Jueves, 18 de noviembre de 2021

Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti. Los insensatos (los presumidos) no estarán delante de tus ojos; odias a todos los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová (Salmo 5:4-6). Dios no disfruta oír al malvado, sino que lo soporta con paciencia como vaso de destrucción preparado para el día de su ira. Sí, un Dios de amor odia a ciertas personas y no solamente sus pecados. La Biblia habla de los que odian a Dios, Romanos 1:30, los θεοστυγεῖς (Theostuguéis) por causa de sus vicios manifiestos. 

El odiado de Dios resiste la prescripción divina, la ordenanza general para toda la humanidad. Sabemos que nadie puede resistir al Espíritu Santo en su llamamiento eficaz, o a su gracia irresistible por naturaleza, ya que el decreto divino nadie puede pasarlo por alto. Pero existen prescripciones de Dios que fueron dictadas para que el hombre pruebe su incapacidad natural, de manera que la ley dada a Moisés sirva como el Ayo que conduce hacia Cristo. La maldad posee muchos colores, como un caleidoscopio que se abre o cierra; con ella la mente se infama con ira, la boca difama al inocente y la discordia se esparce como el viento mueve las nubes. 

La maldad también produce lesiones, asesinatos, robos y hurtos, cualquier fechoría de las enunciadas en cualquier Código Penal de no importa qué nación en la tierra. Estas maldades se resumen por su insolencia, esa exaltación que pretende escalar el enaltecimiento del otro. También se consideran malvados los que mienten en cuanto a su fe, vestidos de apariencia de piedad pero que niegan su eficacia. El mejor ejemplo de estos últimos viene dado por aquellos religiosos que pregonan a Cristo crucificado, a su muerte y resurrección, a la redención universal en potencia pero que necesita de la voluntad de los hombres para perfeccionarse.

Los que trabajan la iniquidad se entregan por completo al mal, aunque sean devotos de la religión (Mateo 7:22), ya que Dios les negó desde la eternidad su favor habiéndolos destinado para castigo eterno (Romanos 9:13). Los creyentes pecamos a diario (y si decimos que no tenemos pecado le hacemos a él mentiroso), pero tenemos un abogado para con el Padre. Fuimos amados aún desde antes de la fundación del mundo en Cristo, de manera que la desgracia del pecado nos afecta a diario, aunque por medio de la disciplina divina y de su ley salimos adelante. De esta forma debería quedar en evidencia la falacia religiosa que refiere al odio de Dios por el pecado pero que pese a ello ama al pecador. El texto lo dice muy claro: Dios odia a todos los trabajadores de iniquidad. 

Esos románticos de la Divinidad se imaginan una secuencia en el cielo, donde el Todopoderoso dialoga con Judas Iscariote respecto al momento de su traición en la tierra, diciéndole cuánto odiaba Él ese pecado pero cuánto lo amaba por ser discípulo de Cristo. A fin de cuentas, Jesucristo pagó por todos los pecados de toda la gente en este mundo. Pero no, tal imagen refleja la necedad teológica de la expiación universal absoluta. El malvado se jacta de sus pecados, como el religioso devoto del maestro de mentiras se regocija en su falsa doctrina. Cuando el malvado piensa en su salvación, por no poderse alejar de su engreimiento natural, se gloría en él mismo como consumador de su acto de fe. De hecho, supone que sus propias obras ayudaron a Dios en su rescate.

Tal vez dirá alguno que Jesucristo hizo todo en la cruz, para proporcionar gracia para todo el mundo, pero que la gente rechaza esa oferta gratuita lanzada en el Calvario. Se olvida quien así piensa que su condición de muerto en delitos y pecados no le permite ver ni comprender la gracia de Dios. Así que urge el nuevo nacimiento, pero para eso nadie es suficiente; entonces conviene por necesidad que el Espíritu de Dios opere el cambio del corazón en el ser humano. La pregunta final sería: ¿por qué no todos son transformados? De nuevo, el insensato nos recordará que no todos quieren. Pero la respuesta correcta de acuerdo a la Biblia descansa en que ninguno puede y que aquello depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

Ah, el círculo se completa a continuación: el insensato vuelve a preguntar: ¿Por qué Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? El que se ufana de sus obras argumenta que Dios hizo su parte pero que él hace la suya, que Dios puede en su soberanía respetar el libre albedrío de sus criaturas. Así que cada quien decide al final qué hacer con la gracia ofrecida. Esta argumentación cae dentro de la obra o el trabajo de iniquidad, obra que Jehová odia tanto como a su trabajador. Ni la fe, ni la gracia, ni la salvación dependen de nosotros, sino que todo ello viene como un regalo de Dios (Efesios 2:8), a quien Él quiere darlo porque no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2).

