Martes, 16 de noviembre de 2021

El creyente sabe por la gracia de Dios que no tiene nada que haya merecido. Recibir de gratis implica no haber tenido nada que pagar el receptor, más allá de que lo recibido se precie como lo de mayor valía. Jehová no dará su gloria a nadie, así que vano resulta el atribuirnos parte de la redención del alma. Ni siquiera nuestra voluntad cuenta, ya que muertos en delitos y pecados, como de olor putrefacto, el hombre natural no puede discernir las cosas espirituales de Dios. A él le parecen una locura, así que las rechaza; ¿cómo hubiésemos podido en semejante estado haber aportado nuestra estéril voluntad?

Hizo falta la renovación por el Espíritu de Dios, el nacimiento de lo alto por obra sobrenatural, no de voluntad de varón sino del Señor. Así que ¿quién puede llegar a creer? Solamente aquellas personas que son visitadas por el Espíritu del Señor, por medio de la predicación de su palabra. Entonces, dirá cualquiera: ¿por qué no visita a todos los miembros de la raza humana? La respuesta sigue hasta ahora la misma ruta marcada: ¿Quién eres tú para altercar con el Creador? No eres más que un poco de barro en las manos del alfarero (Romanos 9).

El creyente reconoce que de no haber sido por la gracia de Dios hubiese sido como cualquier habitante de Sodoma, como un soldado del viejo Faraón, como aquellos prediluvianos que perecieron bajo el castigo de las aguas. Esa gracia de Dios nos tumba hacia el polvo para humillarnos, al descubrir que no hemos podido hacer ni un ápice para nuestra salvación. Esta conciencia acerca de nuestra limitación espiritual bastará para que pasemos la eternidad agradecidos por una dádiva tan elevada como inmerecida. Ni siquiera los ángeles caídos, que son superiores en fuerza y majestad a los humanos, fueron objeto de la misericordia divina. En cambio, nosotros, los que les somos inferiores en poder obtuvimos una misericordia generosa.

Esa es la razón por la cual nosotros obedecemos a Dios en una manera distinta a como los ángeles caídos lo hacen. Ellos creen que Dios es uno, y tiemblan, pero obedecen con maldad haciendo el trabajo encomendado (Véase el libro de Job, por ejemplo). Los hombres de religión que se han acercado al cristianismo como doctrina, se disgustan con las enseñanzas de la soberanía de Dios. En Juan, capítulo 6, leemos que una gran multitud de discípulos del Señor, los cuales habían sido beneficiarios de un milagro majestuoso, aquel de los panes y los peces, se retiraron del lado de Jesús molestos por sus palabras. 

Aquella enseñanza del Señor hablaba de la impotencia humana para seguirlo a él. Estaba a punto de demostrarlo con hechos, precisamente con aquellos que habían vivido uno de sus maravillosos milagros. Esa gente lo seguía por mar y tierra, lo buscaban para escuchar sus discursos. Pero cuando el Señor les dijo que ninguno podía venir a él si el Padre no lo trajere, para que él lo resucitara el día postrero, esa muchedumbre se escandalizó. ¿Cómo es eso de que no se puede ir a Jesús si ellos lo habían seguido de su libre arbitrio? ¿Acaso no les contaba a su favor su voluntad y conciencia de lo que habían visto y creído? Pero no, Jesús continuaba repitiendo su discurso y supo que les había ofendido. Vemos que en Juan 6:37 Jesús anuncia como premisa mayor que el Padre le da a él todo lo que quiere darle; en el verso 39 declara la voluntad del Padre, por la cual él había venido a esta tierra (verso 38): Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada… Pero los judíos murmuraban, como murmuran hoy día miles de autoproclamados cristianos. Fijémonos que la supuesta causa de murmuración de los judíos se centraba en el hecho de que Jesús había afirmado que él era el pan de vida, el verdadero maná que descendió del cielo; sin embargo, Jesús resaltó que la verdadera razón de su duda y murmuración respecto a si él era o no el maná del cielo se debía a la premisa mayor antes anunciada. De esta forma les recalcó la frase e idea que tanto les incomodaba: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). 

En el verso 45 refiere el Señor a lo escrito entre los profetas: que todos serán enseñados por el Padre (se entiende que todos los que el Padre le habrá de enviar), así que habiendo aprendido del Padre vendrán a Jesús. Como consecuencia de su discurso, los discípulos que lo seguían se ofendieron tanto que comenzaron a murmurar y empezaban a irse, así que el Señor les increpó el hecho de que ellos estuvieran ofendidos por su doctrina. En su alocución, el Señor les recalcó una vez más aquella frase que tanto los había molestado: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). 

