Jueves, 02 de diciembre de 2021

Todo ayuda a bien al hijo de Dios porque fue conocido desde antes, señalado como vaso de honra para glorificar a Jesucristo como Redentor. Esa gloria para el Cordero se la dio el Padre, junto con los hijos de la herencia, el linaje que vería el Salvador por causa de su trabajo completo en la cruz. Los conocidos de Dios fueron por igual predestinados para salvación, para ser hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios, fueron por igual llamados con llamamiento eficaz, justificados en la representación que Jesucristo hizo de ellos mientras pagaba por los pecados de todo su pueblo. Asimismo, la glorificación de todos sus amigos, de toda su iglesia ya fue consumada en la voluntad del Señor.

Algunos llaman a los versos de Romanos 8:28-29 la cadena de la salvación, ya que pareciera que contuviera los pasos referidos al proceso de redención del pueblo escogido. Estos dos versos contienen la razón por la que todas las cosas operan para bien de los que conforme al propósito del Creador son llamados. Ciertamente nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero; no escogimos servir a Cristo sino que él nos escogió a nosotros.  Los que tienen parte en el primer eslabón de la cadena tendrán su parte también en el último eslabón. Más bien esos son dos eslabones extremos que sostienen el collar referido a la redención, con el cual se adorna nuestro cuerpo. 

El verbo conocer en este texto tiene un sentido común en la Biblia, el que refiere a tener comunión con alguien. Así como Adán conoció de nuevo a Eva su mujer y tuvieron otro hijo (Génesis 4:25), así como también se dijo en Génesis 4:1 respecto a que Adán conoció a Eva y tuvieron un hijo (sabemos que ya la tenía por mujer desde que el Creador se la dio). Pero también podemos mirar la manera en que José no conoció a María su mujer, la cual ya era su esposa, hasta que dio a luz el niño (Mateo 1:25), en este caso ese conocer se aleja del sentido cognitivo para buscar la semántica de la comunión íntima. El mismo Hijo de Dios dirá a muchos en el día final que nunca los conoció (Mateo 7:23), que se aparten de él esos hacedores de maldad. Entonces, no podríamos decir que un Dios Omnisciente no conoce quién es quién, así que el sentido de conocer en esos casos refiere a una actividad de comunión íntima y especial.

Por otro lado, la Omnisciencia del Todopoderoso es continua, ininterrumpida. Así que Él no tiene necesidad de llegar a conocer (cognoscitivamente) nada; todo lo sabe Dios. Ah, tal vez alguien diga que Dios supo desde antes quién habría de ser salvo y por eso lo salvó, como si viese cualidades positivas en esos prospectos; tampoco esa interpretación tiene apoyo en los textos de la Biblia, ya que no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien busque a Dios. La justicia humana es vista como trapos de inmundicia, la condición del hombre caído se retrata como si el ser humano estuviera muerto en delitos y pecados. Así que nada bueno pudo ver Dios en nosotros como para que mereciéramos la gracia, de manera que no es por obra para que nadie tenga de qué gloriarse. 

Imposible sería que Dios conociera (cognoscitivamente) solamente a una parte de la gente que Él creó. Por eso, pongamos atención al siguiente texto: A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra, por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades (Amós 3:2). Sepamos, además, que el futuro nuestro lo conoce Dios porque Él hace el futuro, lo hizo desde la antigüedad, como lo ha anunciado a Isaías y a otros profetas. Judas Iscariote fue señalado como el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Jesucristo lo había escogido como diablo, para que se llevara a cabo la traición, por lo cual también dijo: Lo que vas a hacer, hazlo pronto. En uno de los Salmos de David ya se mencionaba al traidor como aquel que comía del pan del Señor, mientras en otro Salmo se habla de su maldición por su maligna acción: Tome otro su oficio, sean sus hijos huérfanos, Satanás esté a su diestra. 

Esaú fue odiado aún antes de ser concebido, antes de que hiciese bien o mal, de manera que las obras buenas o malas no inciden en nuestra elección para vida eterna o en la condenación de los réprobos en cuanto a fe. Las obras incrementan nuestro premio -por las cuales hemos de ser juzgados- o el castigo del inicuo -pues algunos recibirán mayor condenación, pero ellas no son la causa ni de lo uno ni de lo otro. Dios detesta la religión de las obras, la religión mixta del paganismo más cristianismo. El Espíritu Santo fue claro al inspirar a los escritores de la Biblia para indicar que la muerte de Jesucristo se debía hacer en exclusivo por su pueblo. El nombre Jesús (Jehová salva) debería ser colocado la criatura por nacer, por la razón de que él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). 

Ese pueblo se definió desde la eternidad, tiene el número de consiervos determinado, ni uno más ni uno menos. Ninguna persona puede acudir a Jesucristo si el Padre no lo lleva, así que todo lo que el Padre le da al Hijo será resucitado en el día postrero. La definición del pueblo de Dios se hizo desde antes de la fundación del mundo, así como el Cordero de Dios estuvo destinado desde esa época para manifestarse en el tiempo apostólico por causa nuestra. Esa base nos permite edificar la idea cierta de que hemos sido amados con amor eterno, así que sabemos que Dios tiene planes para sus hijos. Dios no comete errores, no hace cosas para ver qué sucede y corregir cualquier entuerto. De esta manera sabemos que hizo a Satanás, el malo para el día malo. 

Fuimos escogidos en Cristo (Efesios 1:4-5), nosotros los gentiles, los que en otro tiempo no éramos su pueblo. Pero por igual puede referirse a toda la iglesia, judíos y gentiles en Cristo, como se incluye el apóstol mismo y dado que él es de la tribu de Benjamín. Ni la fe, ni la santidad, ni la perseverancia o cualquier buena obra son la causa de nuestra elección, más bien ellas son parte del fruto por ser elegidos. Todos los elegidos fuimos escogidos en Cristo, el gran Mediador entre Dios y su pueblo, la humanidad apartada para buenas obras. Conviene afirmar que el conocimiento previo del Señor, su carácter cognitivo de las cosas y eventos, lo posee desde siempre; con lo cual el decreto divino proviene desde la eternidad.

El objetivo de su escogencia se centró en el hecho de que seamos santos y sin mancha delante de él, en amor, para ser participantes de la santificación por el Espíritu. Nos ve sin mancha y sin culpa, ya que hemos sido liberados del pecado; sin arrugas, como una novia preparada para su esposo. Esto simboliza la justicia adquirida para nosotros por Jesucristo, con la cual somos aceptados ante el Padre para vivir eternamente en las moradas celestiales. Esa fuente garantiza el agua viva de las bendiciones de lo alto, para que todas las cosas y eventos concurran en función de nuestro bien. 

Si a los que Dios aman todo ayuda a bien, dado que fueron amados y elegidos para buenas obras en Cristo Jesús, la predestinación refiere por igual a los elegidos o amados como a los réprobos en cuanto a fe. Todo cuanto ocurre fue elaborado en el guión divino, las circunstancias humanas, las personas que nos circundan, cada particularidad de nuestras vidas. Asimismo, todo cuanto le aconteció al Faraón de Egipto, a Judas Iscariote, a Esaú, a cada persona destinada para tropezar en la roca que es Cristo, ha sido ordenado desde antes. Porque existen aflicciones que fueron preparadas sea en gracia y amor o en odio e ira. Así Dios provee para cada caso, porque Él es el Dios de la providencia, el que hace posible todas las cosas. Precisamente, por proveer todo y cada cosa, a nosotros sus hijos nos ayuda a bien. La muerte, por ejemplo, ocurre a cada ser humano, pero nosotros no hemos de entristecernos como aquellos que no tienen esperanza. Nosotros somos el objeto de una bendición especial, ya que fuimos adoptados como hijos en Cristo Jesús; en cambio, los otros, los que Dios ordenó para descargar su ira por el pecado, no son partícipes de la gracia ni de la herencia, desposeídos por completo de la gloria divina. 

Justo resulta comparar estos dos segmentos ya que no lo hacemos por jactancia ni por vanagloria, no porque tengamos méritos propios para creernos más que los demás, sino porque Dios hizo la distinción. Cristo como Mediador establece la diferencia, Cristo y su representación en la cruz (Juan 3:16; 17:9; Mateo 1:21; Juan 10:26-29).  Tenemos una agradable y majestuosa pintura de Jesucristo, la cual se describió en los textos citados anteriormente. Predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo: el estudio de la Palabra de Dios, la vida de oración a solas, la íntima relación con Dios, van haciendo realidad esa imagen. Nuestra transformación se hace de gloria en gloria, hasta tomar un gran parecido con la imagen del Señor. Ese objetivo de la predestinación debería estimularnos lo suficiente para vivir una vida proba, digna de nuestro llamamiento, para permanecer con honor delante de él. Hemos de tener presente que siempre, bajo cualquier circunstancia, por dura que nos parezca, todas las cosas nos ayudan a bien. Dios nos moldea día a día para que nos parezcamos más a su Hijo Jesucristo. Como resultado de su amor nosotros le amamos a Él, así que en esa relación amorosa todo cuanto nos suceda ayuda a bien.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:15
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