiento al Padre Celestial, compartir el mensaje del evangelio a toda criatura, para que aquellos que estén ordenados para vida eterna vengan al conocimiento de la verdad. 

Si el trabajo del siervo justo le trajo herencia (los hijos que Dios le dio), si produjo beneficio en los elegidos, nuestro trabajo en el Señor no será en vano. Pero debe ser un trabajo no solamente ético sino también doctrinal. La obra del Señor se fundamentó en la doctrina de su Padre, así que cuando comprendamos lo que ella significa podremos decir que hemos obtenido su conocimiento con el cual nos justificará. 

César Paredes

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