La verdad se contrapone a la mentira; el maestro enviado por Dios se diferencia del falso maestro. El evangelio tiene su contrario en el falso evangelio, así como Cristo en el anticristo. Nuestra seguridad descansa en la verdad anunciada, que Cristo murió por todos los pecados de todo su pueblo de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). Así que esa muerte exige la redención de todos aquellos a quienes el Señor representó en ese madero, cuando al tomar nuestros pecados nos proporcionó su justicia. De los que el Padre le dio al Hijo (y le daría) no ha perdido ni perderá ni uno solo; todos ellos han sido guardados en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor que todos (Juan 10: 28-29).  

Dentro del grupo de los malos que son odiados por Dios destacan los que hablan mentiras. Sabemos lo que la mentira significa para nosotros cuando nos levantan falso testimonio, cuando con falsedades nos difaman y confunden. Esto duele profundamente, más cuando proviene el daño de gente de nuestro afecto. El Señor fue traicionado por Judas, el que de su pan comía, si bien ya sabía que lo había escogido como diablo. Pero Judas fue un engañador y un mentiroso por excelencia. Existe un grupo de personas que hace un daño mayor al de Judas, al que nos han hecho cuando nos calumnian, porque hablamos del daño al alma humana. Si alguien le presenta un evangelio diferente al expuesto por Pablo o por el resto de las Escrituras, ha de ser considerado maldito. Maldito el falso evangelio pero maldito por igual su transmisor, como maldito habrá de ser el que se cobija en su sombra y lo asume como valor agregado a su vida. Ese nuevo prosélito del falso maestro recibirá doble condenación, como Jesucristo afirmó de los prosélitos encontrados por los viejos fariseos. 

Acá hablamos de la mentira respecto a la salvación del alma, respecto a la gloria del Hijo, respecto al propósito eterno del Padre. Por igual hablamos de la falsedad levantada contra el Espíritu Santo, los que en nombre de un falso espíritu pregonan doctrinas de demonios. Dios odia a esos mentirosos, tal vez más que a los demás mentirosos. No en vano se ha proferido un ay contra los que dicen paz cuando no la hay, o cuando se le dice bueno a lo malo y a lo malo se le dice bueno. 

Si recordamos las palabras del Señor respecto a Satanás, cuando dijo que él se define como un homicida desde el principio, tenemos que entender que aunque Adán no murió el mismo día de su infracción sí que se produjo una muerte espiritual en cadena. En Adán todos mueren, así que el homicidio satánico toca el alma humana. Cualquier maestro de mentiras trabaja para su padre el diablo, de allí que Pablo maldijera tanto la herejía como al hereje y a sus discípulos. La verdad ha salido de la boca del Padre, a través de sus profetas, por medio del trabajo de muchos a través de los siglos. Con la llegada de Jesucristo a la tierra se dio cumplimiento a la promesa sobre la Simiente, de la cual tuvimos la encomienda de predicar este evangelio por todo el mundo. El amor por la verdad lo coloca Dios en los corazones de sus ovejas, pero el rechazo por la misma cabalga en las almas de los incrédulos. Cuando la verdad se resiste se pone de manifiesto su falta de amor por la misma, así que Dios envía desde el cielo un espíritu de estupor (engaño, de mentira) para que las personas que por no tuvieron amor por la verdad se recreen en la mentira, para que  sigan hasta el final con su pseudo evangelio (2 Tesalonicenses 2:11-13).

Pero la imitación tiene su límite, ya que al perverso no le gusta andar en los caminos del justo. El ángel de luz que disfraza a sus ministros, también odia el camino de la rectitud. La palabra de Dios tiene aplomo y línea exacta, así que el mismo Hijo de Dios resistió al diablo en su prueba cuando en tres ocasiones le respondió conforme a las Escrituras: Escrito está. Y aunque el diablo, en forma retórica, también le citó las Escrituras, lo que dijo estuvo fuera de contexto, de manera que el Señor le señaló las verdaderas circunstancias contextuales de su palabra para desvanecer las intenciones del maligno. Los homicidas de almas que pregonan un evangelio diferente, con un Jesús diferente, con una expiación diferente, aman colocar textos fuera de contexto, como lo hizo Satanás. Así que volvámonos a la ley y al testimonio, para poder velar con propiedad, para estimularnos a orar conforme a la verdad y vencer la tentación. Cuando esto hagamos sabremos una vez más que Dios nos ama.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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