Jueves, 11 de noviembre de 2021

Uno de los puntos teológicos marcados en la Reforma Protestante, que también fue extraído de la Biblia, refiere al pecado inherente en la naturaleza mala, denominado teológicamente la depravación total. David como profeta de Dios aseguró que él había sido formado en maldad y concebido en pecado, así que hablaba de sí mismo, pese a que era un hombre conforme al corazón de Dios. Jeremías afirmó que el hombre natural posee un corazón perverso, más que todas las cosas, y engañoso. También se escribió que el hombre no tiene justicia propia, no hace lo bueno y está muerto en sus delitos y pecados. 

La herencia que nos dejó Adán fue la corrupción del pecado, así que cualquiera que es nacido de la carne sigue siendo carne (Juan 3:6). La carne se contrapone a la gracia del nuevo nacimiento por el Espíritu, anunciando que todos nosotros somos por naturaleza hijos de la ira. El vector del pecado fue Adán, quien también trajo la muerte como paga; así que todos pecaron (lo cual incluye a los niños en cualquier edad). Ya lo había afirmado David, al hablar de su concepción y de su formación desde el nacimiento. Por esta razón surge la culpa, aunque el ser humano intente ocultarla como lo hizo Adán tras los matorrales del Edén. 

La depravación total implica corrupción de la naturaleza humana, lo cual se muestra como consecuencia del pecado. Hablamos de la lepra espiritual, la insensatez del alma: ¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer? ¿Cuánto menos el hombre abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua? (Job 15:14-15). Acá hablamos de extremos, como sigue planteándonos la Escritura. La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad. Todos los hombres llegan a conocer a Dios por la creación del mundo, pero no lo glorifican como a Dios, ni le agradecen, sino que se envanecen (Romanos 1). Pero en cambio, tenemos el caso de Balaam, el profeta que había conocido de cerca a Jehová, alguien que no militaba en la vileza del alma, como los paganos descritos por Pablo, pero que por igual intentó maldecir a Israel a cambio de bienes perecederos (Números 22:6). 

Si la depravación humana pasó a todos por medio de Adán, la justicia de Jesucristo pasó también a todos los que le pertenecen. En Adán todos mueren, pero en Cristo todos viven. Mucho cuidado con el contexto, ya que ese todos se restringe al referirse al Hijo de Dios. Sabemos que Jesucristo oró por su pueblo, dio su vida por sus ovejas, no rogó por el mundo que no iba a representar en aquella dolorosa cruz. Balaam no fue incluido en el plan de redención, tampoco Judas el traidor, ni el Faraón de Egipto. Los millones de personas que han muerto en la ignorancia de su vanidad no poseyeron jamás la justicia del Señor, por cuanto sus nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Todos ellos se definen como los ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

Gentiles y judíos participan de la corrupción endogámica o innata (no hay justo ni aún uno). Vemos los extremos, el pecador pagano entregado a su corrupción natural (Romanos 1) y el pecador bajo la ley divina (Balaam), conocedor y partícipe de la bondad del servicio al Altísimo.  

Cualquier no regenerado juzga o valora ciertas cosas espirituales como buenas. Lo hace el pagano más monstruoso al degustar el sabor de lo que le parece correcto, ya que la ley divina mora en su corazón para que su conciencia le acuse. La literatura griega nos da el ejemplo de Edipo Rey, un hombre que por sus actos corruptos se saca los ojos y se destierra en base al dolor de su mal cometido. Edipo no tenía el conocimiento de la ley de Moisés por lo que nos sirve de ejemplo de alguien dentro del paganismo que supo del beneficio del bien frente al mal.

La persona regenerada pone su confianza en Dios, para declarar sus obras. Asaf concluyó después de su prueba glorificante que no tenía en los cielos sino a Jehová, y que fuera de Él nada deseaba en la tierra (Salmo 73:25). Muchas cosas en la tierra son deseables, como las riquezas, la salud, los amigos, el alimento, pero nada comparado con la presencia de Dios, de su Hijo y del Espíritu. Si bien el reino de Dios y su justicia nos garantiza muchas de las cosas deseables, lo más deseable que aquellas cosas son los sujetos de ese reino: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. El cielo mismo no nos haría dichosos sin la presencia de Dios nuestro Padre, el que nos adoptó como hijos, el que nos hermanó al Cristo eterno, el que nos selló con el Espíritu. 

