Viernes, 03 de diciembre de 2021

Jesucristo tiene enemigos, por lo que solo dio su vida por sus amigos. Esto quiere decir que no murió por cada uno de los habitantes del planeta; de haberlo hecho, todos estaríamos reconciliados con Dios. Una de las consecuencias naturales de la propiciación establece la amistad o reconciliación entre Dios y los hombres, pero eso no tiene carácter genérico sino particular. Jesucristo habló del infierno en diversas ocasiones, dijo que era mejor sacar el ojo que nos hace caer que entrar con plena vista al lago de fuego; habló del lugar de tormento eterno, donde el gusano no muere ni la llama se extingue, que de nada aprovecha al ser humano ganar el mundo si pierde su alma. 

Los enemigos de Cristo se cuentan muy diversos. Los hay desde los ateos más rancios hasta los de la gama religiosa. Mientras aquellos exigen pruebas fehacientes de su existencia, muerte y resurrección, y aún de los prodigios y señales que hacía, los militantes de la religión exigen cumplimiento de órdenes y decretos que ellos hacen. Pero también son sus enemigos los que tuercen la Escritura para forzar sus textos a su interpretación privada. ¿Cómo puede ser posible conciliar a un Dios de amor con la idea del infierno eterno? ¿Cómo puede ser justo un Dios que ordenó desde los siglos quiénes serían los réprobos en cuanto a fe? ¿Cómo se hablará de equidad si Esaú fue odiado antes de que naciera, sin miramiento a sus obras malas?

Esas interrogantes la hacen los hombres de religión, los avezados teólogos de la cristiandad, los que militan en los templos del evangelio anatema. La doctrina arminiana, la más querida dentro de los seminarios teológicos del mundo cristiano, nació de la mente de los jesuitas. Jacobo Arminio fue un peón de Roma, al servicio de la Contrarreforma, con el propósito de propagar su droga en medio del universo protestante. Lo que llevó a escondidas a sus pupilos decía todo lo contrario de lo que la Biblia enseña, pero cumplía con los parámetros de la teología del catolicismo romano. 

De hecho, los cánones del Concilio de Trento predican lo mismo que Arminio fue a enseñar en la Universidad emblemática del protestantismo de entonces. Uno de esos cánones dice que será maldito todo aquel que niegue la participación y cooperación del individuo con la gracia divina. El Canon IV habla contra el que negare el libre albedrío del hombre, lo mismo que hoy día mantiene la mayoría de los protestantes que coinciden en ese punto con Roma. Nosotros creemos que el hombre se coloca de buena voluntad ante Dios en el día del poder divino, lo cual significa que ese día tiene que ver con la vivificación que hace el Espíritu a los que llama eficazmente.

El Canon IX apunta a la justificación por fe, lanza maldición al que sostenga que solo la fe justifica (como Abraham fue justificado), sin que coopere otra cosa (teología de obras). Dios da el nuevo nacimiento (en palabras de Cristo), cambia el corazón de piedra por uno de carne (Ezequiel), realiza la circuncisión del corazón. Esto lo hace en hombres muertos en delitos y pecados, de tal forma que no depende de quien quiera ni de quien corra, ya que el hombre natural no discierne las cosas del Espíritu de Dios. Y como no todos son salvos eso prueba que Dios no justificó a todos. Trento se aferró a la fábula del libre albedrío como el esfuerzo del pecador para decidir por Cristo; pero Pablo -cuando era Saulo- perseguía a los creyentes y a Jesús mismo, ya que su corazón no había sido transformado. No pudo por su propio esfuerzo, ni bajo las obras de la ley, alcanzar el perdón de pecados. Fue la gracia del Señor la que le fue otorgada gratuitamente (valga la redundancia), para que al caer del caballo y al escuchar la voz de Jesús a quien él perseguía se doblegara en una súplica.

La historia que siguió a Pablo fue la de la gracia, la fe que redime y las obras que son un estorbo. El habló de las obras como fruto de la gracia pero jamás como su causa, así que ese apóstol predicó todo lo contrario de lo que enseñaría Roma a lo largo de muchos siglos. Jesucristo no rogó por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le daría por la palabra de aquellos primeros discípulos. Y si no rogó por el mundo no murió por ese mundo dejado fuera; así que el Señor representó a su pueblo en la cruz, para limpieza de todos sus pecados (Mateo 1:21). 

Si los enemigos del hombre están en su propia casa, los enemigos de Cristo yacen dentro de lo que se considera su iglesia, la congregación de aquellos que profesan ser pero que no son. La doctrina del Señor tiene vital importancia, por lo cual conviene escudriñar las Escrituras si se desea indagar sobre la vida eterna. Él dijo que ninguno podía venir a él si el Padre no lo trajere. Habló de la necesidad de nacer de nuevo, pero declaró que ese nacimiento no se hacía por voluntad humana alguna sino de Dios. Así que todo depende del Creador, no de la intención del corazón del hombre. 

Arminio enseñó la doctrina de Roma: 1) Que el hombre no está totalmente depravado, sino enfermo, que no está muerto sino a la espera; 2) Que la elección divina se basa en condiciones humanas, que Dios vio quién se iba a salvar y por eso lo predestinó; 3) Que la expiación de Cristo fue ilimitada, extensiva para toda la humanidad, sin excepción, de manera que depende del hombre el aceptar o rechazar ese regalo; 4) Que la gracia del Espíritu se puede rechazar por voluntad humana; 5) Que hay que perseverar para no perder la salvación.

Fijémonos que la Biblia dice todo lo contrario: 1) El ser humano natural está muerto en delitos y pecados, cargado de odio contra Dios y no lo puede desear; que no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios; 2) Que Dios eligió a su pueblo por el puro afecto de su voluntad, sin mirar en obras buenas o malas (como lo hizo con Jacob); 3) Que Cristo murió por sus ovejas, como buen pastor que dio su vida por ellas (no por los cabritos que estarán fuera); que agradeció por los que el Padre le había dado y le daría, pero que no rogó por el mundo (Juan 17:9); 4) Que nadie puede resistirse a la voluntad de Dios, mucho menos a su gracia, en el día del poder divino (Romanos 9), del llamamiento eficaz (Romanos 8); 5) Que nuestra perseverancia se debe a la preservación que hace el Padre y el Hijo, junto al Espíritu: Somos guardados en las manos del Padre y del Hijo, mientras el Espíritu nos ha sido dado como arras o garantía de nuestra redención final.

En síntesis, los enemigos de Cristo reúnen la condición de oponerse a su doctrina, para enseñar doctrina de demonios, lo que totalmente contradice la Escritura. Cada quien que se examine a sí mismo, para ver si habita en la doctrina de Jesucristo. El que no trae esta doctrina no deberá ser bienvenido.  Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmo 110:1). 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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