S?bado, 06 de noviembre de 2021

Aquellos teólogos que aseguran que la absoluta potencia de Jehová le permitió infinitas posibilidades de salvación, se esconden en el atributo de Omnipotencia para difamar a Dios con sus proposiciones. El que reveló desde antiguo que vendría su Simiente, supo desde siempre que era la única opción que tenía para glorificar como Redentor a su Hijo. Por lo tanto, no conviene afirmar jamás que hubo muchas formas de redención, entre las cuales Jehová eligió la más adecuada. Lo mismo afirman aquellos que se escudan en el infinito valor de la sangre de Jesús, para después aseverar por equívoco el infinito alcance de la salvación, diciéndonos que fue universal sin excepción, pero que el ser humano la rechaza y define la diferencia entre cielo e infierno.  

Claro, dejan abierta la posibilidad a merced de la Omnipotencia del Creador, pero desmerecen el castigo preciso infringido al Hijo por todos los pecados de su pueblo. Si esa sangre sirviese para toda la humanidad, querría decir que el Hijo sufrió en demasía con el castigo en la cruz al sufrir por pecados que el Padre jamás perdonaría. El atributo de la Omnipotencia no debería usarse para solapar mentiras contra el trabajo del Señor, ni para pisotear su sangre.

El que reveló desde antes lo que haría a su pueblo escogido no lo hizo basado en posibles futuros, sino por necesidad de su santidad y justicia. El pecado ofende al Creador en forma suprema, así que un castigo supremo surge en consecuencia. Dado que el Mesías vino a sustituir a su pueblo en ese castigo, nos fue otorgada por acto judicial divino la justicia de su Hijo. De esa manera entendemos que no hubo otra forma de liberarnos del pecado y de la muerte, como si pudiera haber habido un decreto general de amnistía celestial.  

Alguien que no conozca a Jesucristo, que no haya oído nada sobre la verdad del evangelio, demuestra que no conoce nada sobre la justicia de Dios. El que conoce la justicia de Dios y cree en ella demuestra que Dios le ha hecho nacer de nuevo. ¿Por qué? Porque ha sido sometido a dicha justicia, ha llegado a creer que la única justicia que Dios acepta es la de su Hijo Jesucristo: el nivel exigido en la ley divina, tan alto que nadie pudo alcanzarlo (ni siquiera Moisés). Entonces, ¿cómo fue aquella gente salva? Simplemente como Abraham (que vivió antes de la ley): le creyeron a Dios y les fue contado por justicia.

¿Qué fue lo que Abraham creyó para que le fuera contado por justicia? Lo mismo que creyó Moisés bajo la ley, lo mismo que creyó Noé antes de la ley, lo mismo que cree un creyente cristiano. Que Dios tiene una justicia muy elevada, que exige tal grado de perfección que nosotros no podemos alcanzar por cuenta propia. Sin embargo, su Hijo Jesucristo murió en la cruz por todos los pecados de su pueblo y su justicia nos fue impartida. Abraham creyó en la promesa de la Simiente (Jesucristo); Moisés también lo creyó y habló de ello, que Jehová enviaría otro como él (ya que Moisés vino como antitipo del que habría de venir); David también habló del Señor de su Señor. Incluso Job mencionó al Señor, al referirlo como el que habría de ser levantado de entre los muertos. Su redentor vivía y él lo sabía.

Pero aquellas personas que ignoran la justicia de Dios manifestada en el evangelio demuestran que andan extraviadas de la verdad. En consecuencia, su extravío hace que ellas coloquen su propia justicia como requerimiento imaginario para acudir al Dios de las Escrituras. Dios no reconoce tal justicia como válida, más bien la ha declarado inmunda y ha dicho que aún las plegarias del incrédulo o sus ofrendas son abominación. No conviene ignorar la única justicia que Dios acepta, la muerte de Jesucristo como pago de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). 

El creyente puede crecer en la fe, en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, pero lo que no puede es crecer desde un falso evangelio hacia el verdadero evangelio. No se crece desde la impiedad hacia la piedad, se cambia de un lugar a otro por la gracia de Dios. Así que todo aquel que nace de nuevo por medio del Espíritu de Dios ha creído el verdadero evangelio de Jesucristo, no se nace de nuevo por haber creído en el falso evangelio del extraño. El Espíritu Santo no nos hace nacer de lo alto para vivir en el evangelio anatema, no nos deja jamás en el error, así que el nuevo nacimiento presupone nacer a la verdad de Cristo. 

Si eso que decimos se computa como conocimiento, habrá que advertir que tal conocimiento resulta en la tarea del Espíritu de Dios al conducirnos a toda verdad. Pero nunca se le puede exigir al que está muerto en delitos y pecados que conozca la verdad, ya que éste la rechaza como locura por no poder discernirla. Sin embargo, el nuevo nacimiento presupone el arrepentimiento que Dios da para perdón de pecados, y ese arrepentimiento (metanoia) significa un cambio de mentalidad respecto a Dios y respecto a nosotros mismos. Metanoia porque vemos a Dios como el soberano que nos dio a su Hijo en rescate por todo su pueblo (no ruego por el mundo, dijo Jesús la noche antes de morir). Metanoia porque nos vemos a nosotros como criaturas perdidas que solamente por la gracia divina fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir (y creer). 

Así que ese cambio en nosotros lo ha hecho el Espíritu de Dios, pero si usted sigue creyendo que Jesucristo murió por todos los seres humanos, sin excepción, está asumiendo que murió por Judas Iscariote y le limpió sus pecados, que hizo lo mismo con el hombre de pecado (a fin de cuentas es un ser humano), que expió a los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la Biblia dice que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Estaría por igual afirmando que Jesucristo murió por todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Vemos que ese falso evangelio de la expiación universal no puede ser el fruto de la verdad, ni lo que el Espíritu de Dios nos hace creer.

De nuevo, no se pide que un muerto en delitos y pecados comprenda la verdad, se pide que un vivificado por el Espíritu exhiba la verdad que le ha hecho creer ese Espíritu. Por sus frutos los conoceréis, dijo Jesucristo, ya que no puede un árbol bueno dar un fruto malo, así que de la abundancia del corazón habla la boca. Lo que el individuo que se dice creyente confiesa como evangelio demuestra que es árbol bueno o árbol malo, así de simple. El maestro de mentiras no predica sino el falso evangelio, y muchos continúan engañados sirviendo a un Cristo extraño, un imaginario de su corazón no converso que conduce a muerte y destrucción eternas. 

La diferencia entre cielo e infierno la da el evangelio condicionado en la muerte de Jesucristo en favor de todo su pueblo. El otro evangelio condiciona ese tránsito final a la justicia humana, a la buena voluntad de los muertos, al esfuerzo por cumplir la ley que no pudo salvar a nadie. Cuando se dice que Jesucristo murió por todos, sin excepción, se está afirmando que murió por Esaú, alguien a quien Dios odió desde la eternidad. Entonces, lo que condenó a Judas sería su propia decisión, así como lo que salvaría a alguien sería su propia decisión, el hecho de haber sido más astuto y más inteligente que el otro, una obra que se debe a su propia persona. Esa justicia personal se antepone por desconocimiento de la justicia de Dios (Romanos 10: 1-4).

Si Dios decretó algo fue por necesidad. El decreto de la elección era necesario, único medio para alcanzar la salvación que glorifica al Hijo como Redentor nuestro. Pero el Dios que ordenó el fin hizo lo mismo con los medios, así que nosotros hemos de seguir anunciando este evangelio hasta el fin del mundo, hasta el fin de los tiempos, para testimonio ante las naciones. El que creyere el evangelio de Cristo, será salvo, pero el que no lo creyere ya ha sido condenado. Eso es una necesidad y no una contingencia, un imperativo divino al cual hacemos bien con poner atención. Examinemos la Biblia, ya que allí se dice que está la vida eterna y ella testifica del Hijo de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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