Martes, 07 de diciembre de 2021

Jonás no quiso ir a Nínive, pero Dios lo obligó bajo ciertas circunstancias horribles. José fue vendido por sus hermanos, mas Dios cambió para bien lo que ellos pensaron para mal. Tal vez alguien suponga que la libertad humana hizo intervenir al Todopoderoso para que impusiera su voluntad, en cuyo caso veríamos la tensión entre soberanía divina y libre albedrío humano. Por igual podrían exponerse muchos otros textos de la Escritura que hablan del Dios que invita a escoger el camino de la rectitud, como aquel que le fue dicho a Adán respecto a evitar el fruto prohibido, so pena de castigo. O como se ha escrito: Delante de nosotros están la vida y la muerte, escojamos la vida para evitar la consecuencia negativa.

Bien, frente a estos textos habrá que colocar otros donde Dios se asemeja a una gallina con sus polluelos, cubriéndonos bajo sus alas, o el que dice que Jehová es una roca. También los árboles dan palmadas, de acuerdo al relato poético de la Biblia. ¿Qué tal el texto que refiere a Cristo como Cordero? O el otro que habla del arrepentimiento de Dios por haber hecho al hombre, junto a aquel que dice que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Debemos comprender que la Biblia no pretende mostrarse como un manual de Derecho Civil o Penal, ni como un Compendio de Fórmulas Científicas. Más bien hemos de entender que fue un libro escrito durante un período de 1.600 años por cerca de 40 autores, en tres lenguas diferentes. Tiene un tema central, libre de contradicción, pero con abundantes giros lingüísticos, con mucha fuerza poética y con elementos históricos y proféticos. Trata de la maldad humana frente a la excelencia de la justicia divina, del Dios soberano y la criatura diminuta tenida como gloria de su creación. 

Una cosa son las prescripciones divinas, sus ordenanzas, sus advertencias, pero otra son los decretos eternos e inmutables del Dios de la Biblia. El arrepentimiento atribuido al Creador por haber hecho al hombre se dio en el ámbito de la destrucción que vendría por el diluvio; se ha de mirar como una figura antropomórfica, como un atributo humano, para que el lector comprenda el rechazo por el pecado de parte del Todopoderoso. David hizo lo malo ante Jehová, pero después fue castigado con dureza. Nuestra pregunta sería: ¿lo sabía Dios todo? ¿Había preparado tanto la caída del rey como su corrección? 

Algo similar se ha planteado en cuanto a la elección incondicional de Jacob y Esaú, en especial con este último. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Nadie puede resistirse a su voluntad, David no pudo resistirse a su caída, pero fue castigado por ello; Esaú vendió su primogenitura y tuvo a menos la bendición de Jehová, pero había sido odiado por Dios desde antes de nacer. Evidente resulta que la venta de la primogenitura vino como consecuencia del rechazo que Dios le tuvo desde antes de sus pecados, pero el problema teológico de muchas personas radica en conocer si Dios lo odió porque sabía lo que iba a hacer, si lo que hizo Esaú fue consecuencia de su libre albedrío o por el odio divino.

¿Sorprendió a Jehová la treta de los hermanos de José? ¿Fue ordenada dicha venta por el Altísimo? José interpretó el suceso como algo maligno ideado por sus hermanos, lo cual Jehová había cambiado para bien. Esa interpretación del personaje bíblico no obliga a pensar que Dios fue sorprendido y enderezó un entuerto sobrevenido. El Dios que nos presenta Isaías hace el bien y hace el mal, el Dios de Jeremías ordena todo cuanto acontece. El Dios de Salomón hace al malo para el día malo. El Padre de Jesucristo esconde las cosas del reino y del evangelio a unos, pero las revela a otros. 

Sin embargo, el punto crucial sería determinar y deducir por las Escrituras cómo sabe Dios todas las cosas. El molinismo (por Luis de Molina, s.XVII) habla del punto medio o del conocimiento medio, como si Dios sacara una media de todas las posibilidades del futuro abierto. De esa manera se ofrecería un escenario adecuado para que Dios lleve a cabo sus planes, el escenario donde actuarían los seres humanos de la forma más natural posible. Pero un Dios que deba investigar para conocer lo que sus criaturas harían sería un Dios carente de Omnisciencia por algunos instantes, hasta que logra aprender aquello que investigó.  

Nuestro escenario exhibe dos actores fundamentales, la agencia divina y la agencia humana. Por un lado el decreto de Dios, como certeza y necesidad, por el otro la contingencia humana, el hombre con su libertad de acción. En Jehová todo permanece de forma infalible, así que lo que conoce se tiene por cierto. ¿Dónde queda la libertad humana? Parece que hay lugar para la predominancia de uno de los dos actores: Dios soberano frente a una criatura sometida. Nuestra perspectiva resulta relativa, ya que nos miramos como seres de voluntad, con capacidad para la toma de decisiones. El haz de libertad de la que presumimos frente a nuestros semejantes, o ante los seres inferiores (animales), se pretende erigir contra el que habita la región del poder absoluto. 

El conocimiento medio se dice respecto a lo que Dios posee y conoce en relación al hecho de que las personas harían libremente algo en circunstancias determinadas. Dios, al ver tantas posibilidades, decreta el mundo posible con determinadas circunstancias, para que de manera natural el hombre actúe sin coacción. De nuevo nos encontramos con un Dios con mucha suerte, el que consiguió que Judas existiera y exigiera un ambiente particular para que su Hijo fuese traicionado. Pero por igual tuvo que existir un Pilatos, un Herodes, el Sanedrín judío, una infinidad de personajes históricos regidos bajo los parámetros y circunstancias adecuadas, de manera que Dios eligiera ese mundo para enviar a su Hijo. Sería un Dios que dependería de las circunstancias de seres que exigen libertad para actuar, quien con suerte cumpliría sus planes divinos. En otros términos, Dios no tuvo libertad de mover corazones, de endurecerlos o dirigirlos, sino que los dejó a su plena voluntad y albedrío, pero en unas circunstancias ideales para respetar la voluntad de sus criaturas y lograr que su soberanía no tropezara.

Tal Dios no parecería tan soberano, ya que dependería del derecho de libertad que el ser humano exigiría. Dios no busca reconciliar su soberanía con el hipotético libre albedrío humano,  pero hay quienes se adhieren al viejo hechizo de querer ser como Dios. El ejemplo bíblico más enfático pudiera ser el caso de Esaú y el odio proferido por su Creador, antes de que hiciera bien o mal. Si Dios escogió el mundo ideal para que se desarrollara Esaú, de tal manera que no violara su libertad, no hubiese tenido necesidad de decirle a Pablo que Esaú actuaría de la manera en que actuó por causa de su odio previo. Ni tampoco le hubiese dicho que su amor por Jacob fue lo que lo condujo a predestinarlo para salvarlo, ya que en circunstancias adecuadas y libres esos dos personajes hubiesen cumplido su propósito sin que interviniera el ordenamiento previo de Dios, en base a su amor u odio. 

Conocidas son a Dios todas sus obras desde la eternidad (Hechos 15:18). Lo que Él hace en la iglesia o en el mundo, ha sido ya conocido desde la eternidad por el Hacedor de todo.  En Él todo es un Sí y un Amén, así que no hay sombra de variación o mudanza; la inmutabilidad de su consejo permanece. Si Él se propuso algo, ¿quién puede impedírselo? Si en Dios no hay contingencia posible, el Cordero ordenado para la expiación fue una necesidad. No hubo otra posibilidad de expiación del pecado, así que la precisión en el mecanismo de redención, como en su providencia, deberían conducirnos a la economía de la redención. Lo mismo puede afirmarse de Jonás y su rebeldía, un relato que resalta nuestra contrariedad para someternos a la voluntad del Todopoderoso. Jonás no sorprendió a Dios, ya que Él es Omnisciente, pero como dijo Pablo: aquellas cosas se escribieron por causa de nosotros, para nuestro provecho.

Dios no desperdició la sangre de Su Hijo, bajo ningún respecto. Así que no lo envió Dios para morir por los réprobos en cuanto a fe, ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Su expiación se hizo en pro de los escogidos, del pueblo por el cual vino a morir y al cual vino a salvar (Mateo 1:21). No existe una expiación universal con una eficacia particular, ya que decirlo implicaría suponer desperdicio en el plan de redención, una contrariedad respecto al derramamiento de sangre en forma innecesaria. Podremos decir que Esaú fue malo, que abarató la gracia hasta el desprecio, que valoró la bendición por lo que cuesta un plato de lentejas; pero no podemos negar que fue odiado por Dios aún antes de que aquello hiciera. 

Dios no lo odió porque sabía lo que haría, Dios lo destinó para que hiciera aquello por lo cual lo castigaría. De allí la lógica del objetor que levanta Pablo, una queja por el castigo a un hombre que no puede resistirse a la voluntad de Dios. Lo mismo se puede argumentar de los hermanos de José, los que pensaron mal contra él, desde su propia perspectiva de análisis. Sin embargo, desde la óptica del Dios Omnisciente y Hacedor de todo, esos actos están cubiertos por los decretos divinos. Ni un pájaro cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre, dijo Jesucristo, pero he aquí que más importante que un pájaro son los hermanos de José y todo cuanto acontecería con este personaje y su familia; más valioso que un pájaro viene a ser Jonás junto a Nínive. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:28
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