Viernes, 17 de diciembre de 2021

Ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo, un pasaje que nos habla de un principio de simultaneidad en la relación tierra-cielo. Asimismo, Dios nos amó con amor eterno, aunque estuvimos bajo su ira lo mismo que los demás. Un texto dice lo siguiente: Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida (Romanos 5:9-10).

La física moderna estudia el fenómeno del entrelazamiento cuántico, el momento cuando dos partículas se conectan, independientemente de su distancia, hasta el punto en que lo que le sucede a una de ellas le acontece a la otra. Nosotros los creyentes, bajo el planteamiento de Pablo, estamos en el cielo y en la tierra, independientemente de la distancia que exista, como  aquellas dos partículas mencionadas. Lo que hacemos en el tierra tiene eco en el cielo y lo que allá se dice de nosotros nos afecta para bien. Una similitud, tan solo, en referencia a la física cuántica.

Dios, como Ser eterno e inmutable, lo que quiso ha hecho, ya nos hizo en Cristo, para su gloria, para que seamos semejantes a Su Hijo. Comparemos las siguientes referencias textuales: 1) En 1 Timoteo 4:13-16 se lee: Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio. Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:13-16);  2) En 1 Timoteo 1:2 Pablo reconoce a su amigo y hermano Timoteo como verdadero hijo de la fe. 

En una misma carta, Pablo acepta públicamente a Timoteo como su hermano en Cristo, pero también le dice que ocupándose de la doctrina se salvará a sí mismo. Algo que ya había sucedido en el pasado sucederá por igual en el futuro, dos temporalidades sobre un mismo fenómeno. Esta forma de decir las cosas ha hecho que muchos teólogos suspicaces elaboren falsas doctrinas, entre ellas el asunto de la pérdida de la salvación o de la gracia a futuro. Sin embargo, aunque hayamos sido salvados por Jesucristo, nuestra salvación final no ha llegado aún, de manera que tenemos al Espíritu de Dios en nosotros como garantía de esa redención final para nosotros.

El pasado, presente y futuro de la salvación, no quiere decir que podamos perder la redención alcanzada por Jesucristo en la cruz, cuando nos representó individualmente al morir por todo su pueblo (Mateo 1:21). Además, si la salvación es por gracia, no tiene sentido lo que se diga en relación a que tenemos una gracia que nos capacita para que con nuestro aporte tengamos una salvación a futuro. Esto sería algo así como que Dios nos dio la salvación en principio, pero depende de nuestro esfuerzo y de nuestra tenacidad para garantizar su realización final. Si esto así fuese, tal salvación sería una mestiza de gracia y obras. 

La ira de Dios estuvo sobre cada creyente, como sigue en cada incrédulo. El odio de Dios, distinto a su ira, continúa por siempre, como lo demuestra Esaú. Este ser fue odiado aún antes de que fuese engendrado, sin que se mirara a sus buenas o malas obras. En cambio, el amor de Dios dura por siempre, como lo ha demostrado Jacob, amado sin que Dios tuviese en cuenta sus buenas o malas obras.  El creyente ha sido transformado para que ande en buenas obras, preparadas de antemano, como consecuencia de la redención recibida.

Existe un contraste entre los que están en la carne y los que están en el Espíritu. Esto equivale a contraponer la muerte con la vida, por lo que resulta imposible andar muerto y vivo al mismo tiempo. No existe tal intermitencia, ya que el que nació del Espíritu vive por siempre, habiéndole sido quitado su corazón de piedra para colocarle uno de carne. En Romanos 8:8 se afirma que aquellos que están en la carne no pueden agradar a Dios, lo cual implica que existe el fruto de muerte o las obras muertas. 

Hay gente que es de la carne o que anda según la carne, sin poder agradar a Dios. Esa carne presupone la corrupción de la naturaleza, pero una cosa sería andar en la carne y otra el ser carnal.  La vieja naturaleza todavía vive en nosotros, aunque haya sido vencida en Cristo. El mismo apóstol Pablo escribió que él era carnal, vendido al pecado (Romanos 7:14), de tal manera que el bien que deseaba hacer no hacía y el mal que quería evitar no evitaba. Pablo se sentía miserable pero daba gracias a Dios por Jesucristo, quien lo podía librar de ese cuerpo de muerte en el cual consiste el pecado. 

Hemos de distinguir el ser carnal, como dijera Pablo, del hecho de habitar en la carne. Toda persona que nace en este mundo vive en la carne, pertenece a la carne por naturaleza. En cambio, aquellos que han sido alumbrados por la luz del evangelio y han sido perdonados por el Señor, habiendo sido nacidos de nuevo, por medio de la gracia eficaz que otorgara el Padre y por la renovación efectuada por el Espíritu Santo, dejan de vivir en la carne. Los que viven según la carne piensan en las cosas propias de la carne, en las cosas pecaminosas que abomina Jehová. 

Vemos que aunque hayamos sido perdonados y transformados, nuestra salvación total llegará cuando dejemos este mundo y estemos cara a cara con el Señor. Pero aunque continuemos bajo la ley del pecado en nuestros miembros, de igual manera hemos de considerarnos redimidos, si en verdad tenemos el Espíritu de Cristo. Juan nos lo dice en una de sus cartas: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). Ese pronombre personal él hace referencia tanto a Dios como Padre, como al Hijo de Dios, Jesucristo, el Verbo de vida del que habló Juan. El apóstol enunció el relato de lo que vio, de lo que contempló y de lo palparon sus manos; con verbos de percepción fáctica.

En nuestro presente nos agradamos de las cosas del Espíritu, de su gracia, de la doctrina del evangelio, del servicio al Señor y de la adoración debida al Dios de las Escrituras. En el pasado, mientras estuvimos muertos en los delitos y pecados, no teníamos interés suficiente para ocuparnos de estas cosas. En el futuro, palparemos la vida eterna, la cual consiste en conocer al Padre y al Hijo, así como al Consolador enviado para que nos conduzca a toda verdad. Pese a esta sintaxis que nos exige el espacio-tiempo, el amor de Dios por sus elegidos se manifiesta desde la eternidad, como le dijo a Jeremías: Con amor eterno te he amado, por tanto, te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). El amor de Dios camina de acuerdo a su soberanía, a su eternidad y a la inmutabilidad de su consejo.  

Jesucristo también fue amado, como el Hijo de Dios, siendo Dios desde siempre; el Señor sufrió por los pecados de su pueblo, al extremo de cargar con ellos a cuestas, siendo ajusticiado por el Padre, el cual lo abandonó por unos momentos para mostrar su ira por la transgresión de su pueblo. Pese a ese breve abandono siempre amó a su Hijo con amor eterno, así que nosotros hemos de contemplar ese reflejo en nuestras vidas. El creyente no tiene que ocuparse de las cosas de la carne, ya que las cuerdas de amor, con las cuales ha sido atado, lo seducen para que se ofrezca voluntariamente, por causa del poder de quien lo ama desde la eternidad (Salmo 110:3). 

En Hebreos 11:6 leemos que sin fe resulta imposible agradar a Dios, entonces el que no tiene fe (porque no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios) está incapacitado para agradar a Dios. Jesucristo es el autor y quien consuma la fe, quien cuando comienza una buena obra la termina hasta el fin. Desde nuestra perspectiva histórica nos parece que el Padre nos amó desde que lo conocimos, pero desde la óptica de Dios Él nos ha amado siempre. Esto se comprueba porque habiéndonos amado nos predestinó desde la eternidad, nos llamó eficazmente con llamamiento santo, nos justificó en Cristo y nos glorificó (Romanos 8:30). 

Mientras anduvimos en la carne, las pasiones pecaminosas producían en nuestros miembros frutos para muerte (por causa de la ley); pero ahora, habiendo creído, estamos libres de la ley, ya que hemos muerto para aquella ley a la cual estábamos sujetos (Romanos 7:4-7). Sí, Jesucristo nos hizo libres del peso y castigo de la ley, por causa de haber cumplido toda la ley y de haber sido declarado la justicia de Dios. Cristo pasó a ser nuestra justicia (nuestra pascua), al haber llevado nuestros pecados y al habernos otorgado su justicia. 

La fe sin buenos frutos está muerta; conocemos a las personas por sus frutos. Jesucristo expuso esta doctrina y se refirió al hombre bueno (el que vive de acuerdo al Espíritu), el cual del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; también hizo referencia al hombre malo (el que anda según la carne), el cual saca de su mal tesoro lo que es malo. Concluyó la explicación de su doctrina, aclarándonos a qué se refería con aquello del fruto bueno o malo:  porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). El buen fruto del árbol bueno (del hombre que se ocupa de las cosas del Espíritu) viene a ser la confesión de lo que cree su corazón: dime qué evangelio confiesas y te diré en quién has creído.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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