Lunes, 06 de diciembre de 2021

Por supuesto que miles de judíos no tenían los papiros de los profetas a la mano, pero habían oído algo respecto al Mesías que vendría. Era la promesa hecha a Abraham, la Simiente por medio de Isaac. Sin embargo, el mensaje estuvo difuminado en medio de mandatos legales, bajo el cumplimiento de la letra de la norma, en el olvido del espíritu de la ley. Pero se había escrito lo que tendría que ocurrir, que mirarían al que traspasaron, que echarían suerte sobre sus vestiduras, que ni uno de sus huesos sería quebrado. En medio de malhechores sería sacrificado, rodeado de bestias salvajes (Salmo 22:12) y con los ricos su sepultura. 

No había hecho ninguna violencia, sino que fue ofrecido como Cordero sin mancha para apaciguar la ira divina contra la humanidad escogida. Le agradó a Jehová herirlo, hacerlo sufrir, para que ofreciera su alma por el pecado y viera su descendencia. Sería satisfecho una vez que justificara el Siervo Justo a muchos, al llevar la iniquidad de su pueblo. Llevó el pecado de muchos e hizo intercesión por los transgresores; pero el Ungido sería quitado de en medio dando paso a la desolación y a las guerras hasta el fin (Daniel 9:26). El Pastor sería herido y las ovejas dispersadas, citaba Zacarías (13:7), única forma para que se estableciera el nuevo pacto de su sangre, derramada por muchos para remisión de pecados (Mateo 26:28). 

Jesús, el Rey de los Judíos, fue el encabezado de la cruz, asunto que los del Sanedrín refutaron; pero Pilatos les alegó que lo escrito quedaba escrito. En medio de su dolor y martirio muchos blasfemaban su nombre, moviendo sus cabezas para decirle: Sálvate a ti mismo. Si eres el Hijo de Dios, bájate de la cruz. Salvó a otros pero no pudo salvarse a sí mismo, confió en Dios pero Dios no lo libró, decían otros que ironizaban con lo que le acontecía. Todo esto sucedió para que pudiéramos tener redención, el perdón de pecados, para ser reconciliados por él ante el Padre. Antes estuvimos ajenos a esta realidad, como enemigos en nuestra mente y en nuestros perversos deseos, pero fuimos amistados; de muertos en nuestras transgresiones y pecados pasamos a tener vida eterna. 

Si el justo sufrió por los injustos, ¿piensa usted que fue en vano? Sería vano si hubiese muerto por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9), pero murió por el mundo que el Padre amó (Juan 3:16). De esa manera morimos a nuestros pecados para vivir en la justicia que nos fue otorgada. Sobran razones para desear caminar en la luz, ya que él está en la luz y es la luz del mundo. Por todo cuanto hizo fue tenido por digno de tomar el libro y abrirlo, quitándole sus sellos: pues él fue muerto (sacrificado) y nos compró para Dios con su sangre, de cada tribu, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). 

Sepamos que hay una justicia perfecta establecida por Jesucristo, la cual ha sido imputada a favor de todo su pueblo. A los que amó también predestinó, a éstos también justificó y llamó, al mismo tiempo que santificó a todos. Por esa justicia imputada fuimos declarados sin mancha delante de Dios. Esto nos asombra porque pensaríamos colaborar un poco para nuestra redención, pero solo pensarlo implica una incomprensión de la imposibilidad de agradar a Dios por nuestros méritos. Por esa justicia imputada Dios nos favorece y nos oye cuando a Él clamamos como hijos al Padre. Bendito es el hombre a quien Jehová no imputa de iniquidad, en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:2). Dios nos encargó la palabra de la reconciliación, por la imputación de la justicia sin obras. Esta seguridad tenemos contra la condenación y la ira de Dios. 

Cuando el ser humano ha sido convencido de pecado y tiene el don del arrepentimiento para perdón de pecados, no puede tener engaño en su espíritu. Reconoce que estuvo muerto en delitos y pecados, que su justicia propia puede ser tenida como inmundicia, pero que la vestidura en Cristo se hace suficiente porque satisface al Padre. Pablo reconoció sus faltas, incluso siendo apóstol supo lo terrible que era hacer el mal que no quería hacer, por causa de la ley del pecado en sus miembros. David reconoció que había sido formado en maldad y concebido en pecado, porque eso lo dicta la naturaleza humana caída desde Adán. 

Sin embargo, como David, como Pablo, como Abraham y tantos otros, nosotros miramos por medio de la fe a Jesucristo, para perdón y justicia. Ay de aquel que ponga brazo humano por soporte, ay de aquel que diga que ha hecho méritos con sus buenas obras. Tal persona no ha conocido lo que significa la muerte de Jesús, no ha entendido lo que significó que diera su vida por sus ovejas (Juan 10). Nosotros, como embajadores de Cristo, le decimos a todos que se reconcilien con Dios. 

El Hijo de Dios resucitó y está sentado a la diestra del Padre, hasta que sus enemigos queden dispuestos por estrado de sus pies. Ante él se doblará toda rodilla, toda lengua confesará que es el Cristo. Los que antes se burlaron lo lamentan en el infierno, los que hoy continúan con la sorna lo lamentarán mañana, pero un día todos tendrán que inclinarse ante el Rey de Reyes. Este es el Redentor de Job, el que vive y se levantó del polvo, el mismo que verán nuestros ojos. Ese Dios perfecto que profetizó cada evento referente a Su Hijo, del rescate que hizo de su pueblo, no lo envió a él a morir en vano por gente que lo rechazaría. La eficacia de la muerte de Jesucristo se basa en el plan eterno del Padre, en el pacto eterno con el Hijo, en la promesa de que le daría herencia en tanto Redentor. 

Desde antes de la fundación del mundo estuvo ordenado el Cordero para que se manifestara en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20), así que Dios todo lo planificó. Por eso se escribió innumerables veces que fuimos predestinados, que a los que Dios amó los predestinó, que todas las cosas nos ayudan a bien, esto es, a los que hemos sido llamados conforme al propósito de Dios. El hecho de que Jesús no pierda nada de lo que el Padre le da, nos da la certeza de que el propósito del Padre era y es salvar a su pueblo, a sus escogidos, a través del sacrificio representativo del Hijo. Su justicia se nos imputó a cambio, así que decir que la sangre de Cristo se derramó por todos los seres humanos, sin excepción, lo que incluiría a todos los que van al infierno, sería por igual la negación del evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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