Domingo, 14 de noviembre de 2021

La encomienda para cada creyente consiste en anunciar la buena noticia de salvación, a toda criatura, de tal forma que el que creyere será salvo. La Biblia agrega que el que no creyere ya ha sido condenado (Marcos 16:15-16). Este texto presenta dos intereses fundamentales, uno positivo y otro negativo. La buena nueva de salvación posee la marca positiva, pero su rechazo implica la marca negativa. Lo bueno y lo malo vienen indicados por un eje que los gobierna, el evangelio; vemos entonces que de gran importancia resulta tanto su anuncio como el acto de creerlo. 

Terrible noticia para los que rechazan el evangelio de Jesucristo, les aguarda un tormento eterno. La condenación presupone la entrega a la maldición perpetua, la presencia continua de los diablos en el sitio reservado para ellos. Para aquellas personas que desean conocer el evangelio les urge antes que nada que les sea anunciado, si bien ya fue descrito en el texto sagrado denominado Biblia. Pero existen muchos predicadores que presumen anunciar tal evangelio, aunque en realidad trabajan aliados con el predicador de mentiras. 

Hay quienes abaratan el mensaje para ganar simpatías, colectando nubes sin agua como trofeos que los engrandecen. Conviene resaltar que el evangelio no avergüenza, por la sencilla razón de que él representa la única vía para la salvación. El evangelio se puede ver como el poder que Dios utiliza para redimir al hombre muerto en delitos y pecados, a aquellos que oirán y obtendrán la fe que proviene de la palabra del Señor. En el evangelio aparece una demostración y exhibición de la justicia de Dios, para que el justo pueda vivir por fe.

¿Cómo puede alguien injusto convertirse en justo y vivir por medio de la fe? Simplemente a través del evangelio, ya que la justicia de Dios, la cual es Cristo, se le imputa al pecador perdido una vez que ha nacido de nuevo. Por supuesto, estamos hablando de un operativo sobrenatural donde también intervenimos como simples mortales que evangelizamos. El Espíritu da vida, pero la fe viene por el oír la palabra del Señor. Nuestro rol como creyentes se parece al trabajo del sembrador que esparce la semilla en diversos terrenos. 

Acá nos adentramos en la eficacia del evangelio como poder de Dios en cada persona que lo cree (que está creyendo). El que no lo cree ya ha sido condenado, pero el que lo cree pasa a ser hecho hijo de Dios. Nadie puede creer este evangelio si no lo oye (o si no lo lee, si nadie le informa), como se desprende del clamor de Pablo respecto a la necesidad de anunciarlo: ¿Cómo invocarán a aquél de quien no han oído? ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? (Romanos 8). Jesucristo agradeció al Padre por los que creerían por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes (Juan 17), mientras Pedro habló de la semilla incorruptible que hace nacer de nuevo (1 Pedro 1:23). 

Jesucristo dedicó mucho tiempo y energía para explicar su doctrina a quienes la oían. La Biblia enfatiza sobre la necesidad de conocer el evangelio y a su autor: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11); ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza…Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:13 y 16). Vemos que el entendimiento de lo que oímos se hace relevante para poder creer eso que escuchamos.

La religión como negocio dedica sus fuerzas para persuadir a las personas bajo el pretexto de que ella salva sus almas. Pero sus adeptos seguidores o prosélitos de esos líderes olvidan rápido lo que leen. Hay personas que pasan su vida asistiendo a sitios donde supuestamente los instruyen, sin examinar lo que escuchan y sin escudriñar el libro que llevan bajo el brazo. Esa conducta impropia conduce a una permanencia en la ignorancia del evangelio de Cristo. Hubo muchos discípulos de Jesús que presenciaron sus milagros y se entusiasmaron por sus palabras, pero cuando él les exponía su doctrina se fastidiaron y comenzaron a murmurar. Su reflexión final, antes de abandonarlo, decía que aquella palabra era muy dura y que nadie la podía oír (Juan 6). 

¿Qué resulta tan importante en el evangelio que pasa a ser materia de vida o muerte? Romanos 1:17 nos da la respuesta: en el evangelio se revela la justicia de Dios. Si el evangelio no revelara la justicia de Dios, la gente debería avergonzarse. En realidad, multitudes de personas han aprendido un evangelio diferente de parte de un dios diferente. Los predicadores de ese falso evangelio son llamados extraños, maestros de mentiras, falsos profetas, lobos disfrazados de ovejas. El resultado obtenido por los que siguen la falsa doctrina resulta vergonzoso, ya que ese evangelio junto a ese dios no los puede salvar. 

Si el verdadero evangelio se revela como el poder de Dios para salvar al creyente, el falso evangelio no ha salvado un alma todavía. El verdadero evangelio presenta a Cristo con el trofeo de los hijos que Dios le dio, del linaje que ha visto y verá, de las almas de su pueblo que vino a salvar. El evangelio falso con doctrina falsa solamente presenta al infierno como presea de ese falso dios que siguen los engañados. ¿Quiénes son los engañados? Son los que no reciben el amor de la verdad, por lo cual Dios les ha enviado un poder engañoso para que crean la mentira y terminen de perderse.

Ignorar la justicia de Dios presupone instalarse en la propia justicia. No existe una casilla vacía en el modelo de justicia: o tenemos la de Dios o colocamos la nuestra. El problema con la nuestra ha sido mencionado en la Biblia una y otra vez: no sirve para nada, se asemeja a trapos inmundos, es una justicia podrida propia de los muertos en delitos y pecados. Así que necesitamos la justicia divina, la cual es Jesucristo. El Hijo de Dios cumplió toda la ley, lo cual lo calificaba para representar como Cordero sin mancha a todo su pueblo en la cruz. 

Cuando el maestro de mentiras predica su falso evangelio, diciendo que Jesucristo representó en la cruz a toda la humanidad, sin excepción, y no solamente a su pueblo que vino a redimir, no revela la justicia de Dios con sus palabras. La misión de Jesucristo estuvo definida en las Escrituras, ya que murió conforme a lo que ellas decían y puso su vida en rescate por muchos (no por todos). Asimismo, dio su vida para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21) y no al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Pero estas palabras todavía parecen duras de oír y los maestros de mentiras las aborrecen. 

En síntesis, conviene conocer cuál es la justicia de Dios revelada en el evangelio, de otra manera la promesa de salvación no se alcanza. El evangelio viene como buena noticia para el pueblo que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a su planes eternos e inmutables. Nosotros los creyentes continuamos con su anuncio a toda criatura, para que aquellos entendidos entiendan, para que las ovejas que sean llamadas por el buen pastor lo sigan. Pero el mundo se muestra enemigo del evangelio de Cristo, mientras Satanás, su príncipe, se empeña en presentar un evangelio diferente. Así que examinen las Escrituras para ver si encuentran en ellas la vida eterna y alcanzan a ver su testimonio: Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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