S?bado, 11 de diciembre de 2021

Los textos en sus contextos: fuera del texto no podemos encontrar la explicación del mensaje. En algunos pasajes de la Escritura leemos que Dios se complace en la destrucción del malvado, que se ríe en medio de su calamidad y burlarse cuando lo que él teme le llegue. En otros pasajes miramos que Jehová no quiere la muerte del impío, sino que éste se arrepienta y viva. Por igual, se lee que nuestro Dios todo lo que quiso ha hecho (Deuteronomio 28:63; Proverbios 1:24-26; Ezequiel 18:21-32; Salmo 135:6).

El contexto de lo que Ezequiel escribe indica que hubo una queja de los hijos contra los padres, ya que los progenitores comieron uvas amargas, empero los hijos sufrieron la consecuencia de la dentera. Los pecados de los ancestros recaían sobre sus herederos, asunto que colocaba a éstos en una situación difícil. Dios no parecía tener equidad con ellos, así que Jehová le responde a su atalaya y éste le comunica al pueblo y nos presenta su escrito. Jehová no quiere que el impío en Israel perezca, más bien desea su arrepentimiento y corrección, ya que les había entregado la Ley. Varias veces Dios se pregunta retóricamente si Él es o no equitativo, para afirmarles que sí lo es, que cada quien pagará por su pecado. 

El texto menciona la necesidad del arrepentimiento de corazón, el apartarse del mal por completo, para que Jehová se retire por igual del daño que les podía infligir por sus pecados. En ese sentido será un Dios equitativo, por medio de un contrato presentado por el profeta. Si mantienen sus estatutos y hacen lo que la ley exige en forma recta, entonces su arrepentimiento no será solo un lamento por las desgracias propias de las transgresiones, sino que demostrará autenticidad. La consecuencia obvia sería la vida y no la muerte, para que el pueblo viviera en su propia tierra y no fuese llevado a cautividad. 

Pero lo dicho acá ya había sido indicado en el Levítico (18:5): guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Esto no nos sorprende, por cuanto desde el Edén hubo un mandato para que el hombre viviera y no muriera, así que la norma no parece nada novedosa. Sin embargo, Jehová con paciencia le recuerda al pueblo por medio del profeta que ahí tiene la ley y que el sentido originario de ella indica que está puesta para que el hombre viva y no muera. 

El problema teológico nuestro deriva de la información completa que tenemos respecto a la ley divina; la ley no salvó a nadie, aseguraba Pablo, sino que ella se introdujo para que aumentara el pecado. Por cuanto por las obras de la Ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición. Porque escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gálatas 3:10). De manera que la ley ha venido a ser nuestro ayo para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe (Gálatas 3:24). De esta forma también abundaría la gracia, ya que por medio de la gracia el ser humano elegido llega a ser salvo. 

Vemos que dos textos distintos deben permanecer ligados a sus contextos, de otra forma serían un pretexto para ver contradicciones. El impío deberá caminar en rectitud para que pueda vivir (Ezequiel 18:24); nosotros, como aquellos impíos, éramos por naturaleza hijos de la ira y estuvimos muertos en delitos y pecados, pero fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir. En ese sentido, Dios no ha querido la muerte del impío que ha elegido para ser justificado por medio de la fe en Jesucristo. 

Ezequiel nos habló del corazón de carne, así que nos preguntamos si aquellos impíos referidos por Jehová llegaron a tener algún día ese corazón en lugar del de piedra. La verdadera circuncisión del corazón era el nuevo nacimiento del que hablara Jesús. Sabemos por el contexto y por las palabras de Jesús que ese nacimiento no lo puede tener ningún hombre por sí mismo, por lo cual tampoco lo podían hacer aquellos otros bajo el puro mandato de la ley. Así que las palabras de Jehová deben mirarse en ese contexto para derivar su pleno sentido. 

Jehová nos salvó de nuestras impiedades, pero no salvó a todos; Judas Iscariote, Esaú, el Faraón de Egipto, Caín, numerosos pueblos paganos, la suma total de los réprobos en cuanto a fe o aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, forman el conglomerado de personas condenadas por sus pecados. A ellas no se les dio fe para arrepentimiento y perdón de pecados, de esas personas fue escondido el evangelio de Cristo, dado como en parábolas para que no abriesen los ojos. Entonces, Jehová no hablaba con Ezequiel de esos impíos, como para decir que no deseaba su muerte. 

Sabemos que la razón histórica de la muerte espiritual radica en el pecado, asunto que Jehová odia. Podemos deducir que si Jehová odia el pecado no se deleita en él, cosa que le dice al pueblo a través del profeta, sino que se deleita en la justicia. Pero por igual conocemos que nuestra justicia es Cristo, la misma que lo fue para Abraham, para Moisés, para David, para todos aquellos que creyeron en el que habría de venir, el el Redentor viviente de Job que se levantaría de la muerte. En estos impíos que hemos sido nosotros, incluyendo a Abraham, a Moisés, a David, a Job, y a todos los redimidos antes de ser justificados, el Señor no tuvo ningún placer en su muerte; por lo tanto, nos ha dado su propia justicia, la del Hijo, para demostrarnos su amor y su deleite por la vida. Ya nos hemos arrepentido de nuestras antiguas y vanas maneras de vivir, ya las cosas viejas pasaron, por lo que escribió que seríamos bienaventurados porque todos nuestros pecados han sido cubiertos (Salmo 32:1). 

El hombre que ha nacido de nuevo no puede volverse de su justicia (Juan 10:1-5). Pero a aquellos bajo el régimen de la Ley Jehová les dijo que si el justo se volvía a la injusticia moriría de forma injusta, con sus maldades a cuestas. Recordemos que cierta ironía se deja ver en el lenguaje del profeta de Jehová, como si hubiese entre aquellos quejumbrosos hombres el poder de autojustificarse por cumplir la Ley. Junto a la respuesta el Señor les resaltó que Él no tenía placer en que el injusto muriera por su pecado, ya que la causa de esa muerte era la transgresión, cosa que Jehová aborrece de corazón. 

Con todo lo dicho, conviene recordar la relación entre la prescripción de la ley y el decreto divino sempiterno e inmutable. El que Dios ordene (prescriba) la ley no implica que no pueda ser rechazada por la humanidad, más bien ello constituye un propósito para que el pecado aumente. Donde suma el pecado aparece el castigo, la muerte como promesa, pero también viene la gracia para los elegidos del Padre. 

La Escritura se interpreta junto con la Escritura. Dios, en ejercicio de su absoluta soberanía sobre todo lo que ha creado, ha decretado la maldición de Esaú, desde antes de que fuese concebido. En eso se deleita Jehová, en sus decretos, pero no tiene gozo en el pecado de Esaú por cuanto Él aborrece la maldad. Jehová prescribió la ley, pero decretó la elección y la reprobación. De nuevo pudiera levantarse la objeción acerca de la justicia divina, sobre si Dios pareciera un tirano, un diablo o algún monstruo, antes que un Dios de paz y juez justo. 

Esas opiniones se oyen a menudo entre algunos eruditos bíblicos, en medio de pastores y predicadores, entre los que siguen la corriente del otro evangelio, aquel de las mayorías, el evangelio del extraño que se muestra inclusivo. En el evangelio de la manada pequeña no se oye tal queja, ya que desde acá sabemos que la elección  por gracia fue la única manera para que pudiéramos ser salvados. ¿Quién pudo cumplir la ley sin quebrantarla? Solamente Jesucristo, por lo cual llegó a ser considerado como la justicia de Dios. Por esta razón hemos recibido tal justicia para que seamos vistos con agrado por el Padre, que eligió a su pueblo sin mirar en sus buenas obras. Nos escogió en Cristo, así que no tenemos queja alguna; los del otro evangelio protestan y nos llaman anatemas, de seguro porque no han comprendido el sentido de la expiación de Jesucristo. 

Cuando vivíamos en la carne las pasiones operaban en nuestros miembros, por medio de la Ley, fruto de muerte (Romanos 7:5), esas cosas de las que ahora nos avergonzamos (Romanos 6:20-21). Preguntémonos si aquellos quejumbrosos de Israel pudieron mantenerse sin vivir en la carne, en obediencia a toda la ley, para que no fueran considerados malditos. A partir de la respuesta que demos sabremos el sentido de las palabras de Jehová a través del profeta. Sabemos que aquellos que creyeron la promesa anunciada a través de la mujer se regocijaron al saber que su Redentor vivía. 

La muerte del que perece en sus pecados viene como paga por los mismos; en cambio, el regalo de Dios se conoce como la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor. Continúa el mismo mensaje, arrepentirse y creer en el evangelio; el que cree en Jesucristo, de su interior correrán ríos de agua viva, pero el que no cree ya ha sido condenado.  Aquellos personajes mencionados en el libro de Ezequiel, si creyeron en la promesa del Mediador entre Dios y los hombres, si le creyeron a Dios como lo hizo Abraham, vivieron en la justicia de Dios y viven todavía en la eternidad. Pero si su justicia fue la propia de ellos, la de hacer y no hacer, como si fuese suficiente cumplir con normas que ninguno pudo cumplir a cabalidad, de seguro experimentaron la muerte eterna. 

Dios no se deleita en la muerte del impío que ha de ser justificado; se deleita en la justificación alcanzada por Jesucristo. Pero también se burla de aquellos que se mofan del evangelio como hicieron con Noé mientras construía el arca de salvación. Las palabras colocadas en sus contextos toman el sentido pleno para lo cual fueron escritas. De continuo los indoctos e inconstantes tuercen las Escrituras para su propia perdición, como quienes quieren probar su propia doctrina y fuerzan el texto a decir lo que naturalmente no dice. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:53
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