Domingo, 28 de noviembre de 2021

¿Cómo supo Job que su Redentor vivía? De la misma manera que cada creyente lo sabe. Todos aquellos a quienes el Dios Todopoderoso ha querido salvar, han sido informados oportunamente acerca del Redentor. El ladrón en la cruz lo supo en los últimos momentos de su existencia, llevando gloria a su Creador. El testimonio público de este crucificado dictó cátedra en materia teológica, dado que se le dijo que ese mismo día estaría en el Paraíso con el Señor. Además, se vio claramente que no se le exigía obra alguna para ir a ese lugar, ni siquiera tuvo tiempo de bautizarse. Bastó que reconociera al Señor como el que volvería en su reino, como el Mesías enviado para su pueblo, como aquel Cordero sin mancha que no merecía tal castigo.

El Espíritu de Dios se encarga de avivar las almas de aquellos a quienes Dios da vida. Eso se conoce como nuevo nacimiento o nacimiento de lo alto, la circuncisión del corazón o el cambio del corazón de piedra por uno de carne. Job también tenía un corazón redimido, con una fe inquebrantable, como la que siempre otorga el Salvador a los que redime. Muchas fueron las interrogantes de Job y de sus amigos, por aquello que le acontecía; sin embargo, él no se afianzó en la ciencia para demostrar fehacientemente que Dios existía. Simplemente expresó su teología: sabía que su Redentor vivía y que al final sería levantado del polvo. 

Abraham, por su parte, fue mencionado como el que le creyó a Dios lo que le dijo, de tal forma que su creencia le fue contada por justicia. ¿Y qué fue lo que creyó Abraham? Bueno, no solamente que la promesa del Señor tiene certeza, también dio fe de que la Simiente que bendeciría a todas las naciones vendría a través de su hijo que todavía no había ni siquiera sido concebido. Abraham fue justificado antes de que el Señor Jesucristo fuese encarnado en este mundo.

David nos lo dice en sus Salmos. Bendito es aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto sus pecados (Salmo 32: 1). Este texto nos da prueba de que durante la época del Antiguo Testamento se esperaba la venida del Mesías de tal forma que ya se conocía su trabajo perfecto, el de perdonar los pecados de su pueblo. Resulta evidente que muchas naciones no conocían esta esperanza presentada por David, pero para Israel los sacrificios de sus sacerdotes se ofrecían como anunciando un tipo del que habría de venir. Muy feliz habrá de ser aquella persona a quien se le han removido los pecados, aquellas manchas que lo acusaban en su conciencia, la culpa y castigo que lo acompañarían por siempre. De Israel nace el relato del chivo expiatorio (el macho cabrío sobre el cual caerían los pecados del pueblo). En realidad eran dos, uno que escapaba o era abandonado en el desierto, fuera del campamento, el cual se despeñaría hasta morir: éste se enviaba una vez que el Sumo Sacerdote confesaba los pecados de la nación; el otro macho cabrío era sacrificado para rociar con su sangre el lugar santísimo, el lugar santo y el altar del holocausto, a causa de los pecados de Israel. Esos dos animales tipificaban el trabajo de Jesucristo, quien por decreto del Padre quitaría nuestros pecados y nos otorgaría su justicia. Mientras el macho sacrificado simbolizaba el hecho de quitar el pecado de Israel, el otro animal enviado a morir fuera del campamento simbolizaba que el pecado había sido apartado del lugar donde vivía el pueblo de Dios (Levítico 16:5-10). 

De la pedagogía del Levítico deducimos que los trabajos humanos no quitaban el pecado de la conciencia del pecador. Al contrario, el que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13). Jesucristo vino a ser nuestra propiciación que cubre la acusación de la ley junto a la maldición divina. El Salmo 16:10 nos dice que Dios no dejará el alma en el sepulcro, ni permitirá que su santo vea corrupción. Se refiere a Jesucristo en su muerte, el cual resucitó al tercer día, pero también nos toca nuestra parte. El alma nuestra no se corromperá, no sufrirá el castigo por el pecado, ya que Jesucristo lo sufrió al llevar nuestras transgresiones y al otorgarnos su justicia. Nuestro cuerpo morirá y se corromperá hasta el polvo, pero nuestro espíritu va a Dios que lo dio, nuestra alma no verá la corrupción de la maldición por el pecado y su castigo. 