Estas fueron palabras duras de oír para aquellas personas no enviadas por el Padre al Hijo, pero siguen siendo palabras fuertes, tan duras como una roca sólida, para los que hoy día no son enviados por el Padre al Hijo. Para las personas que hemos sido enviadas por el Padre al Hijo, la obediencia a sus mandatos constituye una alegría de espíritu, pero nunca una causa para ser salvos. Habiendo nosotros aprendido en la Escritura que el Dios del cielo y de la tierra nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo, con el objeto de hacernos herederos de sus riquezas en gloria, anunciamos este evangelio con gozo, a la espera de que sus ovejas oigan la voz del buen pastor. 

Algunos se preguntarán si acaso ellos ¿no creen que Jesús es Dios? La respuesta habría de encontrarse en otro examen acerca de qué tipo de Dios es en el que creen. No porque se diga que se cree en Jesucristo, el que murió en la cruz y resucitó al tercer día, se da prueba de la fe de Cristo. Los demonios creen y tiemblan, así que recordemos a aquellos judíos reseñados en Juan 6. Ellos creían en Jesús, lo seguían con vehemencia, habían presenciado sus milagros, milagros o señales que solamente un ser divino podría hacer. El único problema que le encontraron a Jesús fue su doctrina, aquella que hablaba de la soberanía divina en materia de salvación y condenación. Por lo demás, les encantaba su ética, su manera de argumentar, sus prodigios y misericordias para con los pobres. Era un gran líder ese Jesús, un profeta tal vez, alguien especial, pero tenía un pequeño problema con aquellas enseñanzas. 

Tal vez muchos creyentes hoy día tengan esos mismos problemas en sus asambleas, al punto de que murmuran de ellos y se sienten ofendidos por su doctrina. A nadie que no haya nacido de lo alto le gustaría que alguien se pasara el tiempo enseñando que el ir a Jesús no ocurre por nuestra propia voluntad, sino que se ha de ser enviado por el Padre. Esa es la razón por la cual esta doctrina está fuera de los púlpitos de hoy día (desde hace largos siglos), ya que ella incomoda a muchos teólogos y pastores que la han denominado doctrina repugnante.

Decir y repetir frases bíblicas no redime a nadie, ni siquiera hablar de la gracia del Señor. Lo que redime es la gracia de Dios que da oportunamente a aquellos que ha querido elegir desde los siglos para hacerlos un pueblo dado a su Hijo Jesucristo. No en vano Juan escribió en una de sus cartas que quien no vivía en la doctrina de Cristo no tenía ni al Padre ni al Hijo. Añadió el apóstol que cualquiera que le diga bienvenido a quien no trae tal doctrina, se hará partícipe de sus malas obras (2 Juan 9-11).

¿Quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Que nadie se gloríe ni en sus ministros del evangelio ni en ellos mismos, como si por medios propios alguien hubiese alcanzado el reino de los cielos. Cualquier gracia o bendición que se disfruta ha sido recibida de lo alto. Dios soberano actúa en su providencia para dar a cada quien lo que quiere dar, así que todo lo que se posea, como bien material o bien espiritual, procede de arriba. Aún los impíos tienen aquello que les ha sido provisto como medio para su impiedad, como la gloria del Faraón, de manera que Jehová haga caer su ira por su iniquidad cuando lo tenga decidido. Con mucha paciencia son soportados los vasos de ira, preparados para destrucción y exhibición de la justicia e ira de Dios. Los creyentes nos gloriamos en la misericordia de Dios, pero como algo que hemos recibido de Él. Nunca podremos colocar junto a la justicia de Cristo la nuestra, como si con ello añadiéramos a lo perfecto algo de lo que carecía, porque entonces no hubiese sido perfecto. 

¡Ay de los que han dicho y dicen todavía que ellos hacen la diferencia, ya que ellos pudieron resistirse a Dios y no lo hicieron! Semejante argumento debe demolerse con la palabra divina: Yo soy Jehová, ese es mi nombre; y Yo no daré mi gloria a otro (Isaías 42:8). ¡Ay de los que llaman repugnante a la soberanía de Dios, en materia de salvación y condenación! Así lo hicieron Arminio, Wesley, así lo repiten en sus corazones sus seguidores, pupilos que continúan la doctrina del maestro de mentiras. Por cierto, la doctrina de Roma sirvió como modelo para que se calcara en el protestantismo el perverso argumento del molinismo: que Dios se despoja de su gracia por momentos para que el hombre decida en plena armonía con su libre albedrío. Con razón les ofende la palabra y murmuran contra ella, al igual que lo hicieron sus similares judíos señalados en Juan 6. Los réprobos se reúnen con los réprobos para formar la Sinagoga de Satanás. Ellos son hermanos en Satanás, entre ellos mismos; las cabras no tienen parte con las ovejas, así que el Señor continúa con su clamor: Salid de Babilonia, pueblo mío.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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