El no regenerado tiene su consuelo en esta tierra, o en una ilusión llamada cielo que le ha sido ofertada por los maestros de mentiras. Balaam valoró más la posibilidad de las riquezas terrenales; al haber saboreado las delicias celestiales pensó obtener todo de un solo bocado. Intentó pactar con el Todopoderoso ofreciéndole holocaustos, para ver si le permitía por un instante maldecir a Israel y ganarse el favor de Balac. A fin de cuentas el profeta conocía que su maldición sería de palabra solamente, ya que el llamamiento del Señor pasa por irrevocable. Los que conocen el evangelio y aman la mentira recibirán el espíritu de estupor para que terminen de perderse. 

Balaam había obtenido una conversión externa, con el aprendizaje de una técnica de servicio a Jehová. Tenía una mente carnal en enemistad contra Dios, sin poder sujetarse a la ley del Señor.   Juzgó los asuntos carnales como mejores que las cosas espirituales, ya que concordaban con sus apetitos sensuales y su corrupción de espíritu. Como la puerca lavada que vuelve al fango, como el que se introduce en una piscina de lodo para sacarse el lodo, en el esquema herético de Balaam la creencia en la doctrina pasaba como un asunto secundario. Le interesaba la forma y la técnica religiosa aprendida, al punto de que había olvidado la importancia de conocer a aquel a quien decía servir. 

Este peligro de apoyarse en la experiencia religiosa viene como un malentendido en aquellas personas a quienes el Señor no les tomará en cuenta sus milagros en su nombre. Cuánto interés en la práctica de un cristianismo positivo que promete riquezas, pruebas extrasensoriales a través de esquemas prácticos que le garantizan al prosélito por momentos la tranquilidad de pertenecer al ámbito de la religión de turno. Balaam creía en su salvación aunque permanecía lejos de la doctrina de Jehová. A fin de cuentas tenía datos acumulados, fechas en las que había hecho holocaustos, reconocimiento en los pueblos donde había profetizado en nombre de Jehová. En fin, había realizado el recorrido de un ministerio religioso completo. 

Miles de confesos cristianos deambulan por el mundo con el apoyo de su convicción de pecado, con su moral adaptada a un alto estándar. De inmorales se convirtieron en gente aceptable, después de la supuesta transformación espiritual, la que no fue otra cosa que un cambio de religión. Han asumido seguir a Cristo a quien desconocen, de quien no aceptan su doctrina bajo pretexto de que lo aman con el corazón. De esta manera sacrifican la médula del evangelio, la expiación del Señor, su alcance en favor de todo su pueblo, lo que no sirvió para la expiación del mundo por el cual no rogó. Pero ellos dicen que les resulta muy difícil y dura de oír esa palabra, así que le dejan ese tema a los teólogos y ellos prefieren la emoción antes que la razón. 

Si Balaam hubiese razonado adecuadamente se habría dado cuenta de que lo que pretendía rayaba en la estupidez: pedirle a Jehová maldecir a Israel por un momento, para ganarse el favor del rey Balac. Ah, pero Balaam también descansaba en sus emociones, en su hoja de servicios, así que se apoyó en su propia prudencia y negó la doctrina que nunca quiso entender. Tal vez el cambio moral en Balaam no se vio tan dramático en su conversión externa, tal vez no venía del paganismo reseñado por Pablo en Romanos 1. Pero militaba en la carne y supuso que el barniz de la cultura religiosa lo hacía apto para el reino de los cielos. 

La emoción religiosa de Balaam sustituía la doctrina del Señor, lo cual demostraba que su formación en maldad prevalecía por su corazón de piedra. Tenía una experiencia mística ligada a una praxis religiosa tradicional. Su intelecto no conocía al Dios al que pretendía servir, dado que su corazón no había sido regenerado. Los designios del pensamiento del corazón de Balaam eran de continuo el mal (Génesis 6:5). A Balaam, como a todos los inicuos, le llegó la cortante espada de Jehová. Esa espada de dos filos, que penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12). La doctrina de Cristo también se discierne con el corazón, de manera que se cae la falacia de amar a Cristo con el corazón pero dejar a los teólogos los asuntos del pensamiento. Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10:10).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Publicado por elegidos @ 4:51
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios