Lunes, 15 de noviembre de 2021

Todos estuvimos en algún tiempo bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás (aquellos que mueren con ese fardo encima y aquellos que recibirán el llamado eficaz). Jeremías recibió una palabra de consuelo que podemos asirla para nosotros: Dios lo había amado a él con amor eterno. Lo hacemos propio porque somos sus hermanos y porque Dios es un acto puro en tanto eterno e inmutable. Pero Jeremías por ser nuestro hermano estuvo bajo la ira de Dios, lo mismo que nosotros o que los demás.

No planteo ninguna paradoja, simplemente la interrogante para intentar responder de acuerdo a las Escrituras. Jesucristo como Hijo de Dios tiene las cualidades de Dios, por lo tanto lo vemos eterno e inmutable. Sin embargo, al cargar con nuestros delitos y pecados en el calvario, nuestro Padre lo hizo pecado no habiendo cometido pecado alguno para descargar su ira sobre él, de manera que pudiéramos recibir a cambio su justicia.

¿Dejó de amar Dios a su Hijo mientras descargaba su ira en él? De ninguna manera, el Padre siempre le oía, el Padre había declarado que él era su Hijo amado en quien tenía complacencia. Dado que en Dios no hay mudanza ni variación, dado que se manifiesta como un Sí y un Amén, aceptamos el hecho de que siempre amó a su Hijo, con amor eterno como lo hizo con Jeremías. El sentimiento de enfado tan grande de parte del Padre contra el pecado que cargaba Jesús, hizo que lo abandonara por un instante. Dios era el Dios de Cristo mientras tomó la naturaleza humana, así que el abandono del Padre al Hijo en la cruz no supone una disolución de su esencia humana o divina, como si pudiera abandonar el objeto de su amor. 

El trabajo de Cristo en la cruz fue su propósito para venir a la tierra (Mateo 1:21) y su ordenamiento desde antes de la fundación del mundo estuvo prevista (1 Pedro 1:20). Hubiese sido irracional que por el cumplimiento de su trabajo encomendado el Padre lo hubiese dejado de amar; pero el Padre debía manifestar su rechazo al pecado que su Hijo representaba en ese momento, así que el Hijo percibió su falta de ayuda por unos instantes. Quizás este cuadro represente el aspecto más doloroso del trabajo de Jesús, un acto en solitario que sólo él podía realizarlo. Esa fue su prueba máxima, lo que tanto temía en Getsemaní la noche anterior cuando sudaba como grandes gotas de sangre. 

Sentirse lejos de la salvación y percibir que Dios no oye nuestro clamor debe ser la experiencia más demoledora para el creyente. David rogaba en su Salmo 51 que Jehová le devolviera el gozo de su salvación, suplicaba que no quitara de su presencia su Santo Espíritu. Gracias al rechazo del Padre hacia el Hijo, éste pudo recibir toda la ira que merecía su pueblo por causa de sus pecados. En esto se manifestó el amor de Dios para con nosotros, al enviar a su Hijo para que vivamos por él. 

El pecado que cargó Jesucristo fue el pecado de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. No cargó el Hijo con el pecado del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión, así que nadie podrá hablar del amor de Dios por los réprobos en cuanto a fe. La Biblia establece que el amor de Dios se manifestó en habernos dado a su Hijo para morir por todos sus amados (1 Juan 4:9-10). Los réprobos han sido odiados con odio eterno, mientras Jacob fue amado con amor eterno, porque Dios no cambia, y lo que decidió hacer lo hizo por el puro afecto de su voluntad. 

A muchos religiosos, incluidos teólogos, les fastidia esta posición tan radical de las Escrituras. Por decir cosas semejantes Jesucristo se quedó casi solo, ya que muchos de sus discípulos no soportaron las duras palabras de oír que proferían sus labios. Ellos se retiraron ante el discurso sobre la soberanía de Dios en materia de salvación, así que se fueron murmurando (Juan 6). Pero no hay mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:13). Observamos que Jesús ya puso su vida en rescate por muchos, y no lo va a volver a hacer, ya que una sola ofrenda por el pecado nos convenía. Así que los que son réprobos en cuanto a fe no pueden ver ninguna esperanza en el Calvario.

¿Puso Jesús su vida por Judas Iscariote, el cual era un diablo que iba conforme a las Escrituras? ¿Expió las culpas de Esaú, odiado por Dios desde antes de ser concebido? ¿Derramó su sangre en favor de aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo? ¿Hizo lo mismo por los gobernantes de la tierra en quienes Él ha puesto en sus corazones el dar el gobierno a la bestia? (Apocalipsis 17:17). ¿Fueron amigos de Jesús los amorreos, los fereseos, los habitantes de Sodoma y Gomorra, los que sucumbieron en el diluvio universal? ¿Eran objeto del amor del Padre aquellos habitantes del Asia donde Pablo tuvo prohibición de parte del Espíritu Santo de ir a predicar? (Hechos 16:6). Por supuesto, Pablo fue después cuando el Espíritu se lo encomendó (Hechos 19: 10 y 22), pero mucha gente pudo morir en la ignorancia del evangelio porque el Espíritu le prohibió ir allí al apóstol. 

En la crucifixión de Jesucristo Dios mostró su amor por los escogidos: en que siendo aún pecadores Cristo murió por ellos (Romanos 5:8). De nuevo, Jesucristo no murió por Judas Iscariote, entonces Dios no mostró su amor por Judas Iscariote. Cristo no murió por Esaú, entonces el Padre no amó jamás a Esaú. Si Cristo murió por todos los hombres, sin excepción, también murió en favor del hombre de pecado, del cual la Biblia lo describe como el inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás. 

Reflexionemos en las palabras oportunas de Pablo a Tito: Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es esta, y estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras (Tito 3:4-8). 

La manifestación del amor de Dios se hizo a través de Jesucristo, por la justificación que hemos tenido por gracia. Dios salvó a los que amó y lo hizo en forma gratuita, sin que nos costase algo, de manera que no tengamos de qué gloriarnos excepto en la cruz de Cristo. No dejó nada como trabajo nuestro, ni siquiera la decisión que tomemos, ya que un muerto en delitos y pecados no posee capacidad de conciencia para tomar decisiones. Si por gracia, no por obras. Esa es la justicia de Dios, si alguien la ignora colocará su propia justicia al lado: su propia voluntad, su decisión personal, su esfuerzo moral, su piedad religiosa, etc. Eso es obra en su conjunto, por lo cual la Biblia repite: no por obras, para que nadie se gloríe; y si por gracia, entonces ya no es por obras. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:09
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