Domingo, 26 de diciembre de 2021

(Esta es una traducción libre del inglés de un artículo de Marc Carpenter, bajo el título VIDA ETERNA, publicado en la extinta página Outside the Camp).

Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3). Solamente hay un solo Dios. Es el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, el Único Ser Señor del cielo y de la tierra (Hechos 17:24). Él ha hecho todas las cosas que ha querido (Salmo 115:3). Dios se ha revelado a Sí mismo en este mundo suyo, por medio del único inerrante e inspirado libro de Dios llamado la Biblia. 

La Biblia revela la Ley de Dios. Toda la Ley de Dios se resume en estos dos mandatos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22:37-39). Dios exige perfecta obediencia a la Ley (perfecta rectitud) y pronuncia una maldición sobre aquellos que no tienen una justicia perfecta: Maldito será aquel que no cumple todas las cosas que han sido escritas en el libro de la Ley, para hacerlas (Gálatas 3:10). Aquellos que mueren bajo esta maldición beberán el vino de la ira de Dios, vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los Santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos (Apocalipsis 14:10-11). 

Adán, el primer hombre, quien fue el representante de toda la raza humana, quebrantó la Ley de Dios. La culpa del pecado de Adán se ha imputado a todos los seres humanos: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Romanos 5:12). 

Por consecuencia, toda la humanidad ha sido concebida en pecado: He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre (Salmo 51:5). Todos los seres humanos han quebrantado la Ley de Dios: Como está escrito: No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3: 10-12). 

Entonces, Dios escogió adoptar a un pueblo particular para Su propia gloria, para que sean Sus hijos, una raza escogida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios (1 Pedro 2:9). Él escogió salvar a ese pueblo y tener comunión con ellos. ¿Cómo puede Dios, quien odia el pecado y pronuncia maldición sobre todos los que no poseen una justicia perfecta, permanecer justo y tener comunión con ellos? Porque Dios dice que Él es tanto un Dios justo como un Salvador (Isaías 45:21). La respuesta a esta interrogante yace en el evangelio de Cristo, donde la justicia de Dios es revelada (Romanos 1: 16-17).

El evangelio está centrado tanto en la persona como en la obra de Jesucristo, el Hijo de Dios (Marcos 1:1). Jesucristo es la Palabra eterna de Dios: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y Dios era el Verbo (Juan 1:1). Él vino a esta tierra hace dos mil años, habiendo sido concebido por Dios el Santo Espíritu en el vientre de una virgen. Jesucristo dijo: Yo y el Padre Uno somos; el Padre es en Mí, y Yo en Él (Juan 10:30,38). Jesucristo es completamente Dios y completamente hombre, el único que calificó para ser el Mediador entre Dios y los hombres. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5). Jesucristo dijo: Porque Yo he venido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de quien me envió (Juan 6:38). Él vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo tanto, Jesucristo fue probado en todos los aspectos de acuerdo a nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15). 

Él no pecó, no fue hallado engaño en su boca (1 Pedro 2:22). Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (Gálatas 4:4-5). Jesucristo cumplió perfectamente la Ley como un sustituto y representante de Su pueblo, para que de esta manera fuese imputada a su pueblo su perfecta justicia. 

Los pecados de su pueblo se le imputaron a él y él sufrió y murió en la cruz para pagar el castigo de la maldición de la Ley por los pecados de ese pueblo. Esto lo hizo el Señor con su preciosa sangre, como Cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). 

Porque Dios hizo que el que no conoció pecado fuese pecado por nosotros, para que llegara a ser la justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). En Jesucristo tenemos redención a través de su sangre, la remisión de nuestras desviaciones, de acuerdo a las riquezas de su gracia (Efesios 1:7). Jesucristo cargó en Su cuerpo nuestros pecados en el árbol o madero; para que nosotros, estando muertos al pecado, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 Pedro 2:24). 

La verdad del evangelio es que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras, y que él fue enterrado, y al tercer día resucitó, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4). Él fue entregado por causa de nuestras desviaciones y fue resucitado por causa de nuestra justificación (Romanos 4:25). ¿Ve usted ahora cómo Dios permanece justo y recto en el castigo al pecado mientras salva a ciertos pecadores? Los pecadores a quienes Jesucristo representó tienen un sustituto. Su desobediencia a la Ley de la justicia de Dios fue castigada en la persona de Jesucristo, y la perfecta justicia de Jesucristo de le imputa a estos pecadores.  

Dios tiene comunión con Su pueblo porque ellos tienen la justicia de Jesucristo imputada a ellos y ya han tenido castigados sus pecados a través de la muerte de Jesucristo. Todos los miembros del pueblo de Dios están gratuitamente justificados por Su gracia por medio de la redención en Cristo Jesús, a quien Dios colocó como propiciación por medio de la fe en Su sangre, para manifestar Su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:24-26). 

El evangelio es la buena noticia de salvación basada en la expiación de la sangre y en la justicia imputada de Jesucristo solamente, sin ninguna contribución del pecador. ¿Cree usted este evangelio?  Este es el único evangelio. No hay otro camino para ser reconciliado con Dios sino, solamente, a través de la muerte expiatoria y de la justicia imputada de Jesucristo. Jesucristo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por Mi (Juan 14:6). 

La salvación no se fundamenta en alguna cosa que el pecador hace; se basa toda ella en lo que Jesucristo hizo. El pueblo de Dios es justificado en forma gratuita por Su gracia a través de la redención en Cristo Jesús (Romanos 3:24); ningún hombre es justificado por obras de la Ley (Gálatas 2:16). Porque por las obras de la Ley ninguna carne será justificada delante de Él (Romanos 3:20). Porque Cristo es el fin de la Ley para justicia a todo aquel que es creyente (Romanos 10:4). Si usted cree que posee algún favor con Dios por causa de lo que usted haya hecho, ¿quién es usted, que piensa que Dios lo capacitó para hacer tal cosa?  Tal vez usted piensa que Dios vio lo que usted haría, entonces usted no cree el evangelio. 

Si usted cree que Jesucristo murió por todas las personas sin excepción, de seguro usted no cree el evangelio, porque usted no cree que el trabajo de Jesucristo hace la única diferencia entre salvación y condenación. Cualquier cosa de lo que usted haya hecho antes de creer en el verdadero evangelio es malo a la luz de Dios. Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Dios exige que usted se arrepienta de haber pensado que usted merecía el favor de Dios porque usted hiciera algo.  Él pide que usted se arrepienta por haber pensado que pudo merecer el favor de Dios por haber hecho usted algo. Él pide que usted crea este evangelio. El tiempo ha sido cumplido, y el reino de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en el evangelio (Marcos 1:15). 

Sus pecados son abominables a los ojos de Dios. Incluso si usted batalla  haciendo lo mejor que puede para amar a Dios y a sus enemigos, no puede hacer esas cosas en forma perfecta, incluso sus mejores esfuerzos en materia de religión y moralidad son abominables si usted cree que alguna parte de la salvación se basa en esas cosas. 

Sus pecados deben ser castigados. Ellos habrán sido ya castigados en la persona del sustituto, Jesucristo, o ellos serán castigados cuando Dios lo envíe a usted al infierno. Aquellos por quienes Jesucristo murió, aquellos pecados han sido ya castigados, por lo tanto esos beneficiarios creerán este evangelio. Aquellos por quienes Él no murió, cuyos pecados no fueron perdonados, no creerán. Todos aquellos por quienes Jesucristo murió irán al cielo. Aquellos por quienes Jesucristo no murió irán al infierno. Dios usa esta verdad de Su evangelio para cumplir Sus propósitos entre los hombres. Para algunos, este mandato para creer la verdad, acerca de lo que Jesucristo hizo para salvar a su pueblo, los vuelve airados y los ofende, porque esto afirma que ellos están bajo la pena de la justicia de Dios que condena, a menos que ellos sean amados y aceptados por Dios bajo la cuenta de la sangre expiatoria y la justicia imputada de Jesucristo, solamente. En algunas personas Dios usa Su mensaje para confirmarlos en su rebelión, para sellar su eterna condenación. Con otros individuos, este mandato de creer les trae a ellos vida espiritual y hace que ellos amen lo que Jesucristo ha hecho. Este es el poder de Dios que les dará a ellos entendimiento del único camino para reconciliarse con Dios.

Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas ¿quién es suficiente? (2 Corintios 2: 15-16).

Si creyere, esté seguro de esto: su fe es un regalo de parte de Dios y es un milagro que viene por el poder maravilloso de Su evangelio. Por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros sino que es un regalo de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9). Si usted obedece el mandato de Dios de creer el evangelio, usted debe agradecer a Dios el que este creer le haya venido como milagro de Él. Y este es el testimonio: que Dios nos dio vida eterna, y esa vida está en Su Hijo (1 Juan 5:11). 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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