S?bado, 13 de noviembre de 2021

Hay quienes sostienen que hubo una elección hecha por el Dios soberano de las Escrituras, pero que su Hijo vino a sufrir por los pecados de aquellos que no fueron escogidos para vida eterna. Esto les suena justo, acorde con el humanismo teológico en el que militan, porque de esa manera el Dios Omnipotente cumplió con todos. Sin embargo, en la Biblia encontramos textos que desmienten semejante asunción teológica, con el énfasis en el amor eterno del Padre para con su pueblo.

Los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13), verá linaje (Isaías 53:10), para que dé vida eterna a todos los que le diste (Juan 17:2), Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no lo echo fuera (Juan 6:37), Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6: 44), Y dará a luz un hijo, y pondrás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26), Yo soy el buen pastor, el buen pastor su vida da por las ovejas (Juan 10: 11). El Padre nos escogió en Cristo, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3), en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5), en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados (Efesios 1:7), En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:1). 

Podríamos concluir la cita de textos bíblicos con este último: Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17:9). Jesús no solamente murió en forma exclusiva por su pueblo, sino que oró al Padre diciéndole que no le pedía por el mundo. ¿Cuál mundo vino a ser el referente de su plegaria en negativo? Aquel mundo no amado por el Padre, ya que el mundo que el Padre amó (Juan 3:16) sí que fue representado por Jesús en la cruz.  

El Padre descargó su ira contra el Hijo, al llevar todos los pecados de todo su pueblo. De esa manera el Dios del cielo y de la tierra no nos cobrará por nuestras deudas, pero sí que le cobrará a aquellos a los cuales el Hijo no representó en la cruz. Ese mundo por el cual el Señor no rogó tiene su equivalencia en aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Esas personas no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, mas bien tienen la ira de Dios sobre sus vidas. Esta situación teológica ha hecho a muchos revirar y dejar a un lado al Señor, al considerarlo injusto y con palabras duras de oír. 

Estos objetores se hacen siempre la misma pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esaú fue odiado por Dios antes de que hiciese bien o mal, antes de que fuese concebido (Romanos 9:11-13), lo cual ha levantado la polvareda en el caminar de los seres humanos que leen las Escrituras. Dios dice que Él ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira que preparó para destrucción (Romanos 9:22). 

Frente a estas evidencias bíblicas no cabe afirmación de una muerte universal por parte de Jesucristo. Isaías dijo que si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan solo el remanente será salvo (Romanos 9:27). Y si estaba escrito que solamente un remanente sería salvo, si el Señor habló de manada pequeña, de que pocos serían los escogidos, ¿cuál sería la razón para sufrir por el pecado de los que nunca han sido ni serán objetos de su gracia?

Si Cristo murió por todos, sin excepción, la carga de la prueba de la redención la tendría el ser humano. En tal sentido, el hombre tendría de qué gloriarse, ya que la diferencia entre cielo e infierno radicaría en su propia voluntad. No olvidemos la descripción divina respecto a la raza humana: ella murió en sus delitos y pecados, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno; todos se desviaron, cada quien corrió por su propio camino, pretendiendo hacerse sabios se hicieron necios. Todavía continúa la descripción agregando que la justicia humana se asemeja a trapos de mujer menstruosa. 

Ante tal descripción de la condición natural humana, no cabe otra solución que una intervención divina. El cambio del corazón de piedra por uno de carne se hace imperativo, lo que se llamaría la circuncisión del corazón. Ese nuevo nacimiento lo realiza el Espíritu de Dios, sin mediar voluntad humana (Juan 1:13; 3:3). Pero una cosa también muy segura deriva de lo expuesto, que aquellos que no creen en la elección incondicional del Señor para con su pueblo ¿cómo pueden percibir la elección de ellos mismos? Dios no deja a su pueblo en la ignorancia de su evangelio, sino que le da al convertido la comprensión del significado del evangelio. Una de las funciones de este Espíritu  consiste en conducir al creyente a toda verdad y en recordarnos las palabras del Señor.