Para Job el Señor existía, no solamente desde siempre como una de las personas divinas sino también como Mediador-Redentor. La futura redención que aguardaba Job yacía en el hecho de que desde antes de la fundación del mundo ese había sido el propósito del Creador. Ese Mediador es fiel (Hebreos 3:2), por lo cual debemos alejarnos de la incredulidad (Hebreos 3:12). El interés de Job por su Redentor vivo constituía la más abundante bendición que pudiera tener él o cualquier ser humano que confiara en su promesa. Aunque él me matare, en él esperaré…(Job 13:15). 

Usted puede tener la noticia de que Jesucristo fue el Redentor de Job, pero eso no hace que él sea su Redentor. Esa experiencia debe individualizarse por medio de la fe que nos ha sido dada. Los demonios creen y tiemblan, saben que Jesucristo es el Redentor y el Mediador, pero no les aprovecha en nada. Su temor implica que están bajo maldición y castigo eterno, que para ellos no existe promesa de rescate. Las ovejas del Buen Pastor lo seguirán por siempre, una vez que oigan el llamado eficaz. Por esta razón se anuncia el evangelio de Cristo, para que los que son suyos puedan ser vivificados de una vez y para siempre. 

Para los creyentes existe la esperanza segura de que después de desecha nuestra carne, después de que nos convirtamos en polvo, nos levantaremos de la tumba; esa locura de predicación no la comprendieron los griegos cuando Pablo hablaba el el Areópago. El que ve al Redentor con sus ojos espirituales de la fe y del conocimiento del Siervo Justo, de seguro lo verá con los ojos después de la resurrección. Pero como el ladrón en el Paraíso, aún sin haber resucitado, también pudo estar con el Señor el mismo día de su muerte, para nosotros esa posibilidad califica por cuanto nuestro Redentor vive.

Feliz aquella persona a quien el Señor no imputa de pecado, por cuanto sus pensamientos serán de paz y no de tormento. El Señor no recuerda más los pecados de quienes ha perdonado, ha prometido lanzarlos al fondo del mar para nunca más acordarse de ellos (Miqueas 7:19). Jehová es el que borra nuestras rebeliones, por amor de Él mismo, y no se acordará más de nuestros pecados (Isaías 43:25); todos nuestros pecados fueron echados tras las espaldas de Jesucristo (Isaías 38:17). Las misericordias del Señor son nuevas cada mañana (Lamentaciones 3:22-23). Esa justicia que poseemos se nos atribuye sin obras (Romanos 4:6), ya que por gracia hemos sido salvos, por medio de la fe, lo cual no depende de nosotros sino de Dios (como regalo de Dios), no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9). 

Esta salvación alcanzada no fue realizada potencialmente sino actualmente. ¿Quién se interesa en la salvación? Un pueblo particular, un linaje escogido, los amigos del Señor, sus ovejas desde antes de la fundación del mundo. Por naturaleza fuimos hijos de la ira, pecadores como todas las gentes, pero fuimos salvados del pecado, de Satanás, de la ley y su maldición y condenación, de la muerte eterna y de la ira que viene de parte de Dios. 

La gracia que nos ha sido dada implica una salvación real, no posible sino actual. Fuimos amados, elegidos, llamados, justificados, perdonados, adoptados hijos de Dios, regenerados para gloria eterna. En estas acciones han intervenido las tres personas del Trino Dios: el Padre hizo su plan de redención, eligiéndonos para ello; el Hijo se ocupó de ser la expiación por nuestros pecados, de apaciguar la ira de Dios, de ser el Mediador entre Dios y los hombres, habiéndonos dejado su palabra para ministración de los santos; el Espíritu nos hace sensibles respecto a la necesidad de la redención, nos vivifica por su gracia, dándonos fe y esperanza, conduciéndonos a toda verdad, contristándose en nosotros por causa de nuestras iniquidades, ayudándonos en nuestras oraciones, convenciendo al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8). Unámonos a la voz de Job y digamos con él: Yo sé que mi Redentor vive.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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