Mi?rcoles, 08 de diciembre de 2021

Numerosos textos existen en las Sagradas Escrituras referidos a la intención y al acto de arrepentimiento de parte de Jehová. Como siempre, le salimos al paso con el argumento del antropomorfismo, una figura humana que ayudaría al lector en la comprensión del estado de ánimo del Creador. No deberemos olvidar que toda la Escritura tiene el viso humano, fue escrita por personas bajo situaciones emocionales diversas, con sentido poético, bajo circunstancias sociales, políticas y religiosas muy variadas. La experiencia humana cunde todo el hilvanado del texto divino, así como se escucha el lamento del rey David cuando leemos el Salmo 51. 

Pero en medio de la pasión humana, del delirio del escritor bíblico, aparece la profecía, como aquella del Salmo 22 o la que relata Isaías en su capítulo 53. Quiero significar que aquello divino ha sido descrito en lenguas humanas, bajo inspiración del Omnipotente pero con la mano de los hombres. Así nuestra huella queda por doquier, sin intromisión en el sentido de lo sacro del texto. El texto clásico del arrepentimiento de Jehová lo encontramos en Génesis 6, antes del relato del diluvio universal, referido a la maldad del planeta. Justo sería indicar que abundan las figuras del lenguaje a lo largo de la Biblia, así como que también pudiera encontrarse alguna tendencia estadística  entre ellas.

A manera de ejemplo quisiera referir a lo que dijeron algunos fariseos respecto a Jesús. Ellos manifestaron que todo el mundo se iba tras él (Juan 12:19), pero ellos mismos no lo siguieron, como tampoco los saduceos ni los funcionarios romanos, aunado a un gran etcétera. La hipérbole se nos muestra como la exageración en el relato para llamar la atención del lector o del interlocutor. Como figura retórica, la hipérbole aumenta o disminuye de manera exagerada lo que se dice. Alguien dice que nos manda infinitas gracias, pero sabemos que el recurso exagerado está presente, al igual que en la frase: toda la ciudad apoyó al candidato a gobernador. 

Asimismo, Juan escribió que el mundo entero estaba bajo el maligno, pero sabemos que somos de Dios (1 Juan 5:19). Además de hiperbólico se entiende una presencia tácita de dos bandos: el mundo frente a la iglesia. Así que el lector bíblico deberá acostumbrarse a las figuras literarias para poder moverse en forma adecuada en el texto. Jesús vino a morir por su pueblo (Mateo 1:21), pero Juan nos dice que él fue la propiciación por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). Sin embargo, el infierno sigue vivo y mucha gente va hacia allá, lo cual nos indica en forma expresa que Jesús no propició los pecados de esa gente. 

De nuevo el contexto se nos levanta con banderas que exigen nuestra atención especial. El mundo en la Biblia tiene muchos sentidos, al igual que la palabra todo(s). Bien pudiera ser que Juan hablaba de la propiciación de él y de su iglesia, fundamentalmente judíos todos, pero alertaba que Jesús también vino a propiciar los pecados de los gentiles (el mundo para los judíos). Por supuesto, en ninguno de los dos casos, judíos y gentiles, se puede admitir que la propiciación fue hecha por la totalidad de personas, sin excepción. Ya Jesucristo lo confirmó mientras hablaba con Nicodemo (Juan 3:16) y cuando oraba en el Getsemaní (Juan 17:9), que el mundo que el Padre amó fue representado por él en la cruz, pero el otro mundo (el de los réprobos en cuanto a fe) fue dejado por fuera de su trabajo expiatorio. 

De esta manera nos moveremos hacia el arrepentimiento de Jehová. El Señor respiró profundamente, tuvo compasión pero al mismo tiempo ejecutó su deber: el juicio contra una humanidad sumergida en el pecado. Eso nos lo da a entender el autor del libro del Génesis, pero recurre con otros hechos. Abraham discutía con Jehová, acerca de si haría morir al justo con el impío en la vieja Sodoma (Génesis 18:26). Desde la perspectiva humana saboreamos la libertad de elección, de lo cual el relato deja su muestra. Pero debemos cuidarnos con la ligereza en la interpretación, no vayamos a caer en presunciones. Hubo un rey que pidió más años de vida y le fueron concedidos quince más. Nadie caería en la locura de suponer que ese rey podía darse el lujo de no respirar más, de no ingerir más alimentos, de no beber agua ni vino, ya que Jehová le había dado por cierta su extensión de vida. 

Es decir, el que tengamos sensaciones de libertad no nos induce a que rompamos las restricciones lógicas y naturales. El escritor bíblico nos propone nuestra participación en el relato, en una actualización del mismo. Nosotros hemos de procurar mayor justicia que Sodoma entera, evitar la maldad que tuvieron los prediluvianos, ya que a lo mejor Jehová se arrepienta del castigo prometido. Jesús dijo en el relato apocalíptico de Juan que no raería el nombre de alguien del libro de la vida, pero sabemos que la admonición se vuelve hacia los lectores conscientes de la fe cristiana para evitar generar la causa de esa tachadura. Sin embargo, por otros relatos de la Biblia, comprendemos que la seguridad de nuestra perseverancia final depende del que comenzó en nosotros la buena obra. 

Tampoco ningún creyente sería tan insensato como para revolcarse en el pecado por el solo hecho de que Jesús prometió guardarnos en sus manos y en las del Padre. ¿Acaso esa custodia del Señor no implica el que no nos revolquemos en el lodo del pecado? Ninguna de sus ovejas se irá tras los extraños, ya que huyen de ellos porque desconocen su voz (Juan 10:1-5). Aunque Jehová haya ordenado todo desde la eternidad, aunque seamos predestinados para buenas obras, nuestra relación con Dios sigue viva e interesante. Moisés de nuevo nos narra la historia, solamente que esta vez él se presenta como uno de los actores. Jehová quiere raer al pueblo obstinado, pero Moisés argumenta en forma lógica y coherente. Así que de inmediato se escribe que Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo (Éxodo 32: 10-14).  No podríamos imaginar, siquiera, que los pensamientos del Señor pueden alterarse, que su voluntad sempiterna exhiba un fleco débil que pueda raerse. ¿Qué garantía tendría el alma humana, si Jehová cambiara de parecer? Sin embargo, leemos que si la nación contra la cual se pronunció el castigo se vuelve de su mal camino, el Señor se arrepentirá de hacerle el mal que había pensado respecto a ella (Jeremías 18:8). 

El sí condicional lo es para nosotros, los terrenales, no para el que mora en la eternidad. Jehová le dijo a Samuel que se había arrepentido de haber hecho rey a Saúl, ya que ese rey le había dado la espalda al Señor (1 Samuel 15:10-29). En un momento se escribe que Jehová se arrepintió pero luego se dice que El Fuerte de Israel no miente ni se arrepiente (verso 29).  Más bien entendemos que Jehová lamentó lo que hizo Saúl y no se arrepintió del mal que le hizo porque lo merecía: quitarle el reino a Saúl para dárselo a su ungido David. Dios no miente porque no es débil, no cambia de carácter o de mente, como lo hacemos los humanos a cada rato, ya que Él todo lo ve, todo lo ha creado de acuerdo a sus planes y propósitos eternos, según el beneplácito de su voluntad. 

Existe un cruce metafísico en el mundo físico: nosotros miramos hacia la eternidad como por espejo, pero Jehová nos ve desde la eternidad como si estuviésemos allí. De hecho, Pablo dice que ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo. Nuestra limitación espacio temporal no debe llevarnos a suponer que el Todopoderoso se afecta por la sintaxis del espacio y del tiempo. El lenguaje viene como vehículo entre el decir divino y el oír humano, este logos maravilloso de la humanidad pero que nos limita a veces y nos condena al silencio. 

En una ocasión, el Señor oyó la oración de Amós, el profeta, de forma que Jehová desistió del juicio que había prometido (Amós 7: 3). La oración del justo puede mucho, nos dijo Santiago en el Nuevo Testamento, hecho probado en el Antiguo por la cita presentada. ¿Sabía Dios que habría arrepentimiento y que su siervo oraría de esa forma? De nuevo, la intersección metafísica en el mundo de la naturaleza nos absorbe, nos vuelve perplejos. Ah, pero la vida cristiana viene regida por esa intersección día a día, lo sobrenatural en lo natural. ¿No habita el Espíritu Santo en cada creyente? 

Esta habitabilidad del Espíritu en nosotros hace propenso el diálogo entre el hombre y su Creador. En el diálogo existe el silencio en tanto el que escucha atiende, pero en una dimensión espiritual no existiría esta sintaxis tan natural para nosotros, por lo cual se vería normal el que todo sucediera al instante. Estos arrepentimientos de Jehová nos declaran la proporción dialógica entre el Dios Omnipotente y la criatura redimida. ¿Antropomorfismos? Bueno, más que eso; tal vez sea la demostración del escritor bíblico del interés que debamos prestar por el diálogo con quien nos ha comprado con la sangre del Cordero inmolado por todo su pueblo. 

Sería un arrepentimiento seductor, como una mirada a nuestros ojos; así nos lo dejó escrito Joel: ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de él…? (Joel 2:14). El que se arrepienta de sus pecados alcanzará misericordia, ese es el trato de Jehová con su gente. Si la paga del pecado viene a ser la muerte, la dádiva de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús. La seducción a través del lenguaje trae ligaduras de amor, el Dios que se introduce en nuestro limitante tiempo y espacio exhibe las características de nuestra realidad: se antropomorfiza. Oh, si se hubiese hecho una hormiga se habría hormiguizado, pero no lo captaríamos debidamente, ya que el universo de las hormigas nos genera poco interés. Ah, pero cuando nuestro Dios se humaniza comenzamos a verle limitaciones, contradicciones, dado que somos muy reducidos. 

El Padre corrige a sus hijos (Jeremías 26:3), diciéndoles que se vuelvan de sus caminos de manera que Él pueda arrepentirse del mal que se propuso enviarles. ¿Es eso una contingencia en el Dios Omnipotente? Lo es en nosotros, porque suspiramos libertad, lo cual nos lo transmite el profeta. Pero Jehová siempre cierto conoce desde el principio el fin que nos dará. En Jeremías 42:10 el profeta demuestra, una vez más, el énfasis en la declaración de un Dios que puede arrepentirse del castigo que enviaría si no se corregía el pueblo. De nuevo, ¿veremos un defecto en Dios, porque su profeta nos lo presenta de esa forma? ¿En qué otra forma se nos presentaría Jehová, que no nos consuma? 

Conocemos la historia de Jonás relatada en su libro, cuyo tema por excelencia gira en torno a la desobediencia del escritor y al arrepentimiento de Nínive y de Jehová al no ejecutar su castigo. Jonás se molesta porque sabía que su viaje sería en vano, ya que Jehová perdonaría a ese pueblo. Pero ese relato nos demuestra que no podemos quedarnos de brazos cruzados en cuanto a la predicación del evangelio, como descansando solamente en la predestinación divina. El que hizo el fin creó también los medios, de otra manera ¿cómo invocarán a aquél de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Cómo predicarán si no fueren enviados? 

Seguros estamos que por haber habido una creación sabemos que existe una finalidad en ella. Jesucristo lo resume todo, de acuerdo a los evangelios. Por él y por medio de él son todas las cosas, por lo cual lo de antes ha venido adaptándose para que lo de ahora exista. Aquellas cosas antiguas se escribieron por causa de nosotros, pero nosotros vivimos en razón de los que nos siguen, hasta que el último de los consiervos se complete. Jesús alababa al Padre por los que le había dado, pedía por ellos y por los que creerían por la palabra de ellos. Esa era la palabra incorruptible, el evangelio anunciado no adulterado, de forma que nosotros, los que ya hemos creído, seguimos transmitiendo este evangelio a los que vienen, a los que habrán de creer. 

Una concatenación de profecías se arman para configurar el mundo en el cual habitamos, pero este planeta sigue su marcha con su maldad aumentada y el amor frío de muchos. Lo que resulta necesario tendrá que acontecer, los entendidos comprenderán pero los impíos obrarán impíamente (Daniel 12:10). La creación se muestra inteligente, con un diseñador sabio, pero la humanidad se volvió a lo vano, pretendiendo hacerse sabia. Procura la humanidad por doquier la adoración a los animales, a los seres humanos, a los elementos de la naturaleza, pero jamás pretende humillarse ante el Creador. Se oye hablar de nuestra madre la Naturaleza, siempre y cuando el nombre de nuestro Dios quede oculto. 

El Dios inteligente de la creación ha ordenado cuanto existe, aún reina en su universo y éste va como fue determinado. En su buena voluntad, quiso Dios escoger lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:27-28). También fue escrito que nuestra salvación no es por obras, para que nadie se gloríe. Así que el Jehová que se arrepiente aparece para salvarnos, pero no es hombre para mienta o se arrepienta de la redención tan grande que ha dado a sus escogidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:09
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