Domingo, 07 de noviembre de 2021

El Dios de la Biblia da buenos anuncios para su pueblo. Dice Jesucristo que él conoce a los suyos, cosa que nos parece generosa. Si Dios nos hubiese olvidado andaríamos como los más dignos de conmiseración en este mundo, pero como sabemos que goza de buena memoria nos gozamos. El buen pastor hablaba de sí mismo, dándose a conocer a sus discípulos; un día comenzó a hablar para regocijo de todo su pueblo, diciendo: Yo soy el buen pastor, el buen pastor su vida da por las ovejas. Pareciera una simple metáfora bucólica, de ovejas y pastores, pero no olvidemos otros contextos cuando en otra metáfora el buen pastor se refirió a los cabritos.

A los cabritos los pondrá a su izquierda y los apartará a la condenación eterna, como trágico final por su preferencia para la mentira, por su desprecio al amor de la verdad. En su conjunto, la metáfora del buen pastor cobra un sentido de plenitud, al yuxtaponer las dos especies de animales de los pastores de entonces: ovejas y cabras. Como si el Mesías nos hubiese dicho que su vida iba solamente por las ovejas, no por los cabritos. Pero para que no cupiera dudas en su alegoría, una oración recogida por Juan, que hiciera Jesús en la noche previa a su martirio, abre las ventanas para que los rayos de luz penetren hasta desentrañar su teología. 

La noche que pasó en Getsemaní (Huerto de los Olivos), mientras oraba al Padre, Jesús sufrió gran dolor y pesar por lo que le vendría. Rogó de muchas maneras a quien lo podría librar de la prueba, y fue oído por causa de su temor reverente. Fue consolado por un ángel del cielo y luego sudó grandes gotas como de sangre. Jesús sabía que el Padre siempre le oía / le concedía sus peticiones, pero solo quiso orar conforme a la voluntad de quien lo había enviado a esta tierra. En Mateo 1:21 leemos que el nombre Jesús poseía un significado específico (Jehová salva), dado que ese niño al crecer salvaría a su pueblo de sus pecados. Así que en su misión de vida y muerte conforme a las Escrituras la oración de Jesús también continuó regida a las Escrituras. Yo ruego por ellos (por los que el Padre le había dado y le daría por medio de la palabra incorruptible de aquéllos), no ruego por el mundo (Juan 17:9). 

Lo mismo sería decir que Jesús rogó por sus ovejas y no rogó por las cabras. Dijo que él conocía a los suyos y que los suyos lo conocían a él (Juan 10:14). Sabemos que las cosas secretas pertenecen a Jehová (Deuteronomio 29:29), pero también conocemos que el Espíritu testifica ante nuestro espíritu el hecho de ser hijos de Dios. Esto no se trata de emociones suscitadas por la música, por las palabras retóricas del predicador, más bien se hace referencia a un tercero que corrobora lo que hemos creído. Pablo le recomendó a Timoteo el acto de ocuparse de la doctrina, elogió a los romanos por haber permanecido en la doctrina enseñada por él, mientras Juan establecía como principio del cuerpo de Cristo que quien no vive en la doctrina de Jesucristo carece del Padre y del Hijo. Agregó este apóstol que cualquiera que le diga bienvenido a una persona que no trae la doctrina del Señor participa de sus malas obras. 

No conocemos a ciencia cierta quiénes son los predestinados para vida eterna, ni los que han sido destinados como réprobos en cuanto a fe. Nos compete, en consecuencia, la predicación a toda criatura; aquel que cree será salvo, el que no cree ha sido condenado. Esto es parte del secreto divino, pero podemos conocer de nosotros mismos cuando creemos, por el hecho de afirmar la doctrina que hemos comprendido de parte del Señor, por medio de las Escrituras y del testimonio del Espíritu. Si reverenciamos al Señor él nos mostrará su pacto (Salmo 25:14). Todo lo que el Padre le da al Hijo, irá hacia el Hijo; Jesucristo nunca lo echará fuera. Esa es la voluntad del Padre que vino a cumplir Jesucristo (Juan 6:37-39). Jesucristo no perderá a ninguna de sus ovejas, lo afirmó de muchas maneras; incluso usó la figura de sus manos y las del Padre, como el lugar donde nos guardaría. 

Pablo también habló de esta seguridad, cuando le dijo a Timoteo que el fundamento de Dios estaba firme, al tener el siguiente sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19). Esa es la fe de los elegidos de Dios, el regalo de su gracia. Se le suma el hecho de que Jesucristo tiene la autoría y la consumación de dicha fe. Tal fundación resulta inamovible, de allí que haya dicho que él conoce a los suyos. Los falsos maestros no podrán alcanzar con sus dardos de fuego el alma de los creyentes, ya que aquellos que se apartan del camino, aunque salgan de nosotros, nunca han sido de nosotros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:16
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