Jueves, 02 de diciembre de 2021

Dios te ama, una frase que se oye en forma constante entre los vendedores de religión. Los comerciantes de la fe parecieran hacer honor a su divinidad griega, Hermes, el Mercurio romano, patrón de ladrones y mercaderes. Ese mensajero de los dioses viaja al infierno de donde viene para distribuir sus mentiras en quienes lo aguardan deseosos de oír las fábulas. Los predicadores del otro dios no se acercan al verdadero Dios, aunque pretenden venir en nombre de la cristiandad. Por esa razón repiten que Dios te ama y tiene un maravilloso plan para tu vida.

La condición de compra que ellos proponen pasa por la aceptación voluntaria del prosélito: si usted acepta a ese Cristo, si se abraza a la doctrina confusa que sus predicadores proponen, de seguro recibirá lo que usted ordene o decrete. A fin de cuentas, el buen Dios busca seguidores y aguarda como Caballero la voluntad del pecador. Esta abominación la esgrimen aquellos que usan el nombre de Dios en su religión, al traer deshonra a los atributos del carácter y de la doctrina del Dios de las Escrituras. 

Dios no desea que todo el mundo sea salvo, por cuya razón ha hablado en parábolas para que no todo el mundo entienda. De igual forma ha declarado que muchos son los que se pierden, aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Estos son los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Ese Dios que ha hecho al malo para el día malo no gusta a la gran mayoría de personas del planeta. Tampoco le gustó a aquel grupo de discípulos que se retiraron con murmuraciones al concebir la palabra de Jesús como dura de oír. 

Los que adoran a un dios que difiere del Dios de las Escritura se llaman idólatras. Un ídolo se da como el resultado de una concepción errónea de la divinidad, sin que importe su forma física o su figura mental. El Dios de las Escrituras se define a sí mismo como Celoso: Porque ustedes no deben inclinarse ante otro dios, porque Jehová cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso (Éxodo 34:14). La relación con otros dioses se denomina fornicación, así que de extrema importancia resulta el que cada quien se examine para saber a quién adora. 

Proverbios 16:4 nos asegura que Jehová hizo todas las cosas para sí mismo, aún al malo para el día malo; mientras Proverbios 21:1 nos dice que Dios inclina al corazón del rey a todo lo que Él quiere. Ese Dios se define como soberano absoluto, no como un dios débil que aguarda por el concurso del ficticio libre albedrío humano. El Jehová que no tolera competencia alguna, ha dicho que ese es su nombre, por lo cual no dará su gloria a otros, ni su alabanza a imágenes o esculturas (Isaías 42:8). Recordemos que una imagen también puede ser mental, como una escultura puede reposar en la imaginación del artista. De esta forma, lo que el ser humano se forma como un ideal de lo que debería ser Dios pasa por una imagen intelectual creada por la humanidad. 

El mandato de Juan de cuidarnos de los ídolos tiene ese basamento: la posibilidad de que el ser humano se forje un concepto errado de lo que significa el Dios de las Escrituras. Vienen muchos en nombre de la cristiandad para enseñar a otros lo que ellos conciben como Dios, pero resulta que su proposición se muestra idólatra. Ellos van mutilando la Escritura, con su interpretación privada, para hacer coincidir el texto bíblico con su escultura mental. 

El Dios que envió a su Hijo a morir por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), lo transforman en un Dios que ama a todo el mundo, sin excepción, por lo que envía a su Hijo a morir por cada uno, sin excepción. Si el Cristo de las Escrituras no rogó por el mundo, el Cristo de los encantadores y fabuladores de la religión se democratiza y muere para conseguir una redención potencial. Así, la diferencia entre cielo e infierno la hace el que está muerto en sus delitos y pecados, el que odia a Dios, el que coloca su propia justicia al lado de la de Cristo. 

Esto lo hacen los predicadores de mentiras porque les resulta antipático el Dios de la Biblia, por lo que suavizan sus palabras para ganar más adeptos. De esta manera se abren al ecumenismo y fornican con los ídolos que cada quien tiene en su imaginación. Las imágenes paganas de los pueblos idólatras, bajo su creencia de que ellas representan a Dios, son trocadas por un pueblo cristianizado culturalmente pero cuyo corazón sigue lejos del Creador. Ahora se construyen cruces, pinturas en cristales, árboles de navidad, pesebres, como figuras que recuerdan a quién hay que adorar. Se sienten orgullosos de llevar una cruz en el pecho, o de tener una representación visual de quien sería su Mesías. Pero han olvidado que Dios sigue siendo celoso y que no dará su gloria a otro, ni su alabanza a escultura. 

La doctrina cristiana también ha sido transformada por los agentes de la religión, para reflejar el fruto de su corazón. Confiesan a un Cristo totalmente diferente del Cristo de las Escrituras, ajustado a la doctrina de sus pensamientos. Como árbol malo no pueden dar un buen fruto, delatándolos lo que les abunda en su corazón. El Dios de la Biblia ha anunciado cosas nuevas, antes de que salgan a la luz Él las hace notorias (Isaías 42:9). Él se define como el Dios que pelea contra sus enemigos (entonces no ama a todos), el que hace secar toda la hierba, el que seca los estanques. Serán vueltos atrás y en extremo confundidos los que confían en ídolos, y dicen a las imágenes de fundición: Vosotros sois nuestros dioses (Isaías 42: 17). 

¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?  Sacan oro de la bolsa, y pesan plata con balanzas, alquilan un platero para hacer un dios de ello; se postran y adoran. Se lo echan sobre los hombros, lo llevan, y lo colocan en su lugar; allí se está, y no se mueve de su sitio. Le gritan, y tampoco responde, ni libra de la tribulación. Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré. Oídme, duros de corazón, que estáis lejos de la justicia: Haré que se acerque mi justicia; no se alejará, y mi salvación no se detendrá. Y pondré salvación en Sion, y mi gloria en Israel (Isaías 46:5-13).

Ese Dios inmenso y soberano no tiene nada que ver con lo que muchos hombres de religión anuncian, Él controla todas las cosas de acuerdo a lo que deseó su voluntad. Todas las acciones de los hombres están bajo su dominio, dirigidas al detalle, ordenadas por su consejo. A ese Dios de las Escrituras no le afecta el que le digan que es injusto, que no debe inculpar a nadie porque nadie puede resistir a su voluntad. Ese Dios continúa culpando a todo inicuo y sigue airado contra el impío todos los días. Dios no cede ante nadie como para que se diga que Él permite que algo suceda; Él ordena que eso que sucede suceda, así como ordenó que Judas fuese el traidor de su Hijo. 

Hay que cuidarse de la falsa doctrina, de los que soliviantan la palabra divina para hacer mercadería de las almas. La doctrina de Cristo se concibe como un conocimiento fundamental del evangelio, así que cuidándola se podrán salvar muchos. Por su conocimiento justificará mi Siervo Justo a muchos, dijo Isaías, y Pablo le recomendó a Timoteo como asunto de vida o muerte el ocuparse de la doctrina. Jesucristo dijo que él había venido a enseñar la doctrina de su Padre, pero por esa enseñanza muchos le dijeron que sus palabras eran duras de oír. Se sintieron ofendidos y se retiraron de su presencia, porque la gente se agrada de sus milagros y se maravilla de su poder, pero de su doctrina solo pueden alegrarse los redimidos. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:22
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