Pablo se pregunta ¿cómo un individuo podrá invocar a aquél de quien no ha oído? ¿O cómo oirá alguien sin haber quien le predique? Jesús dijo que nadie iría al Padre sino por él; la Biblia nos predica que el que no cree el evangelio está condenado. Existe una insistencia bíblica respecto a arrepentirse y creer el evangelio. Esto pertenece al ámbito de las prescripciones divinas, un deber de cada ser humano. Más allá de su inhabilidad natural, a partir de los textos descritos anteriormente,  el deber ser y la responsabilidad humana pesan como una espada sobre cabeza del ser humano. Dios habilita a algunas personas, aquellos que son su pueblo elegido, para que salgan de la muerte como Lázaro. A ellos los despierta y les saca el peñasco del corazón para colocarle uno de carne, pone su Espíritu para que sean conducidos a la verdad del evangelio, cuyo centro gira en torno a la expiación de Jesucristo. 

No pensemos por un momento que los que hemos nacido de nuevo podemos vivir en la ignorancia de la doctrina de Jesucristo, como si el Espíritu negligentemente olvidara la función pedagógica para con los que son suyos. El entendido entenderá, el que está limpio comprenderá, pero el que continúa en su muerte espiritual no podrá discernir las cosas propias del Espíritu de Dios. Creer en Jesucristo implica conocerlo, tanto en su persona como en su trabajo. Los demonios creen y tiemblan, porque conocen su persona y saben que es un Dios justo y justiciero, que condenará todo pecado que sale del corazón humano y angelical. Pero los demonios desconocen el trabajo del Señor, aunque saben a qué se refiere; ese desconocimiento toca el ámbito de la intimidad con su obra, ya que ésta no fue realizada en pro de ninguno de ellos. 

Parte de los seres humanos sí que tienen de qué gloriarse de la cruz de Cristo, aunque muchos no lo saben todavía. Estas últimas ovejas andan extraviadas por el mundo y no han sido llamadas todavía con el llamamiento eficaz de la voz de Cristo. Una vez que el buen pastor les dirija su voz, ellas huirán del extraño y seguirán al Señor por siempre. Esta enseñanza de Jesucristo nos da a entender que no existe la posibilidad de seguir a Cristo y después al extraño. Aquellas personas redimidas no podrán ser acusadas de que por ignorancia anduvieron tras los maestros de mentiras, tras las doctrinas malditas. No podrán tener tal inconveniente por cuanto han sido redimidas y liberadas en forma absoluta. 

En cambio, los que deambulan de una doctrina de error en otra, aunque se disfracen de corderos, tienen la coherencia del engaño y no han nacido de nuevo. En otros términos, no son nuestros hermanos sino que entre ellos son hermanos en Satanás. Si usted juzga como impropio el que se crea en Jesucristo como alguien que no es Hijo de Dios, que no es coeterno con el Padre, que no perdona pecados, de seguro entenderá que tampoco se puede creer en el Cristo que murió por todo el mundo, sin excepción, pisoteando su propia sangre. 

Si Cristo murió en forma universal por cada persona del planeta, entonces su fracaso se ve desde lo lejos y el infierno ha pasado a ser su monumento al error. Ese falso Jesús supuestamente redime pero no libera, por haber realizado una salvación en potencia y no actual.  La Biblia nos enseña que el Señor murió por todos los pecados de su pueblo y no por los del mundo, por el cual no rogó (no lo hizo ni por Faraón ni por Judas Iscariote, ni por el gran número de personas que fueron destinadas para tropezar en la roca que es Cristo). Si el hombre muerto en pecados no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, siendo una oveja destinada para salvación, la palabra vivificante del Señor le dará vida para que comprenda y su Espíritu no lo dejará en la ignorancia del evangelio. Pero en ese caso tendría que ser uno de los elegidos que el Padre enseñó para ser enviado hacia el Hijo.

Todo redimido ha sido liberado de las tinieblas de Satanás, de la cárcel de la ignorancia del mundo. Por haber pasado de muerte a vida ahora celebra su gusto por la palabra del Señor y se alimenta de ella. Por lo antes dicho, esa persona que huye del extraño ya no conoce más su voz, así que no le dirá bienvenido a quien no traiga la doctrina de Cristo. Esa persona ha pasado a formar parte de la congregación de los justos y será preservada en las manos del Señor y en las manos del Padre, para que nadie las arrebate de ese lugar de seguridad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:27
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