Martes, 09 de noviembre de 2021

La metáfora se considera como una figura retórica de pensamiento, de tal forma que se represente por ella una realidad, un concepto, una idea, que siendo diferente guarda relación con lo que se requiere designar. Del griego μεταφορά (metaforá) pasa al latín metaphora, involucra por su étimo un desplazamiento, un traslado. Los términos prestados de la metáfora pueden poseer diversas propiedades, algunas de las cuales calzan muy bien con el propósito de la traslación buscada, pero otros pudiera llevarnos a disparidades. La Biblia está repleta de tropos y figuras, entre las cuales la metáfora resalta con gran distinción.

Jesús vino como el Logos eterno, así que habiéndose humanado intentó exponernos con medios naturales ciertas cosas de su doctrina, las cuales se mostraron duras de comprender, pero no por eso dejó de enseñarnos. Sin embargo, en una ocasión afirmó que si no creemos lo terrenal, ¿cómo comprenderemos y creeremos las cosas celestiales? (Juan 3.12). Cristo se comparó a una viña para decirnos que nosotros seríamos los pámpanos. Su primer milagro se relacionó con el vino, símbolo también de su sangre al conmemorar la cena del Señor. Pudiéramos examinar como lectores las características de esa planta, tal vez para contemplar su fragilidad frente a otras más robustas, pero su riqueza probada por su fruto. El ligamen entre la planta y los racimos de uvas deja entrever la dependencia de éstos con aquella; Cristo como Mediador se exhibe también en esta figura literaria. Pero aquella mediación no refiere solamente a la intercesión como labor del Hijo, sino que se extiende a la obra como producto de la fe del creyente. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras (Santiago 2:18). 

Existen bendiciones de gracia, alegrías celestiales que hemos de recibir a diario. Si Cristo se configura como la viña verdadera, nosotros dependeremos de su savia para llevar fruto y ser conocidos por ese resultado. La Biblia tiene admoniciones para refrenar nuestros descuidos, oigamos a Jeremías: Te planté de vid escogida, simiente verdadera toda ella; ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña? (Jeremías 2:21). Nuestras obras corruptas no alaban al Creador, así que aparecen como fuego extraño no ordenado por Dios. 

Destaca en esta metáfora, en la que el Señor se compara con la vid verdadera, el signo de humildad. No escogió un roble fuerte y elevado, o no prefirió lo imponente del cedro, sino que cambió aquella grandeza por la fragilidad de una planta sencilla, que debe ser sostenida por juncos para no dañarse en el suelo. Esto recuerda lo dicho por el profeta Isaías: Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos (Isaías 53:2). 

Si esa es la humildad en la vid verdadera, cuánta similitud debería encontrarse en sus pámpanos. Cuando Jesucristo se hizo ver como Mesías esperado, no apareció con el atractivo clásico de un rey (más bien entró en un pollino en señal de humillación). La gloria del unigénito Hijo de Dios no fue exhibida, excepto en el poder de sus milagros y en la sapiencia de sus palabras. Pero aquello gustó a unos y no a todos. El príncipe temporal que Israel aguardaba no vino a quitarles el yugo del imperio romano, sino a darles palabras de reprensión por no haber comprendido el sentido de la ley divina. 

Las circunstancias externas del Mesías deben darnos una tarea para pensar, al compararnos como sus pámpanos que estaremos siempre bajo las mismas circunstancias que la vid. Y si el fruto de la vid quedó como símbolo de su sangre, nuestro trabajo debe enfatizarse en el centro del evangelio: la expiación del Hijo de Dios, su sangre derramada por todos los pecados de su pueblo. Cristo murió conforme a las Escrituras, así que el Hijo rogó por los que el Padre le había dado y le daría, por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (sus discípulos). No rogó por el mundo, el que fue destinado a perdición (también conforme a las Escrituras), así que si somos el fruto del árbol bueno, nuestro evangelio debe reflejar la savia de la vid verdadera. 

