Mi?rcoles, 17 de noviembre de 2021

El olor del conocimiento de Jehová llega a todos los lugares por medio de los creyentes. El aroma de la verdad gusta a la humanidad, por esa razón la ciencia aparece y avanza, más allá de sus hipótesis fallidas o de sus asunciones falsas. El ser humano desea conocer, cuánto más no desearía el hombre llegar a conocer a su Creador. No en vano, a lo largo de la diversidad cultural humana, se levantan monumentos a lo que el hombre ha conocido como Dios. Incluso los viejos griegos tenían uno erigido al Dios no conocido.

Nos preguntamos en qué manera puede un creyente llegar a identificarse con el grato olor ante el Señor. La manifestación del Dios escondido, la rendija por donde podemos verlo, puede compararse con los ungüentos que despiertan en la memoria la consciencia del rastro divino que vincula al hombre con su Creador. El evangelio de Cristo pareciera el frasco abierto del perfume, lo que despierta el espíritu y el alma de cada oyente o lector. 

La vida eterna consiste en conocer al Padre, y a Jesucristo como el Mediador enviado. El conocimiento de la vida y la obra de Jesús importa mucho, ya que por medio de ese saber el Siervo Justo justificará a muchos. Entendemos que esa vida comienza acá, en nuestra historia, a partir del evangelio o mensaje de salvación. El olor presupone un antagónico, el hedor, así como el evangelio tiene su contraparte, el mensaje del extraño. Pero el mal olor por naturaleza se rechaza, al generar malestar en los que lo huelen. La mentira tiene su emanación volátil que se opone al olor de la verdad. Desde la perspectiva del creyente, toda mentira genera rechazo, en especial la doctrina herética que surge del pozo del abismo y que la Biblia denomina doctrina de demonios. 

El mensaje de la vida eterna viene identificado con la fragancia de Dios, por cuya razón el creyente como carta abierta anuncia el mensaje de continuo, por cuya acción se constituye en grato olor de Cristo para la Divinidad. Resalta el hecho de que Pablo escribiera que el olor de muerte para muerte se identifica por igual con el grato olor. Ante nosotros, de seguro, el olor de la muerte se convierte en un hedor, un olor penetrante y desagradable. No queremos ver la muerte de nuestros seres queridos, no deseamos oler sus emanaciones metabólicas putrefactas sino que quisiéramos la vida plena de ungüentos aromáticos. 

Pienso que la razón por la que el apóstol nos dice en forma tan enfática y sin disimulo que aún el olor de la muerte para muerte, en los que se pierden, aparece grato para Dios, se debe a que se cumple su voluntad agradable y perfecta. Ese olor de muerte se identifica con su justicia eterna, con el propósito de la exhibición de su ira contra el pecado no perdonado, en contraposición al pecado expiado que Jesucristo hiciera en todo su pueblo. 

Si Pablo hubiese dicho que Dios no decretó cuanto le acontece al réprobo en cuanto a fe, de seguro hubiese cambiado su escrito. Tal vez habría dicho que seríamos mal olor en los que se pierden, argumento que se desprende del verso 17. Allí escribe Pablo que muchos falsifican la palabra de Dios, de seguro para decir que Dios se propuso salvar a toda la humanidad, sin excepción, así que los que se pierden lo hacen por voluntad propia y por lo tanto son un olor ingrato ante el Señor. No, el apóstol se aparta de esos falsificadores del evangelio, de los que dicen paz cuando no la hay, de manera que continúa en el plano de la verdad para afirmar que aún los que se pierden eternamente representan un olor grato para Dios. 

Ese olor grato, a pesar de la muerte, proviene del evangelio que se predica. Recordemos que Dios nos huele en Jesucristo, así que cuando llevamos este mensaje a todo el mundo, se destapa el perfume grato de su palabra. Esa palabra salva y condena, sin que regrese nunca vacía. Esa palabra lleva un resultado grato a Dios por cuanto hizo aquello para lo que fue enviada. Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié (Isaías 55:11). 

El texto de Isaías sale del contexto de la promesa de Jehová a todos los sedientos, para que vengan a las aguas a beber de gratis, para que los que tienen dinero compren sin pagar precio alguno. Este llamado se hace todavía para deleite de vuestra alma, se pide que busque a Jehová mientras puede ser hallado, mientras esté cercano. Se agrega que el impío deje su camino y el hombre inicuo abandone sus pensamientos, que se vuelva a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y será amplio en perdonar. 

El Señor ha hecho todo lo que le ha placido (Salmo 115:3), hizo a Jacob como objeto de su amor pero hizo por igual a Esaú, como objeto de su odio. Dios exige plena obediencia a su ley, así que nadie califica por causa de su naturaleza pecaminosa. En su voluntad inquebrantable se formó un pueblo para Sí mismo, como herencia para el Hijo: los hijos que Dios me dio, el linaje que vería como premio por su trabajo. Una maldición pende para todos aquellos que confían en sus obras y no son capaces de hacerlas perfectas (Gálatas 3:10). 

El hombre caído está destituido de la gloria de Dios (Romanos 3:23), pero Dios escogió en adopción a un pueblo, para ser real sacerdocio, nación santa, para anunciar las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a la luz admirable (1 Pedro 2:9). El Dios que condena al imperfecto salva a su pueblo a través de la perfección de su Hijo, el cual se ha manifestado como la justicia de Dios (1 Corintios 1:30; Romanos 3:22; Jeremías 23:6). Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21). 

Por ser Jesucristo totalmente Dios y totalmente hombre, se convirtió en el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). Podemos preguntarnos a qué vino Jesús al mundo, para encontrar la respuesta sencilla de que su objetivo en este mundo fue y es el de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). La vida eterna está en el Hijo de Dios, así que todo aquel a quien el Padre enseña este evangelio, habiendo aprendido, vendrá al Hijo como el enviado del Padre. Jesucristo, en consecuencia, no lo condenará sino que lo resucitará en el día postrero. Para Dios el olor de vida y de muerte viene a ser grato en Jesucristo; para nosotros, simples mortales, nos convendría ser grato olor de vida para vida.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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