Lunes, 06 de diciembre de 2021

El Espíritu Santo nos ha sido dado a los creyentes como las arras de nuestra salvación final. Una garantía de parte de Dios supone el cumplimiento del trato: dado que Dios se dispuso salvar a su pueblo de sus pecados, de todos ellos no va a perder ni uno solo. El Espíritu es una Persona, así que se contrista dentro de nosotros cuando cometemos pecado, nos orienta y conduce a toda verdad (lo cual implica que no enseña mentiras, como los maestros de mentiras). El Espíritu nos recuerda las palabras de Jesucristo, así que nos aclara su doctrina; además, intercede con nosotros con gemidos indecibles mientras oramos, ya que Él discierne la mente de Dios y nos ayuda a pedir lo que conviene.

El Espíritu le dijo a Felipe que se acercara al carruaje donde viajaba el Etíope, de tal forma que una vez que el apóstol le hubo expuesto el evangelio lo arrebató para que el Eunuco no lo viera más. Esa función la hizo el Espíritu de Dios en el tiempo apostólico, pero fue enviado a nosotros como el Parákletos, el Consolador. El texto de la Escritura respecto a Felipe y el Etíope nos muestra la importancia de leer la Palabra de Dios, ya que por medio de ella vino la conversión de aquel pagano. 

Una pregunta hecha por ese hombre mientras estuvo perdido deja ver que no entendía bien el camino de salvación. ¿Qué puedo hacer para ser salvo? Esto recuerda también al carcelero que le preguntó algo parecido al apóstol Pablo. Aquel carcelero había escuchado los cánticos espirituales de Pablo y Silas en la cárcel, había observado su conducta y su fe, así que en medio de un desastre sobrevenido les preguntó a ellos lo que debía hacer para obtener su salvación. La respuesta fue que tenía que creer en el Señor Jesucristo, no que tenía que hacer obras buenas para alcanzar redención.

Había una ignorancia previa al saber, pero hubo siempre un puente entre un estado y otro: Felipe enviado por el Espíritu Santo, la palabra leída por el Etíope y la explicación del apóstol. En el caso del carcelero también hubo un interés previo que colocó el Espíritu de Dios en aquella oveja a salvar, así que Pablo se dispuso a exponerle lo que debía creer. Tanto el carcelero como el Etíope estaban perdidos, pero fueron hallados por la gracia divina. El Espíritu Santo los convenció de pecado, de justicia y de juicio. 

Muchos caminan desesperados y oyen el evangelio enunciado en la Biblia, otros escuchan el falso evangelio de los maestros de mentiras. Estos últimos deambulan por años en una contrición de espíritu y aprenden ética cristiana, cumplen con la religiosidad domingo a domingo, como si emularan a los viejos fariseos con su creencia en la ley y los ritos de la misma. Pese a ello, su corazón sigue como sepulcro blanqueado por fuera, con un gran hedor de muerte interna. Su profundo desespero lo interpretan como si fuese la convicción de pecado del Espíritu de Dios. En cambio, en estos dos casos, el carcelero y el Etíope, vemos que la convicción del Espíritu dio su fruto inmediato: no tardó años en un proceso de salvación bajo la militancia en un falso evangelio. No hubo un andar progresivo bajo una redención supuesta que les permitiera abundar en el error doctrinal. Recordemos que el Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad. 

La expresión de Jesús en el Getsemaní acerca de que los suyos creerían por la palabra de aquellos primeros creyentes, se cumple a perfección en estos dos casos citados. En ambos fue el verdadero evangelio lo que utilizó el Espíritu Santo para rescatarlos del engaño de la vana religión. No fue un evangelio contaminado, de mentira, lo que los sacó a la vida. 

Los falsos espíritus gobernados por el pozo del abismo no convencen al mundo de pecado, de  justicia y de juicio. Al contrario, esos espíritus del falso evangelio hacen creer que el misticismo religioso sirve como señal de arrepentimiento, de justicia y de liberación del pecado. Incluso los convencen para que hablen falsas lenguas, hagan falsos milagros, salten de alegría hipnótica, se dejen conducir por el ritmo musical, como una demostración de que poseen el Espíritu de Dios, en tanto garantía de una redención que no va a llegar jamás. 

Ni Pablo, ni Silas, ni Felipe, le dijeron a sus prospectos que ellos tenían libre albedrío y que debían decidir en ese momento si Cristo entraba en sus corazones. Tampoco les dijeron que podían ir creyendo progresivamente, pertenecer por un tiempo a un falso evangelio y que después el Señor los salvaría por su esfuerzo religioso. No. La exposición del evangelio estuvo presente; Pablo y Silas les hablaron la palabra del Señor al carcelero y a todos los que estaban en su casa. Felipe le explicó el texto de Isaías que el Etíope leía sin entender. No hubo fórmulas esquemáticas, si bien vemos que fue el Espíritu de Dios quien los condujo al interés por conocer lo que debían hacer para obtener su salvación. Vemos que los demás prisioneros no tuvieron la misma inquietud que el carcelero, como tampoco se nos menciona nada de los acompañantes del Etíope que viajaban en su carruaje.

Ni Pablo ni Silas ni Felipe predicaron el falso evangelio, más bien presentaron la doctrina del Mesías, el evangelio que es la palabra del Señor. El resultado fue el regocijo de haber creído a Dios. El Espíritu Santo dio vida, dio la verdad y los preservó a ellos para que dieran fruto a su tiempo. 

Si hubiese sido el falso espíritu el que hubiese intervenido, en caso de que los predicadores hubiesen sido falsos discípulos de un falso Cristo, de seguro les hubieran indicado a esos dos prospectos que se alegraran con el misticismo derivado de leer las Escrituras, que brincaran para buscar el movimiento del Espíritu, que lloraran por sus culpas y siguieran culpándose a ellos mismos por sus pecados. Eso parecería el trabajo del Espíritu pero sería más bien el trabajo de Satanás: un falso arrepentimiento, una falsa convicción de pecado, una justicia universal alcanzada por Cristo, una decisión personal que hace la diferencia entre condenado y salvado. 

El misticismo hace que la gente se goce en una palabra, en un concepto bíblico, que se emocione por los cánticos en las sinagogas, que sienta la presencia divina por ese frío que recorre la espalda del prosélito. El misticismo puede hacer llorar a la persona por causa de la alegría de un Salmo, por las palabras emotivas del predicador. Pero el misticismo jamás va a llevar a la persona a la verdad de Cristo, así como el evangelio verdadero jamás hará al ser humano un místico, alguien quien alejado de la doctrina de Cristo suponga por un instante que tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu. El que no vive en la doctrina de Jesucristo está fuera del evangelio (2 Juan 1:9). La corriente religiosa que propone la unión del alma con Dios por diversos medios piadosos conducirá a la muerte eterna. 

Hay gente que se dice convertida, pero que también cae convencida de pecado y argumenta que su corazón es perverso, más que todas las cosas; las hay quienes se vuelven a bautizar una y otra vez, porque han subido escalones de la fe; también están los que creen en un Cristo que expió todos los pecados de todo el mundo, pero que aguarda paciente por aquellos que quieran aceptar su oferta. Estas personas creen en otro evangelio, no han comprendido lo que significa la muerte del Señor, por lo tanto comen la cena indignamente. Como consecuencia de lo que creen, se demuestra que andan perdidos, que necesitan quien les predique la verdad. Tal vez jamás creerán o tal vez recibirán algún día el llamado eficaz. De todas maneras, el Espíritu Santo no conduce a nadie al misticismo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOSA

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