Domingo, 12 de diciembre de 2021

En Egipto, cuando los israelitas sirvieron como esclavos, Jehová por medio de Moisés ideó su plan de escape. Poco antes de la plaga final, previo a la matanza de los primogénitos, todo miembro de la casa de Jacob tendría que colocar sangre de un cordero sacrificado en los dos postes y en los dinteles de sus casas. Esa sangre como signo para ellos y sus casas la vería Jehová cuando iría a Egipto para herir a todo primogénito de aquella tierra. Al verla, pasaría por alto aquella casa y familia, lo que constituiría el inicio de la Pascua de Jehová (Éxodo 12).

Esa sangre del cordero tipificaba la sangre de Jesucristo, lo cual se convertiría por igual en la Pascua de cada creyente. De allí que Pablo hable diciendo: Cristo, nuestra pascua, porque por medio de él Dios pasó por alto nuestras transgresiones para que no suframos castigo eterno por nuestros pecados. Se observa en el escenario planteado que la Pascua no alcanzó al pueblo egipcio, que a ellos no les fue dada tal información como nación. Como modelo de la expiación del Cordero de Dios, la salvación en ese momento se limitó al pueblo de Israel. De consiguiente, durante siglos, la celebración de la Pascua la hizo dicho pueblo y no el mundo pagano.

Cuando Jesucristo vino como Dios encarnado y habitó entre nosotros, su mensaje se dio principalmente a los judíos (la salvación viene de los judíos). Sin embargo, algunos extranjeros también oyeron sus palabras y llegaron a creer. Una vez que los gentiles (el resto del mundo) recibió el mensaje, ellos se incorporaron al pueblo de Dios. Ahora ese pueblo comprende a judíos y gentiles creyentes en Jesucristo. El mundo por el cual el Señor no rogó la noche previa a su sacrificio como Cordero, no fue tenido en cuenta en sus ruegos al Padre (Juan 17:9). 

La expiación de Jesucristo como Cordero alcanzó al pueblo escogido de Dios, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 10: 26). Vemos una limitación en su extensión, como aquella Pascua primigenia de los israelitas en Egipto. Por otro lado, aquella primera Pascua tuvo como norte el que Jehová no matara a sus primogénitos, pero la Pascua de Cristo tiene como significado el que Jehová perdone y justifique por completo a sus escogidos para vida eterna. 

Distinto habría sido si la orden transferida al pueblo por Moisés hubiese consistido en colocar en las puertas de las casas la lista de buenas acciones de los israelitas. Una descripción de sus momentos de arrepentimiento por el pecado, los recuerdos de las historias de su padre Abraham o de las aventuras de Jacob. Más bien el pasar por alto el castigo de Jehová se circunscribió a la marca de la sangre del Cordero, como un tipo de lo que habría de venir. Aquel símbolo como sombra de lo que vendría sirvió para recordar vez tras vez la gracia divina. Ninguna obra se les exigió a ellos, simplemente sería tenido en cuenta el que tuviesen la marca de la sangre del cordero sin defecto alguno.

La expiación o trabajo de Jesucristo no nos exige buenas obras, simplemente que tengamos la marca de su sangre. Pero sabemos que no podemos conseguirla en el mercado, ni en los templos. Se deriva que esa marca fue colocada por Dios mismo en nosotros, en su elección desde antes de la fundación del mundo. Por esa razón, en la economía del Todopoderoso, no hubo desperdicio alguno en la sangre del Cordero inmolado por su pueblo. No murió Jesucristo por todo el mundo, sin excepción, por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9), sino que murió en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21). 

Si el sacrificio de Jesucristo se hubiese realizado en forma universal por cada ser humano en particular, todos podrían reclamar su redención y Jehová hubiese tenido que pasar por alto su castigo en favor de los beneficiarios de esa sangre universal derramada en la cruz. Isaías nos dice que Jesucristo vería el trabajo de su alma y quedaría satisfecho (Isaías 53:11). Si quedó satisfecho y consumó todo en la cruz, no existe más nada qué agregar. El fruto de su trabajo lo representa la manada pequeña, los pocos escogidos, sus ovejas, como lo aseguró Jesús con sus propias palabras. Su satisfacción resulta infinita, de acuerdo a su esencia, ya que realizó una completa redención de todos sus escogidos. El Padre nos predestinó conforme a su propio propósito, habiéndonos escogido en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:4,11). 

Así que ¿quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica (Romanos 8: 33). ¿Quién nos condenará? Cristo es el que murió…el que intercede por nosotros (Romanos 8:34). Estos textos hablan de una justificación efectiva y actual, no de una justificación potencial ni de una gracia a futuro. La regeneración por el Espíritu implica un acto soberano de Dios, así que ese engendramiento no vino por voluntad de varón sino por el deseo del Señor en darnos vida. No a todos regenera el Espíritu, como se demuestra de la inmensidad de réprobos en cuanto a fe, de los muchos dejados de lado, del hecho de que ni siquiera todos hayan sido llamados. 

La Biblia nos resalta que la humanidad cayó en Adán y quedó muerta en sus delitos y pecados, con odio hacia el Creador. Nos añade que no existe justo ni aún uno, a menos que Dios justifique al impío en tanto Dios justo y Salvador. En el día de su poder nosotros pasamos a vida, así como los que nos precedieron y los que seguirán este destino. En ese día tuvimos la voluntad dada por Dios, quien antes nos enseñó para llevarnos después a Cristo. La Biblia agrega que nos enseñó y que nosotros habiendo aprendido fuimos hacia el Hijo (Juan 6:44-45). 

La sangre de Jesucristo justifica a su pueblo para librarnos de la ira de Dios contra el pecado. Aquellos que el Señor no representó en la cruz recibirán la ira divina en justicia por sus transgresiones. Dura cosa el oír estas palabras, pero nada nueva la queja (Juan 6: 60 dice: Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?). Su pueblo será obediente (Hebreos 5:9), ya que él obedeció hasta la muerte de cruz. Aquellos por los cuales Cristo murió oirán oportunamente el evangelio y obedecerán sus mandamientos. 

El conocimiento que tenga el hombre natural sobre el Dios de la Creación no le satisface para la redención. En cambio, la palabra revelada se muestra suficiente para el que la escudriña en la búsqueda del testimonio del Cristo viviente. Allí se podrá leer y aprender que Jesucristo murió conforme a las Escrituras, las que enseñan lo que se acaba de exponer. La sangre de Cristo resulta eficaz para aquellos por quienes él fue sacrificado como Cordero sin mancha, tal cual los israelitas fueron librados de la esclavitud del Faraón, gracias a la sangre de sus corderos como signo ante Jehová, para que pasara por alto su castigo. 

Nadie tiene una lista de los predestinados a salvación, ni otra de los réprobos en cuanto a fe. Pero lo que sí se muestra cierto no puede negarse: Dios, en su soberana voluntad, de acuerdo a lo que le dio gusto y afecto, eligió desde los siglos a su pueblo. Lo hizo en forma particularizada, no como un pueblo en abstracto y abierto al que cualquiera pudiera incorporarse. Lo mismo hizo con los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados para tropezar en la roca que se llama Cristo. Estos son los mismos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. De todo ello nos dio ejemplos o modelos, quizás el más emblemático se escribió en la Carta a los Romanos, en el Capítulo 9: Jacob y Esaú, los gemelos hijos de Isaac y Rebeca, uno escogido para vida eterna y el otro para condenación eterna. Isaac tuvo preferencia por Esaú pero éste fue el odiado por Dios. Si recordamos que en Isaac nos fue dada la promesa o la descendencia, identificada posteriormente como Jesucristo por el apóstol Pablo, vemos que ese hijo de Abraham no pudo con sus plegarias cambiar el decreto divino.

De lo antes expuesto se desprende que la seguridad de la redención pasa por una actividad personal, no porque uno pueda verse en una lista escrita. La Escritura testifica de que hubo una predestinación para vida eterna, pero el Espíritu nos da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede decir que le pertenece como un redimido. Jesucristo explicó que el árbol bueno da el fruto bueno, así que de la abundancia del corazón habla la boca. El fruto por el cual conocemos a los hijos de Dios se expresa por lo que confiesa como doctrina (la doctrina del Padre enseñada por el Hijo, Juan 7:16). 

El árbol malo da el fruto malo, la mala doctrina o el falso evangelio. Jesús también aseguró que resulta imposible para el árbol malo confesar el fruto bueno, así que aunque se digan ministros de la gracia llegará un momento en que su discurso los delatará. Se volverán universalistas en materia de redención, porque consideran más justo a un Dios con esa proclama. Del Dios que odia se avergüenzan, no predicándolo; en sus templos mandan a callar a los que traen la doctrina de la salvación particular, en base al sacrificio de Jesucristo en pro solamente por su pueblo, elegido por el Padre desde los siglos. 

Estos falsos maestros, como árboles malos, promueven el mal fruto de su corazón al profesar un evangelio diferente, ajustado al gusto de las masas, con unas palabras blandas que traen su veneno. A ellos les encanta la ética cristiana y se vuelven acérrimos fariseos para vigilar la conducta en sus congregaciones, bajo el entendido de que esa moral viene a ser el fruto para que se les conozca como redimidos. Jesucristo lo dijo: Por sus frutos los conoceréis, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Sabemos que del corazón salen los malos pensamientos, los adulterios, las calumnias, los insultos (Mateo 15:19), pero también sabemos que las obras de la carne incluyen esas malas cosas y añaden otras: idolatría, hechicerías, herejías (Gálatas 5: 20).  Aquello que usted piensa como doctrina de Cristo sale del corazón y se confiesa por la boca,  esto puede ser una herejía, un torcimiento de la palabra, una interpretación privada de la Escritura. 

Examinemos los espíritus para ver si son de Dios, probémoslos y no creamos a todo espíritu porque muchos anticristos han salido por el mundo (1 Juan 4:1-6).  No conviene para el alma conocer a Jesucristo solamente como persona (el hombre de los milagros, de las palabras sabias, de la ética y moral impecable), conviene también conocerlo en su trabajo en la cruz, en toda la doctrina expuesta. Si aquella sangre de los corderos apuntaba a la sangre del Cordero que vino a morir en un madero, ésta sangre de Jesucristo nos conviene a todos los que fuimos sus beneficiarios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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