Mi?rcoles, 24 de noviembre de 2021

Soldados de la fe, celosos de la Divinidad a la que sirven, idólatras de la religión ególatra, la que coloca su justicia junto a la del Dios que dicen servir:  ¿De qué ha servido tanto esfuerzo en aquellos que niegan la justicia de Dios, la cual es Jesucristo? El Señor les dirá en el día final que su trabajo fue en vano porque nunca fueron conocidos. No pensaron jamás en la importancia de conocer la doctrina de Cristo, ni en su trabajo consumado en la cruz. Se dedicaron a la persona de Jesucristo, a su ética, a los milagros, pero tomaron distancia de la palabra dura de oír. Esa fatal ignorancia ha conducido a muchos a un final de muerte, por más que el sendero parecía correcto.

Lo que sucede ahora ya la Biblia lo dijo antes, que la palabra de la cruz aparece como locura a los que andan perdidos. Aquella palabra de la cruz se nos presenta como el poder de Dios (1 Corintios 1:18). Si la cruz cuelga a un Cristo debilitado, suplicante y mendigo de almas, natural resulta que haya de qué avergonzarse. En ese caso se hace necesario colocar la propia justicia humana para ayudar en el proceso de redención. Pero la Biblia continúa señalando que Dios odia a todos los que obran iniquidad (Salmo 5:5), de manera que como nadie ha podido calificar ante Dios con su propia justicia, al ignorar la justicia de ese Dios la persona intenta colocar algo de lo cual carece. 

El vacío del dios que no puede salvar se junta con el vacío del hombre que no posee justicia propia. En esa encrucijada no se halla la gracia eficaz, porque el hombre natural huye del evangelio de Cristo y se ofende por la dureza de las palabras que escucha. Los maestros de mentiras ablandan el verbo para suavizar su melodía y atraer como por encantamiento de Sirenas a los habitantes de este mundo. Así, los que persisten en la rebeldía y en el desconocimiento de Dios, reciben la ira del Creador. Jesucristo murió por su pueblo, por su familia, por sus amigos, por su iglesia. Jesucristo no rogó por el mundo que no vino a redimir (Juan 17:9), razón por la cual muchos odian su palabra y les parece dura de oír (Juan 6:60-61, 66). 

Dios nos hace querer su palabra, nos coloca el deseo de ir hacia Él. En realidad nos enseña para que habiendo aprendido podamos ir hacia el Hijo. Pero ¿cómo irá aquél a quien nadie le ha enseñado? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Por su conocimiento salvaría el Siervo Justo a muchos, de manera que el ocuparse de la doctrina de Cristo ayuda a distanciarse de la ignorancia que mata. No que entremos al reino de Dios por el conocimiento, sino que el conocimiento de su reino nos anima a continuar en el camino. Una de las tareas del Espíritu de Dios consiste en conducirnos a toda verdad, de manera que aquel que anda en la mentira, en el error, en el engaño, no ha sido enseñado por el Espíritu. El conocimiento de Jehová viene como fruto del acto de habitar el Espíritu en nosotros.

La promesa para Israel prisionero de Egipto fue que cuando Dios viera la sangre en sus puertas pasaría por alto su ira. Esa primera instrucción quedó registrada para nosotros, como también se registró para nuestro beneficio el hábito de la celebración de la Pascua. Su importancia queda en evidencia cuando Pablo lo escribe de esta manera: Cristo, nuestra Pascua. Sí, Jesucristo vino como justicia de Dios, la única que acepta el Todopoderoso. Pero todavía hay quienes añaden a esa justicia la suya propia, porque no entienden sino que ignoran lo que significa la justicia de Dios.

La Ley no pudo salvar a nadie, sino que fue el instrumento para conducirnos por fuerza hacia Jesucristo. La Ley sirvió para que nuestro pecado quedara en evidencia, ya que su estándar se muestra tan alto que todos seríamos malditos por no cumplir todos sus mandatos. Pero hubo un trueque, un cambio favorable para el pueblo de Dios: Jesucristo tomaría nuestra maldición para sí mismo (Maldito todo aquel colgado en un madero), mas a cambio nos daría su justicia. Esto lo hizo en favor de todos los que el Padre le dio (Juan 17), en un todo de acuerdo con todas las Escrituras (por ejemplo: Mateo 1:21; Juan 10:27; Juan 6: 44 y 65). 

El acto de ignorar la justicia de Dios no puede verse como un asunto de gusto o preferencia teológica; esto ha de mirarse como la negación de la doctrina esencial del evangelio. Dios nos llamó no de acuerdo a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9). Pese a la abundancia de textos de las Escrituras que señalan la soberanía de Dios en materia de salvación, todavía hay quienes llamándose a sí mismos creyentes sacuden sus letras y descontextualizan sus textos. 

Por esa razón encontramos abundante material en el evangelio espurio que demuestra el distanciamiento de la verdad de quienes pregonan la mentira. Ellos dicen que uno puede negar la elección incondicional del Padre, considerar la justificación como un simple perdón divino ofrecido para todo el mundo, sin excepción; que uno puede predicar que Jesucristo murió por toda la raza humana, lo cual incluye a Judas Iscariote, a Esaú, al Faraón de Egipto, a todos los réprobos en cuanto a fe cuya condenación no se tarda. De la misma manera tendríamos que creer que el trabajo de Jesucristo en la cruz se hizo por todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8). Ellos dicen, repito, que uno puede negar toda la doctrina de la gracia siempre y cuando uno predique la moral cristiana, la perfección en esta vida, la denuncia del pecado, así como la invitación al arrepentimiento.

Vemos claramente que esa cruz no tiene buen efecto, sino que ha pasado a convertirse en una vergüenza porque pertenece a un dios que no salva a nadie. Esa supuesta redención que hizo su Cristo se realizó en potencia, no de manera efectiva o actual, así que depende de cada muerto en delitos y pecados el aceptar la oferta que no puede oír. Además, la Biblia ya nos ha dicho que el hombre natural no percibe las cosas de Dios porque le parecen locura por no poder discernirlas. Así que si está muerto en delitos y pecados, ¿cómo puede llegar a comprender la oferta general que los falsos maestros enseñan? 

Por lo antes expuesto, Jesucristo nos informó de la necesidad de nacer de lo alto. Ese nuevo nacimiento nos fue explicado, cuando la Escritura dice que no depende de voluntad humana alguna sino solamente de Dios. Pero Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, así como endurece al que quiere endurecer. Esto no le parece justo al hombre natural, sino que levanta su puño contra el Todopoderoso para decirle que no debe inculpar de pecado a quien no puede limpiarse del pecado. Y si Dios y el hombre natural están enemistados, ¿cómo puede haber reconciliación entre ellos? Cristo vino como la reconciliación y mediación entre su pueblo escogido y el Dios que escogió a ese pueblo. 

Esa fue la voluntad del que envió a Jesús a esta tierra, por lo tanto Jesús aseguró que así tenía que ser y que así le había agradado al Padre. ¿Por qué alguien osa decir todavía que el evangelio debe ser de otra manera? Pero el evangelio ha sido escondido para los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó sus mentes, de tal forma que no les resplandezca nunca la luz del evangelio de Cristo (2 Corintios 4:3-4). Hay soldados ignorantes de la cruz de Cristo, para los cuales esa cruz no tiene ningún efecto. 

Dios regenera (el acto de hacer nacer de nuevo), de manera que si alguien batalla por la cruz de Cristo y no ha sido regenerado viene a ser semejante a Ciro, siervo de Dios pero que nunca lo conoció. Semejante por igual al Faraón de Egipto, quien sirvió de ejemplo del costo de ignorar la justicia de Jehová (¿Quién es Jehová para que deje ir a este pueblo?). La soberbia tiene muchos matices, pero engaña más cuando se disfraza de piedad a través de los pregoneros del evangelio anatema. El evangelio de las obras, el que añade la propia justicia del pecador (su voluntad, su paso al frente, su levantada de mano, su oración confesional), desconoce la justicia de Dios que es Jesucristo. 

Dios también levanta al impío para demostrar en él su poder y hacer notorio su nombre entre las naciones (así lo hizo con el Faraón de Egipto, de acuerdo a Romanos 9:16–24). Nuestro deber como creyentes debe conducirnos a la humildad ante semejante poder del Creador de todo cuanto existe. Dios mirará al que es humilde, al contrito de espíritu que tiembla ante su palabra (Isaías 66:2). Nos alegramos de que el proceso de salvación haya sido de esta manera, porque de otra forma nadie hubiese sido salvo. Dios no se acordará más de nuestros pecados, ha prometido enterrarlos al fondo del mar, por cuanto el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz. Esa cruz que sí tiene y tuvo efecto en todos los que allí Jesucristo representó. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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