Martes, 21 de diciembre de 2021

Todo humano viviente puede ser visto como un candidato a la regeneración, pero esto solo como una posibilidad desde nuestra óptica. Conocemos a los que creen, pero también a los que andan perdidos; pero andar perdido no implica que se esté en el número de los réprobos en cuanto a fe. En otras palabras, nuestra predicación va dirigida a todo el mundo, para que el que llegue a creer se manifieste como hijo de Dios. El que no cree jamás, ya ha sido condenado. Por supuesto que Dios sí sabe a quiénes ha elegido para salvación eterna o para condenación perpetua, pero esa sapiencia le pertenece a Él solamente. 

El creyente puede conocer por lo frutos quiénes confiesan el evangelio de Cristo, así que posee la capacidad para juzgar con justo juicio. El que confiesa el evangelio anatema, la Biblia lo tiene por perdido, como alguien a quien Dios no ha llamado eficazmente. De esta forma probamos los espíritus para comprobar si pertenecen a Dios como su Redentor. Claro que la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada ni en esta ni en la venidera. Pero en principio, y desde nuestra perspectiva, vemos a todos los hombres como seres de posible regeneración. 

La terrible doctrina de la reprobación también ha de predicarse, para que nos llene de temor ante el Dios justo, el que castiga por el pecado. La criatura no posee otra opción que caer humillada ante su Hacedor, aunque por su corazón de piedra no lo haga. Como dos lados de una moneda, junto a la reprobación yace la doctrina de la elección para vida eterna. Como si en metal redondo de dos caras viésemos a Jacob y a Esaú, uno en cada una de ellas.

El elegido que ya ha llegado a creer se gozará de no haber sido escogido como un miembro del otro bando. Este reconocimiento le impedirá echarse al abandono en los asuntos de la fe, así que se motivará para pregonar el evangelio de Cristo a todo aquel que le rodee. Pero no hemos de olvidar jamás lo que la Escritura enseña: que Dios tiene misericordia de quien Él quiere tenerla, pero que Él endurece a quien desee endurecer (Romanos 9:18). Así que no existe una reprobación pasiva, como si el Creador se hubiese lavado las manos en los asuntos de la condenación. 

Lo ha dicho su palabra, que amó a Jacob pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos. A Moisés le expuso que endurecería el corazón del Faraón, para que no dejara ir a su pueblo hasta que Él se glorificara en su propósito (Éxodo 9:12). Al examinar las Escrituras nos percatamos de que no todos los seres humanos poseen la posibilidad de la redención, aunque los veamos como de posible salvación. Quiero decir que no sabemos a ciencia cierta quiénes son los que Dios eligió hasta que den el fruto de la redención, pero lo que sí conocemos es que Dios escogió a muchos para la reprobación. Por lo tanto estamos ciertos de que ese grupo no tiene posibilidad alguna de salvación.

Nuestro desconocimiento a priori sobre quién sea un reprobado y quién un redimido, nos conduce al imperativo de la propagación del evangelio de Jesucristo. Lo que confiesa la boca procede del corazón, el evangelio que el corazón expone muestra al individuo como un árbol bueno o como uno malo. La regeneración o nuevo nacimiento, como acto del Espíritu Santo, presupone el traslado de la muerte espiritual a la vida eterna. El corazón de piedra se suplanta por uno de carne, como una actividad sobrenatural que jamás puede hacerla ninguna voluntad humana. La circuncisión del corazón hecha por Jehová se mostró como un concepto desconocido por el maestro de la ley Nicodemo. Ya se había mencionado en el Antiguo Testamento (por ejemplo: Deuteronomio 30:6), así como Jeremías, Ezequiel y Zacarías se habían referido al poder divino para el cambio espiritual de aquel a quien Dios salvaría. 

En el Nuevo Testamento abundan los ejemplos, pero destaca lo dicho por Jesús, como centro de su doctrina, la misma de su Padre. Aquellos que el Padre me da, vendrán a mí. El que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Se entiende que el Padre le da a Jesucristo a los que él resucitará en el día postrero para vida eterna; de allí que los que no vienen a Cristo nunca han sido enviados por el Padre hacia el Hijo. Jesús continuó con este énfasis: Ninguno puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga para que yo lo resucite en el día final (Juan 6:44). Las palabras de Jesús son espíritu y vida, en cambio la carne para nada aprovecha (Juan 6:63). 

Con el nuevo corazón, el creyente ya no posee más el corazón de piedra, aquel que era engañoso y perverso más que todas las cosas. Ahora ha pasado de muerte a vida y ama el andar en los estatutos del Señor. Pecados vienen y van, el creyente todavía sigue como víctima del pecado, pero agradece a Dios por Jesucristo quien lo ha de librar de ese cuerpo de muerte. Su adopción dentro de la familia de Dios lo separa del mundo. Tiene aflicción en el mundo, pero confía en el Señor que ha vencido ese mundo. Por cierto, Jesucristo no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, así que ese mundo de réprobos en cuanto a fe odiará por siempre a la descendencia de la Simiente. 

Sin que nos confundamos con el odio, sabemos que todos los incrédulos detestan a los hijos de Dios, pero dentro de esos incrédulos (de los cuales fuimos en un tiempo los redimidos) existe pueblo escogido que llegará a creer en el día del poder de Dios. Así que continuamos con el pregón del evangelio de salvación para los elegidos del Padre, como con el evangelio de condenación para los réprobos en cuanto a fe (Apocalipsis 13:8;17:8; 17:17). 

La conversión viene como resultado de la gracia divina, la que el Santo Espíritu utiliza para darle arrepentimiento al elegido para perdón de pecados, para que crea el evangelio. Ese Espíritu que conduce a toda verdad no dejará en la ignorancia a los que ha vivificado, así que el redimido recibe la comprensión suficiente del evangelio de Jesucristo. Llega a saber que lo que hizo el Señor en la cruz fue representarlo a él en la cruz, para quitarle todos sus pecados y otorgarle su propia justicia. El redimido, desde el día de su conversión, comprende que esto fue un trabajo exclusivo del Señor, algo que él no hizo por Judas, por Faraón, por ninguna de las personas que han sido condenadas. Si no lo comprendiera de esta manera sería porque no habría creído en el verdadero evangelio sino en el evangelio del extraño.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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