Domingo, 05 de diciembre de 2021

Mucha gente del mundo religioso cristiano asegura que prefiere creer en Cristo con el corazón antes que con la mente, dejando el pensamiento para los estudiosos de teología. Al separar el corazón de la mente, pasan por alto la aseveración bíblica acerca de lo que sale del corazón: los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias (Mateo 15:19). Del corazón mana la vida (Proverbios 4:23), con lo que Salomón nos indica que conviene evitar la vanidad para no caer en el error. El corazón refiere al afecto, a lo que uno cree y guarda como tesoro, ya que de su abundancia hablará la boca (Lucas 6:45). 

Así que la figura del corazón en el mensaje bíblico representa una entidad pensante, lo cual implica la mente. Los pensamientos se anidan en el corazón, de allí que un apóstol se huelga en decir que pensemos en todo lo que sea lícito, grato, lo que tenga virtud. Si el corazón llega a estar controlado por el enemigo, por Satanás, implica que la persona sigue atrapada en sus delitos y pecados (como define Jeremías al corazón no redimido: engañoso y perverso, más que todas las cosas). Pero en ocasiones, el creyente (aquel a quien se le ha quitado el corazón de piedra y se le ha colocado uno de carne) puede pecar porque todavía nos rige la ley del pecado (Romanos 7: 23). Esa es la razón por la que Dios nos dice que guardemos nuestro corazón sobre toda cosa guardada (Proverbios 4:23).

La sabiduría que hablamos, en tanto predicamos el evangelio, es la que Dios predestinó desde antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).  He resaltado la expresión condicional para hacer ver que una manera de hablar no implica una realidad factual. El que Pablo haya dicho esa frase no valida la presunción del libre albedrío en esos príncipes de este siglo; simplemente el apóstol quiso enfatizar la ignorancia de dichos príncipes. Sabemos que el Señor tenía que ser sacrificado (1 Pedro 1:20), ya destinado como Cordero desde antes de la fundación del mundo; sabemos que sería ejecutado por mano de malhechores. Entonces, si tanto el Hijo de Dios como Judas Iscariote debían ir conforme a las Escrituras, no se presupone que si Judas hubiese sabido lo que hacía no lo hubiese hecho. Eso significaría que él tendría libre albedrío para contrariar y oponerse a Dios, para resistirse a su voluntad.

Un texto semejante lo encontramos en Lucas 8:10, donde Jesús dice: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan. Ambos textos expresan la soberanía divina ejercida en materia de salvación y condenación, mediante el conocimiento del Siervo Justo o por medio de la ignorancia acerca de quién es Jesús tanto en su vida como en su obra. Pablo afirma en 2 Tesalonicenses 2:11-13 que Dios envía un poder engañoso para que crean la mentira, a aquellos que no creyeron la verdad sino que se complacieron en la injusticia. Vemos que la mentira junto a la parábola, así como la sabiduría que no conocieron los príncipes de este mundo, vienen a ser parte del mecanismo de condenación. Pedro asegura que hay quienes fueron destinados para la desobediencia, para tropezar en la palabra, en la roca que es Jesucristo (1 Pedro 2:7-8). 

Vemos una voluntad explícita del Creador en la manera como los réprobos en cuanto a fe aparecen en escena. El propósito Suyo viaja por el camino de la justicia pública, del castigo e ira por el pecado, el azote con el cual fue ajusticiado su Hijo por cargar con todos los pecados de su pueblo. A Esaú no le tocó la gracia que le tocó a Jacob, al Faraón le tocó la desventaja que no tuvo Moisés, así que mientras Judas fue condenado Pedro fue salvado a pesar de haber negado al Señor. Acá no vemos libre albedrío alguno, simplemente observamos al Dios soberano que actúa de acuerdo al propósito de su voluntad. Satanás pidió a Pedro para zarandearlo, pero el Señor rogó por él para que su fe no fallara; en cambio, Satanás en Judas no fue reprimido, más bien el Señor le dijo que hiciera pronto lo que tenía que hacer.