El pueblo al cual vino Cristo (el que no lo recibió) se encontraba entregado al mundo, al ejercicio cotidiano de la política y de la religión de oficio. Sus líderes del Sanedrín se encargarían de mantener la ideología de pueblo sufrido frente a su diáspora anterior y a su ocupación actual. Aquello del Mesías prometido en el Génesis, o el hecho de que en Isaac vendría la Simiente, quedó en la ignorancia de sus doctos en religión. Nicodemo ni siquiera recordaba lo que significaba nacer de nuevo, la circuncisión del corazón, el cambio del corazón de piedra por uno de carne. Pero todos veneraban a Jehová, a su ley, y le entonaban cantos o salmos como fuero de religión histórica. Ellos se habían convertido en pámpanos secos, en sarmientos, habiendo olvidado la promesa que se le había dado a sus padres y recordada en diversas profecías.

Jesucristo llegó a ser el vino que alegra el corazón del hombre, como dice el Salmo 104:15, enviado por el Padre hacia su pueblo. El Señor nos defiende de la furia de Satán, de la destrucción que causa el pecado, incluso de la ira de Dios. Todo eso lo hace dentro de la metáfora de una planta frágil, pero que posee una savia divina, eterna e inmutable, en tanto él vino como el Hijo de Dios. Aquel que tenía tanto poder no necesitó venir con arrogancia, ni compararse con los elementos más robustos de la naturaleza. Se identificó con la fuente de agua viva, invitó a los sedientos a venir a esas aguas, a beber de gratis porque su agua no la vende. Ayudó a una mujer de Samaria a extraer agua de un pozo, pero le aseguró que quien bebiere de su fuente no tendría sed jamás. 

Vemos que una metáfora se va explicando con la sumatoria de muchas otras. La palabra pudiera también ser vista como una metáfora de la realidad, así que vivimos sumergidos en figuras de lenguaje, bajo la sutileza del Logos eterno que habita en nosotros. En la metáfora que nos ocupa, la de Cristo como la vid verdadera, tenemos que asombrarnos con ciertos elementos que no se corresponden con la realidad natural. El invierno afecta el viñedo, lo detiene en su producción, pero en Jesucristo como el eterno no existe tal inconveniente. Esa vid sobrenatural no se afecta en su actividad biológica por las bajas temperaturas de la tierra, tampoco se seca por causa de los inclementes veranos o las sequías que caen en la tierra. Tal vez parezca algo dispar con el ejemplo usado, pero aún la disparidad alimenta la metáfora por argumento a contrario. 

Sabemos por esta metáfora que nosotros como pámpanos no podemos permanecer saludables si nos separamos del Señor. Pero de inmediato viene a nosotros la imagen usada por el Señor de la vid, el que nos dijo que nos guardaría en sus manos. Así que otra metáfora surge para asegurarnos nuestra gloria final, las manos del Padre que son mayores que las manos del Hijo. Habiendo sido enseñados por Dios y habiendo aprendido de Él, fuimos enviados hacia el Hijo; por esta razón el Hijo no nos echa fuera, sino que nos resucitará en el día postrero (Juan 6:44-45). 

A veces, una enseñanza que expone lo negativo de la negligencia, nos ayuda a querer afianzarnos en la verdad. Ese deseo de permanecer unidos a la vid como buenos pámpanos viene del Espíritu de Dios que nos lleva a toda verdad y nos recuerda las palabras del Señor. Pero como un padre que le dice a su pequeño hijo que no suelte su mano al cruzar la avenida, asimismo el Señor nos pide prudencia en nuestros actos para evitar contratiempos y castigos. Sin embargo, el padre no soltará jamás la mano de su pequeño hijo como Jesucristo nunca faltará a su palabra. Si fuéremos infieles, él permanecerá fiel (2 Timoteo 2:13). Pero el que negare al Señor será negado delante de su Padre, así que el que lo niega sale de nosotros pero no era de nosotros (ése es el apóstata: 1 Juan 2:19).

Aquella vid verdadera que lleva muchos pámpanos colgados, ha recibido hijos como herencia. Otra metáfora concatenada que habla del fruto y linaje que vería el Hijo de Dios. Ese Cordero manso y sin mancha que vino al mundo repartirá despojo con los poderosos: tendrá un gran botín de victoria por haber derramado su vida hasta la muerte. ¿Y cómo puede una vida derramarse si no lo es por medio de su sangre? Jesucristo fue azotado por nuestros pecados, llevó nuestros dolores, nos curó por su llaga, nos representó en el Calvario, tomó nuestros pecados y a cambio nos impartió su justicia. De todos los que el Padre le dio no perderá ninguno. En esa confianza descansamos los que un día fuimos llamados con su llamamiento eficaz. 

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 10:01
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