Viernes, 24 de diciembre de 2021

Al seguir el lineamiento de Pablo acerca de la ley, debemos mirarla como el Ayo que nos condujo a Cristo. La ley no salvó a nadie, donde quiera que ella llega deja una estela de juicio, al señalar la abundancia del pecado. El salmista David aseguraba que sería bienaventurado todo aquel que piensa en la ley del Señor, de día y de noche (Salmo 1:2). La ley de Moisés vino como dura lex, operando ira, acusación y juicio, con su pronunciamiento de culpa eterna que lleva a la muerte. Entonces, ¿cómo ser bienaventurado al meditar en la ley?

Los judíos fueron muy celosos de Dios (Romanos 10:1-4), pero no conforme a entendimiento. Ellos se apegaron a la letra de la norma, al sentido del castigo, a la aventura de guardar lo más que se podía dicha ley. De esa práctica surgió el fariseo, bajo la suposición de que de tanto intentarlo algún día se podría. Habían olvidado la promesa del Génesis, el evangelio anunciado, la Simiente que vendría a través de la mujer. Esa promesa le fue otorgada como contrato a Abraham, por lo cual se dijo que en Isaac nos sería llamada la Simiente que es Cristo. 

David conoció el provecho sacado de la meditación de la ley del Señor, habiendo llegado al conocimiento del perdón de pecados por parte del Señor de la ley. Cristo es el fin de la ley, el único que pudo cumplirla y a quien el Padre lo llamó su justicia. De allí que la justicia imputada de Jesucristo hacia su pueblo, por el cual hizo expiación (Mateo 1:21), nos hace bienaventurados. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2).

La ley no solo contiene normas, sino que toda ella aparece como un cuerpo doctrinal. Así que pensar en la ley del Señor implica meditar en su doctrina, en lo que enseña abiertamente su libro. Esa ley convierte el alma, hace sabio al sencillo, en tanto evangeliza el corazón. Ah, pero esa no es la ley de las obras sino la de la fe:  ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Pese a que en la época del profeta Isaías la ley de Moisés ya había sido dada a Israel, él anuncia para el futuro la ley que saldría de Sion, la palabra de Jehová que saldría de Jerusalén: Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová (Isaías 2:3).

Esa ley salida de Sion es el evangelio de Jesucristo, el cual habla de su expiación en favor de todos los pecados de su pueblo. En la cruz el Señor representó a cada uno de los que vino a redimir, los escogidos del Padre, para borrar con su sangre cada pecado por los cuales pudiésemos ser acusados. Nos otorgó también su justicia, por lo cual lo llamamos nuestra pascua. La ley produce ira, pero la fe en Jesucristo viene por la gracia; así que nuestra salvación vino por gracia, no por las obras de la ley. 

Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en Jehová le rodea la misericordia (Salmo 32:10). Los fariseos se comportaron como impíos, recorrían la tierra en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno de fuego. Anclados en la ley, señalaban con el dedo la culpa del prójimo, colocaban cargas que ellos no podían ni mover un poco. David meditaba en la ley del Señor, por lo cual llegó a la conclusión de que sería bienaventurado el que fuere perdonado, aquel cuyos pecados fuesen cubiertos. 

Resulta evidente que desde el Antiguo Testamento se conocía el evangelio del Señor, ya que para los creyentes de ese entonces la fe también les contaba por justicia. Ellos supieron que el Redentor vivía, que al final se levantaría del polvo, de entre los muertos, como bien lo dijo Job. Ellos sacrificaban como sombra de lo que habría de venir, por cuya razón se sintieron bienaventurados. Si la ley hubiese sido el centro de la meditación, sin apuntar a Jesucristo, solamente habrían cosechado acusación y culpa. 

Mientras la ley fue dada para aumentar el pecado, Jesucristo vino para perdonar los pecados de su pueblo. El Padre castigó al Hijo hecho pecado por causa de sus escogidos, le imputó a él nuestras culpas y transgresiones, aunque a cambio nos entregó su justicia. El evangelio nos dice que Dios nos dio la justificación por causa del sacrificio del Hijo, cuya sangre y justicia manifiestan la esencia de la buena noticia.  

De acuerdo a la justicia divina, el sacrificio de Jesucristo exige la liberación y perdón de todos aquellos por los cuales dio su vida. Isaías nos habla del Siervo Justo que justificaría a muchos, el Señor nos habla de la manada pequeña. Si pensamos un momento lo que significa el sufrimiento de Jesucristo en la cruz, nos daremos cuenta de que resultaría vano su dolor si se hubiese ofrecido por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). 

La ley divina exige pena y castigo por la impiedad del ser humano, pero Dios pasará por alto tal castigo en aquellos corazones marcados con la sangre del Cordero sin mancha. Solamente esos pasará por alto, los demás serán visitados como aquellas casas egipcias que recibieron el juicio del Altísimo. La Biblia sigue dando claridad a cada alma redimida, así que fijémonos en lo que dijo Isaías respecto al alcance de la expiación del Señor. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11). 

El Mesías quedó satisfecho con el fruto alcanzado por la aflicción de su alma. Esto quiere decir que no buscará más satisfacción, ya que su trabajo fue completado.  Nosotros nos beneficiamos al conocer al siervo justo por cuanto por esa vía muchos seremos justificados (no todos). En otras palabras, ¿cómo podremos invocar a aquel a quien no conocemos? Esa razón pasa por suficiente para desear conocer al Señor, no solamente en lo que respecta a su persona sino también en lo relacionado con su obra.

La doctrina de la expiación viene ligada a la ley de Dios, cumpliendo de esta manera el sentido de la norma. La meditación de David en la ley divina lo llevó a la expresión de regocijo por haber descubierto que el fin de la ley era Jesucristo. El Mesías esperado cubriría todos los pecados de aquellos bienaventurados cuyas transgresiones serían perdonadas. La ley en sí misma no pudo salvar ni a una sola persona, ya que ella condena la culpa. La sangre de Cristo vino como respuesta de gracia del Todopoderoso, pero Él tiene misericordia de quien quiere tenerla. 

Nuestro deber, como seres humanos, recae en la necesidad de conocer al siervo justo. Al escudriñar las Escrituras podremos descubrir que allí yace la vida eterna, que ellas dan testimonio de Jesucristo. Al considerar perdidos a aquellos judíos, Pablo oraba por aquellos paisanos celosos de Dios que desconocían la justicia de Cristo. Nosotros oramos por aquellos que necesitan dicha justicia, para que el Dios del cielo haga como quiere.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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