Los textos señalados y citados exhiben un eje textual con un foco en torno a la soberanía divina, la cual hace que permanezca escondida la sabiduría de Dios en sabios y entendidos, en los mandatarios de este mundo, en todos los destinados para tropezar en la roca que es Cristo. En el mundo de los jesuitas apareció Luis de Molina, como respuesta a la Reforma Protestante. Su tesis se conoce como molinismo, trata de explicar la relación entre la soberanía de Dios y la libertad humana. Pero vemos que esa tensión fue rebuscada, ya que la Biblia hace al hombre responsable en tanto criatura dependiente de su Creador, no a la inversa. Molina intentó supeditar la soberanía de Dios al placer humano, llegando a decir que por un instante Dios se despoja a sí mismo de su soberanía para dejar al hombre plenamente libre, de manera que decida sin coerción su propio destino final. 

Muy humanista esa forma de razonar, pero nada bíblica. Desde esa perspectiva del molinismo Dios no forzaría a nadie, sino que el hombre cometería maldad por sí mismo, debido a su libre albedrío. ¿Cuál fue la diferencia entre Judas y Pedro? No fue el libre albedrío de ellos (que no tuvieron nunca), fue la libertad del Creador en hacer vasos de ira y vasos de misericordia (Romanos 9). 

Sabemos que Dios no tienta a nadie (Santiago 1:13-14), pero endurece el corazón de quien quiere endurecer. Él no depende de muchos futuros humanos, para constreñir por un lado y animar por el otro, de manera que el mundo ande y no se auto-destruya. Veamos este texto para que saquemos la conclusión debida: Mas Sehón, rey de Hesbón, no quiso que pasásemos por el territorio suyo; porque Jehová tu Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón para entregarlo en tu mano, como hasta hoy (Deuteronomio 2:30).  Dios endureció el corazón de este rey para que hiciese algo que era malo ante sus ojos, de tal forma que por esa razón lo castigaría después. Lo mismo sucedió con el rey de Asiria, lo que nos narra el profeta Isaías, de igual forma leemos acerca de la crucifixión del Mesías, un asesinato horrendo planificado por el Dios del cielo. ¿Dónde está el libre albedrío humano en esos eventos citados? 

Llegar a pensar que Dios ve todo de una vez y comprende los planes en los corazones humanos para después elaborar sus propios planes, implicaría tener una perspectiva muy disminuida del Dios de las Escrituras. Sería como suponer que vio en Poncio Pilatos el deseo de dictar sentencia contra Jesús, que vio cómo el Sanedrín judío buscaba la ejecución de un Mesías, que existiría un hombre traidor como Judas dispuesto a entregar a alguien que dijese que era el Hijo de Dios, de tal forma que a partir de esos hechos que vio en los corazones humanos el Dios del cielo y de la tierra tuvo a bien elaborar el plan de redención, ya que contaba con la voluntad de esos malhechores para cumplir a cabalidad lo que se propondría.

El objetor de la Escritura se sustenta en una premisa falsa: su libre albedrío para decidir. El se plantea que Dios no tiene moral o capacidad ética para juzgar a alguien a quien Él ha endurecido antes. ¿Cómo encontrará falta en alguien que resiste su voluntad? ¿No es más bien la desobediencia consecuencia de la voluntad irresistible del Altísimo? Dios sería injusto o un tirano, alguien peor que un diablo, si hiciera tales cosas. Pero la mente del objetor razona a partir de su falsa premisa, que él tiene libertad de acción y puede decidir lo que le venga en gana, al considerar la libertad de acción como condición de punición. 

La respuesta de la Escritura parece dura de oír para aquellos que no han sido llamados con llamamiento eficaz. Esa respuesta dice lo siguiente: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? (Romanos 9: 20-24).

Acerquémonos a la sabiduría de Dios, la cual es Jesucristo, el Siervo Justo por cuyo conocimiento justificará a muchos. De esa manera dejaremos la ignorancia que mata, el descuido del corazón, el evangelio anatema, al maestro de mentiras, al falso profeta, las fábulas artificiosas. Los que rechazan la verdad recibirán un espíritu de engaño, enviado por Dios, para que terminen de perderse.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:17
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios