Viernes, 05 de noviembre de 2021

Dios es un Dios justo, afirma la Biblia, el Juez de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo. Con esa premisa en mente, el creyente debe continuar en el examen del carácter de su Creador. Además, se trata de un Dios santo, así que el pecado viene a enturbiar el objeto de su amor. Adán se apartó de su Hacedor en el acto de desobediencia, pero muy pronto vino una promesa acerca de la Simiente. Pedro nos relata en una de sus cartas que el Cordero de Dios (la Simiente) estaba ordenado desde antes de la fundación del mundo; esto nos conduce a una primera síntesis: Adán tenía que pecar, no fue un accidente para el Creador, ni Jesucristo fue un as bajo la manga.

El castigo para Caín pudo ser intolerable, pero aún desde su perspectiva tuvo que considerarlo apropiado o justo. Le había arrebatado la vida a su hermano Abel, se había constituido en el padre de los criminales de la tierra. En algún momento de su vida, sometido bajo el peso de su conciencia, supo que la justicia divina no estuvo equivocada en ningún momento, más allá de su severidad. 

La muerte vino como consecuencia del pecado, una paga terrible pero justa. Que el hombre se lamente en su pecado, en la transgresión del mandato divino. Tanto pecado, tanto castigo, muy a pesar de que el tentador nos haya causado el mal de motivarnos hacia la posesión de la soberbia humana contra su Creador. El problema filosófico del hombre circula en torno a echarle la culpa al que hizo todas las cosas. Si Dios ya sabía que íbamos a pecar, ¿por qué no evitó el pecado? Pero la Biblia va más allá de ese saber presumido por el hombre, declara que Dios hizo todas las cosas como ha querido.

En la Carta a los Romanos, Pablo nos revela que Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos. ¿Es esto justo? ¿Hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? La respuesta que da el apóstol inspirado por el Espíritu sella la boca del objetor: ¿Quién eres tú para altercar con Dios? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero. El derecho del alfarero sobre su propio barro le da la potestad de hacer un vaso para honra y otro para deshonra. 

Muchos teólogos no pueden lidiar con esa declaratoria bíblica, por lo que se esfuerzan en torcer las Escrituras. Dicen que Pablo habla de dos naciones, otros aseguran que se refiere al pueblo de Israel pero que no tiene nada que ver con el resto de la humanidad. Y así, en esa intriga que los sostiene, aseguran que el verbo odiar significa amar menos. Bueno, vemos que la locura se apoderó de sus mentes hasta el disparate. A la gente podrá gustarle o no el Dios de la Biblia, pero no hay otro Dios en sus páginas. 

Ya dijimos que Pedro (1 Pedro 1:20) nos aseguró que el Cordero estuvo ordenado antes de la caída de Adán; pero como Dios es un Sí y un Amén, Él preparó todo lo que acontece de acuerdo a su voluntad. El Cordero ordenado no lo fue en base a algún error que pudiera acontecer con su creación, lo fue porque era su plan eterno e inmutable. Quiso Dios darle la gloria de Redentor al Hijo, de manera que Adán no podía bajo ningún respecto arrebatársela evitando pecar. El objetor se vuelve lógico, porque al menos comprende el razonamiento de Dios o del apóstol. Sus argumentos lo validan como una persona inteligente, además de poseer un carácter sobrio: no desvió el tema tratado por el apóstol, simplemente lo confrontó desde la perspectiva de Esaú como el digno de conmiseración. 

Quiso Dios destinar a su Hijo como Mediador, la cabeza de la elección. Fijémonos bien, en esta teología presentada por Pedro y por Pablo todo lo que acontece ahora fue destinado u ordenado desde antes de la fundación del mundo. Nosotros fuimos predestinados desde antes de haber sido creada la tierra, así mismo los réprobos en cuanto a fe fueron destinados como tales para tropezar en la roca que es Cristo. Un Salvador fue provisto antes de que aconteciera nuestro pecado, como una maravilla del Dios que nos gobierna. El Salmo 72:17 nos dice lo siguiente: Será su nombre para siempre, se perpetuará su nombre mientras dure el sol. Benditas serán en él todas las naciones; lo llamarán Bienaventurado. Y el verso 12 había dicho esto: Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Nuestro tiempo plagado de angustias, ha sido denominado como el tiempo del fin. De todas formas, la manifestación de Cristo -sea su segunda venida, o sea su rol mediador- será en favor de un particular grupo de personas. 

Los que mueren impenitentes continúan en su estado de reprobación total, ya que fue destinado para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. El perdón de pecados viene como fruto de la preciosa sangre de Cristo. El alto daño del pecado demandaba un precio elevado y suficiente para rescatar al hombre de su esclavitud. Los creyentes hemos sido rescatados de nuestra vana manera de vivir, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:18-19). 

La soberanía de Dios no anula la responsabilidad del hombre, más bien la establece. El hombre no tiene libre albedrío, como no la tuvo Esaú para decidir su destino. Por esa razón Esaú vendió su primogenitura y la menospreció en el valor de un plato de lentejas. Dios lo odió desde siempre, de acuerdo a sus planes eternos; ¿quién lo acusará de injusticia? ¿Cuál libertad tuvo Judas Iscariote para deshacer el plan de Dios desde la eternidad? Él tenía el rol de traidor, de acuerdo a las Escrituras, de manera que Jesucristo dijo de él que era diablo, que debía ir conforme a lo que estaba escrito. 

Dios ordenó la crucifixión de Jesucristo, pero no lo crucificó Él mismo. Así que cada actor en esa escenografía continúa siendo responsable de lo que hizo. Buena la aclaratoria al respecto, Dios no dejó al azar el evento de la crucifixión, así que cada actor tuvo que cumplir al pie de la letra su guión. De nuevo, ¿se habrá de culpar a Dios por lo que ha planificado? La respuesta de la Escritura sigue contundente al exclamar: ¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con tu Creador? Los crímenes ocurren y los criminales deben asumir su responsabilidad, más allá de que obedezcan al plan eterno del Señor. De hecho, el crimen contra el Hijo de Dios fue planificado al detalle por el Padre, pero a cada actor que hizo su parte lo cubre la culpa de la maligna acción. 

Dios hizo la vaca, pero no se convierte en vaca por hacerla. Dios hace cosas que no lo convierten en esas cosas; así que al planificar el crimen de su Hijo no se convirtió en criminal. ¿Quién puede acusarlo con sano juicio?  Válida resulta la pregunta que Pablo se hizo respecto a los escogidos de Dios, diciéndonos que ¿quién se atrevería a acusarnos? Dios es el que justifica (Romanos 8:33). Cristo es el autor y consumador de la fe, pero nosotros somos los creyentes. Así que si nadie nos puede acusar, ¿cómo se podrá acusar al Dios soberano?

Nuestra salvación depende de la voluntad de Dios y de su Omnipotencia. De esa forma no descansa en la volubilidad de nuestra voluntad, o de nuestra imperfecta obediencia a su ley. No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió (Josué 21:45). Así ha dicho Jehová: Si pudiereis invalidar mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de tal manera que no haya día ni noche a su tiempo, podrá también invalidarse mi pacto con mi siervo David, para que deje de tener hijo que reine sobre su trono, y mi pacto con los levitas y sacerdotes, mis ministros (Jeremías 33:20-21). 

La responsabilidad humana no queda invalidada por la soberanía divina, al contrario: dado que Dios soberano tiene omnipotencia, la criatura carece de independencia del Creador. Sus pecados los comete en base a su naturaleza pecaminosa, pero por orden del mismo Dios. Adán no tenía naturaleza pecaminosa y pecó fieramente en su primera transgresión (no nos olvidemos que Jesucristo estuvo ordenado como Cordero desde antes de que Adán fuera creado). De paso sea dicho una vez más, que Dios no responde ante nadie. La criatura sí que le debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 22:08
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