Domingo, 21 de noviembre de 2021

La tierra se llenó de violencia y su maldad creció hasta encender la ira del Señor. El Dios de las cosas invisibles se agrada en infundir fe en sus escogidos, hizo que Noé fuese justificado por haber creído en la promesa de la Simiente. Pregonero de justicia, el patriarca construyó un arca, modelo del Cristo que vendría, para que quedasen a salvo todos cuantos entrasen en ella. 120 años anunció con palabras que vendría lluvia del cielo, pero la gente no le creyó. Los ateos de entonces no habían visto jamás caer agua de las nubes, sino que un vapor de ella como rocío humedecía la tierra. 

Hoy día, los ateos del momento, han dejado de creer en la existencia del viejo diluvio. Rechazan cualquier evidencia física atrapada en las capas de la tierra, para festejar de continuo la inexistencia de la ira divina. En aquel período de prédica no hubo éxito evangelizador, solamente Noé creyó junto a su familia para entrar en el refugio y reposo de Dios. Todavía pocos entran en Cristo como la única puerta de salvación, aunque el espejismo de la falsa religión llene sus arcas o sinagogas por los encantamientos de su argumentación sofística. Los pregoneros de justicia actúan solos, viven aislados de la muchedumbre, no por poses existenciales sino porque el mundo los rechaza.

Elías clamaba bajo su percepción de soledad, pensaba que sólo él había quedado; la respuesta no deja de impresionar: apenas siete mil hombres se había guardado Dios para Sí mismo. Un bajo porcentaje si contamos los millones de habitantes de Israel y los del planeta tierra en aquel momento. Juan el Bautista se mostraba como una voz que clamaba en el desierto, Jesucristo hablaba de la manada pequeña, de los pocos escogidos del Padre, mientras Juan el apóstol advertía del peligro de comulgar con los que no tienen la doctrina de Cristo. 

La palabra de Dios se enfoca en asuntos que no siempre pueden verse con los ojos del cuerpo humano, más bien con aquellos de la fe. Por fe andamos, no por vista, decía el apóstol; así que busquemos lo eterno e invisible, lo que yace detrás de la cortina, pero no busquemos como fisgones sino en la palabra revelada. La fe se define como la evidencia de las cosas que no se ven, como un lente que enfoca mejor lo que a distancia el ojo humano no puede visualizar con precisión. El mundo sensual hace burla de la fe y de los que la declaran, sumido en el empirismo de Tomás: ver para creer. Pero lo que se ve, ¿a qué esperarlo? 

En el cielo no tendremos más fe porque veremos claramente, solo el amor continuará por siempre y pasaremos la eternidad en la tarea de conocer a Dios y a su Hijo (Juan 17). Daniel el profeta lo afirmó, que los entendidos entenderán el final de los tiempos, como también Noé entendió el final de su generación. En Génesis 6:9 se lee que aquel hombre fue calificado como justo y perfecto dentro de su generación. En tal sentido, el arca de Noé vino como tipo de Jesucristo, hombre justo y perfecto, para salvación de los creyentes, de tal manera que la ira de Dios contra el pecado no los agravie en ninguna forma. 

Jesucristo fue y predicó a los espíritus bajo prisión, afirmaba Pedro, aquellos que en un tiempo desobedecieron al Señor en su paciencia. De la inmensa muchedumbre que habitaba la tierra, apenas ocho personas entraron al arca. El agua que limpiaba metafóricamente el pecado (como el bautismo, en tanto símbolo de lavamiento), nos inunda en la buena conciencia para con Dios. Ese bautismo simboliza la resurrección de Jesucristo, la de su pueblo que resucitará en el día postrero, el cual permanece guardado en sus manos y en las manos de su Padre. Aquellos espíritus bajo prisión aparecen como las almas de los habitantes del viejo mundo anegado por la ira divina, a quienes Jesucristo fue a predicarles cuando ellos vivían en la persona de Noé. 

Cada predicador enviado por Dios se constituye en su embajador, así que Noé como pregonero de justicia, como un tipo de Cristo,  anduvo como el enviado del cielo para predicarles el anuncio del juicio divino a aquellos encarcelados en la maldad. Los viejos habitantes prediluvianos los ve Pedro como los prisioneros del infierno: anteriormente vivían en la morbilidad de su carne, pero ahora yacen como prisioneros del tormento que no termina. Pedro nos ha dicho que Cristo fue en espíritu para predicarles a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, en los días de Noé. No dijo Pedro que Cristo había ido mientras estuvo en el sepulcro, sino en espíritu, lo cual ha de entenderse como por intermedio de su pregonero de justicia, escogido para llevar aquel mensaje (1 Pedro 3:19-20).

Pablo escribió a los romanos para decirles que Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción. Sí, a pesar de que los haya creado con ese fin, bajo el propósito de demostrar el juicio contra el pecado y de contrastar con ese acto su amor para con los escogidos, Dios posee paciencia. Pero en medio de ella le anuncia a los que son suyos que su justicia llega, poco importa que tarde ciento veinte años desde su pregón, o cuarenta años en el desierto junto a Israel, o que se finiquite al estilo en que fue hecho con Sodoma y Gomorra. En el desierto tuvo a Moisés como su pregonero, pero antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra conversó con Abraham, mientras que para lo del diluvio lo comunicó a Noé.  Siempre anuncia lo por venir, pero pareciera su sino el que nadie se percatara de su voz que continúa clamando en el desierto.

En lugar de mirar las letras de la Biblia, las multitudes a través de la historia humana se han dado al trabajo de consultar a los adivinos, a los encantadores y hechiceros, a los que dicen leer los astros, bajo el intento de merodear por la puerta trasera, por miedo o repudio a entrar por la puerta principal. El poder del Señor no conoce límites, así que la tierra le obedece y se abre para tragar a muchos impenitentes. Reyes caen sumergidos en su soberbia, como el rey de Asiria, sin saber que había sido el báculo en las manos del Señor. Horrenda cosa aquella de caer en manos del Dios vivo, terrible el deambular con la marca de Caín en la frente, huella perenne que jamás podrá borrarse como el signo de pertenencia al maligno.

Todos los habitantes de la tierra los considera Dios como nada, mientras Él hace su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, sin que alguien pueda detener su mano, ni decirle ¿qué haces? (Daniel 4:35). La sentencia sigue idéntica: matará al malo la maldad, la paga del pecado como muerte vendrá. La única justicia que Jehová acepta se ha convertido en nuestra pascua, el Hijo que cumplió toda la ley como Cordero intachable. El trabajo de Jesús en la cruz, en favor de todo su pueblo, hizo posible en forma tangible y actual la redención de todos aquellos a quienes él representó en ese lugar. 

Muchos se preguntan cómo saber si el libro de la vida comprende sus nombres, pero el mandato general del evangelio anuncia que hemos de arrepentirnos y creer el evangelio. De esa manera podemos averiguar a ciencia cierta si nuestros nombres se distinguen en aquellas páginas eternas. Arrepentirse significa cambio de mentalidad respecto a dos cosas esenciales: 1) en relación a Dios, conociendo su santidad, justicia y juicio; 2) en relación a nosotros, como seres ínfimos que no calificamos por nuestras obras. Al comprender que caminamos como los prediluvianos, tenemos la ventaja de conocer lo que a ellos les sucedió por causa de su impiedad. Podremos mirar el arca que todavía permanece abierta, a Jesucristo como refugio, de tal manera que nuestros pecados sean borrados y sepultados en el fondo de las aguas del mar. 

Por supuesto, el que tiene oídos para oír que oiga. Nadie puede ir a Jesucristo si el Padre no lo envía, pero aquellos a quienes Dios educa, una vez que hayan aprendido, irán hacia Jesucristo para la resurrección final. Escapemos del diluvio de la ira universal que Dios viene anunciando desde hace siglos. Si oyes hoy su voz, no endurezcas su corazón (Isaías).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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