Viernes, 24 de diciembre de 2021

Esta admonición de Pablo a uno de sus alumnos preferidos, debe ser vista con la propiedad intelectual que engloba el mandato. Leer implica conocer una y otra vez, así que nos acercamos a la idea del escudriñamiento del texto bíblico, para extraer los detalles ocultos en el contexto. Pero hay quienes leen y ven contradicciones, una vez que se han anclado a un único sentido de algún término, dejando ver incapacidad para la comprensión global. Estos colocan su ideología o teología como camisa de fuerza para obligar al vocablo a decir algo que suponen reforzaría su punto de vista asumido. 

Así comienza la inconstancia, así camina la indocta conducta de aquellos que tuercen la Escritura. El Dios de la Biblia sorprende a muchos a cada rato, no porque sea un Dios cambiante sino porque no dice aquello que el lector muchas veces desea que diga. Por ejemplo, alguien que se siente libre por el hecho de tomar decisiones a cada rato, asume que también se puede ser libre delante del Creador. Una persona lee que Jacob luchó con el Señor (con su ángel), que lo venció, de tal forma que cuando exclamó que no lo dejaría ir hasta que no lo bendijera el ángel lo bendijo como una manifestación de su propia derrota. 

Otros miran frases fuera del contexto, como aquella que dice que Jehová no quiere la muerte del impío, o que desea que todos los hombres sean salvos, o que el Cordero de Dios quita el pecado del mundo. También se lee que Jesucristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo, que Dios amó al mundo, que todo el mundo se iba tras Jesús. Al mismo tiempo se puede leer que Jesucristo no rogó por el mundo la noche previa de su muerte expiatoria, que los fariseos no seguían a Jesús, ni los saduceos ni miles de personas de aquel entonces. 

Sabemos que Jesucristo murió por todos los pecados de su pueblo, así que ¿cómo puede hablarse de la propiciación por los pecado de todo el mundo? En este punto necesitamos el escrutinio de las Escrituras, el escudriñamiento mencionado por Jesucristo. Leemos que los indoctos e inconstantes torcerán lo escrito para su propia perdición, aferrados a la letra de la palabra antes que a su espíritu y contexto. La lucha interna del Señor en el Getsemaní lo llevó a desear que el Padre le quitara esa copa amarga que tenía que beber al día siguiente, pero fue oído por causa de su temor reverente. Al ser oído entendemos que fue consolado para que la bebiera completa, de tal forma que afrontara su obra final como el punto álgido del recorrido del héroe. 

Eso no niega la deidad de Jesús ni nos habla de alguna contradicción en su alma; Jesús también lloró al ver a la familia de Lázaro triste por su hermano muerto. Lo hizo porque se conmovió, a pesar de que sabía que lo iba a resucitar casi de inmediato. De igual manera, el apóstol Juan no decía sandeces, así que cuando habló de la propiciación por todo el mundo hacía referencia a los escogidos judíos y gentiles (considerados estos últimos como el resto del mundo). El mundo amado por el Padre en Juan 3:16 viene a ser el mismo mundo por el cual el Hijo entregó su vida, pero el mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su martirio (Juan 17:9) es el mundo que el Padre ha odiado desde la eternidad. A Jacob amé, pero a Esaú odié (Romanos 9: 13), de manera que el famoso libre albedrío no es más que un bodrio teológico populista. No existe la dualidad libertad - responsabilidad humana, más bien existe un juicio de rendición de cuentas ante el Creador. La criatura no logra su independencia de su Hacedor, aunque se rebele y tropiece en la roca que es Cristo, para lo cual también ha sido destinada. 

Entonces surge la pregunta común y constante: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistirse a su voluntad?  En esa pregunta del objetor se observa lo plano del texto de Pablo, al escribir que Jehová odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal o de que fuese concebido. Dios crea el destino de cada ser humano y le da su guion para que actúe en esta tierra, como lo hizo con Judas Iscariote, con el Faraón de Egipto, con Pedro el apóstol, con usted o conmigo. 

Este hecho en Getsemaní y lo sucedido al día siguiente en el Gólgota, revelan que Jesucristo murió en exclusiva por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). La muerte expiatoria del Señor no se hizo en forma potencial, como una posibilidad futura para los seres humanos, sujeta a la voluntad del hombre. Ella se realizó en exclusiva como una posibilidad actual, real, concreta, en favor de todo su pueblo (Isaías 53:11). Ese Jesús que clamaba a su Padre en el huerto, reconocía por igual que se sometía a su voluntad. Nuestra redención alcanzada por Jesucristo exige un cuidado continuo, lo que se llama el ocuparse de nuestra salvación con temor y temblor. Pero esa ocupación no sugiere jamás que Jesucristo perderá a uno de sus pequeños, a los cuales ha guardado en sus manos y en las de su Padre. 

Dios conoció desde antes a su pueblo (no que el pueblo lo haya conocido primero a Él), así que lo predestinó, lo llamó, lo justificó y lo glorificó (Romanos 8:29-30). No que Dios haya previsto las buenas obras de esta gente, para recibir la motivación de la elección; más bien la Escritura enseña que toda la humanidad cayó a una, que murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aun uno, que no hay quien busque a Dios. Pablo ha descrito en Romanos 3 a la humanidad caída, así que en Romanos 8 no va a contradecirse como para decirnos que la elección hecha por el Padre se debió a los méritos de esa humanidad injustificable antes mencionada.  

El amor infinito del Padre, su inconmensurable placer y magnífica bondad, vienen a ser la base de la predestinación para que seamos conformes a la imagen de su Hijo. Habiéndonos amado, nos eligió (predestinó), nos llamó por el evangelio (¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique?), nos justificó por medio de la sangre del Hijo en la cruz, nos glorificó por medio de su Espíritu que es las arras de nuestra redención final. Toda esa actividad desplegada en el texto de Romanos antes expuesto, compete a un acto unilateral de Dios. Ese pacto Suyo no exige nuestra adherencia o voluntad para perfeccionar el contrato, si bien su pueblo lo será de buena voluntad en el día del poder de Dios. Más bien ese pacto refiere a la bondad y amistad del Señor para con sus escogidos, criaturas que ni siquiera habíamos sido concebidas, de manera que no nos pase por la mente ni un solo instante que el Señor requirió nuestra aceptación o nuestra conformidad con su pacto eterno e inmutable. 

De allí que urja el ocuparse en leer las Escrituras, porque ellas dan testimonio de ese Jesús Hijo de Dios, del Padre que ha ordenado todas las cosas, del Espíritu enviado como nuestro Consolador. La vida eterna consiste en conocer a este infinito Dios pero, si eterna, lo es porque no acaba como jamás terminará el conocer al inconmensurable Ser Eterno, a quien le ha placido darnos el reino. Nosotros, como manada pequeña, a veces nos sentimos aislados, odiados por el mundo, pero se nos ha dicho que no temamos ni desmayemos porque Él es nuestro Dios que nos esfuerza, quien nos sostiene de nuestra mano derecha. 

Al leer debidamente el contexto, jamás hallaremos contradicciones o paradojas en la plana escritura que recorre la Biblia. Si la Biblia nos viene como tesoro del alma, debemos invertir tiempo y todo tipo de energía para garantizarnos una buena comprensión de sus líneas. Por supuesto, el que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece a él, así que le será dura cosa el ocuparse de la lectura sagrada. Pero como la fe viene por el oír la palabra del Señor, el leer ayudará a aquellos a quienes Dios dará arrepentimiento para perdón de pecados. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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