Jueves, 04 de noviembre de 2021

El pecado nos ha impedido vivir para Dios, así como nos ha inhibido de vivir con él; no podemos tampoco vivir la vida de Dios (en santidad y perfección). El pecador está alienado de la comunión de Dios, con el entendimiento entenebrecido, ajeno de la intimidad del Padre por la ignorancia y dureza de su corazón. Esto se conoce como la vanidad de la mente, la vida de los diablos. Muerto en delitos y pecados, el hombre natural sigue la corriente de este mundo, lo más fácil, al continuar en el curso de la fuerza que lo impulsa, conforme a su director de orquesta: el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en todos los hijos de desobediencia. Los deseos de la carne gobiernan al impío, sumiso a la voluntad de su naturaleza y de sus pensamientos; por lo tanto, el hombre caído en el pecado puede llamarse diablo, así como Judas Iscariote también fue llamado diablo aun siendo uno de los doce discípulos. 

Aquella buena relación que hubo en el Edén se ha roto. El hombre ha sido llamado la cabeza de la creación divina, acogido por el Creador con gran afecto, quien sabiendo que no era bueno que su criatura estuviera sola le trajo compañera. Pero el pecado separó a la humanidad del afecto natural que Dios le tenía, mientras ahora pende sobre ella la ira de Dios.  Dios está airado contra el impío todos los días de su vida (Salmo 7:11), así que al romperse el afecto natural pasó el hombre a ser objeto de la ira divina. La semejanza que tuvo con su Creador parece hoy convertida en similitud diabólica, sumergido en las tinieblas en las que no puede discernir las cosas de arriba. 

El creyente sabe que el mundo lo aborrece y lo persigue. Conoce, además, que aparte de ese aborrecimiento se le suma la enemistad de Dios, si se constituye amigo del mundo. Empero una gran diferencia se demuestra entre el impío y el creyente, en que éste es llamado ahora parte del pueblo de Dios por haber alcanzado su misericordia. Sin embargo, el juicio de Dios comienza por su casa, como freno a la disolución del alma.

El pecado humano se conoce por el hecho de que el hombre le ha dado la espalda a Dios; por su parte, Dios se enemistó con el hombre y pasó a ser como un extraño para el individuo caído. Dios no oye sus oraciones (Isaías 59:2).  Sus telas no servirán para vestir, ni de sus obras serán cubiertos; sus obras son obras de iniquidad, y obra de rapiña está en sus manos (Isaías 1:15). El Dios que oye las oraciones de sus santos, ahora cierra la puerta a los inicuos. El pecador perdió su gloria, así que dejó su fortaleza (Romanos 5:6,8). De haber sido un Sansón pasó a ser menos que nada; no encuentra el hombre en sí mismo alguna competencia, a no ser que recibamos competencia del Señor. Sansón fue incontenible en su poder y fuerza mientras habitaba en la presencia del Señor, como también lo estuvo Elías, pero cuando sus manos se debilitaron por causa de su mimetismo con el mundo se vino abajo. Elías también sucumbió por momentos cuando deseó la muerte antes que continuar en el trabajo del Señor, porque su mirada se posó en el rostro del mal que personificaba Jezabel.

Cuando el Señor nos interroga respecto a nuestros pecados, intentamos escondernos en los matorrales del Edén; esto prefirió Adán antes que dar la cara por su extravío. Pero la Escritura no dice en vano que no endurezcamos nuestros corazones, no vaya a ser que nos tapemos los oídos para no oír la voz de Dios. Si oímos hoy su voz, no endurezcamos nuestro corazón; esto ha sido así desde el principio del pecado en la humanidad, pero si tenemos la oportunidad de encararnos contra nosotros mismos podremos responderle a Dios dónde estamos. Aunque Él ya lo sepa quiere que se lo digamos, para que confesemos nuestro estado de caída y de impotencia y aprendamos lo que significa la firmeza de sus manos. 

Oh, el tormento del infierno se le avecina al impío que transita por este mundo. Ese es el lugar del suplicio donde yacen muchos que han entrado desde antaño: un lugar con sus nombres diversos pero que es mejor conocido por uno de ellos, el infierno de fuego. El sitio común del malvado no converso, del impío réprobo en cuanto a fe, un sitio de lamento continuo. Si bien el cielo parece un lugar inefable, donde el gozo supremo no se extingue, la sed en el infierno no puede saciarse con el deseo de sus habitantes que gritan en llanto sin reposo. 

Oh, que hubieran oído la voz del Señor sin haberse endurecido, pero ya resulta tarde cuando se ha traspasado el umbral, cuando se ha dado el paso final del tránsito terrestre y el alma no puede volverse atrás. Me rodearon ligaduras de muerte, me encontraron las angustias del Seol;  angustia y dolor había yo hallado (Salmo 116:3). Nada fácil en el lugar adonde el diablo conduce a sus seguidores, solo destrucción puede llamarse su entorno, allí donde alma y cuerpo se juntan (Mateo 10:28). ¿Cómo escapará el hombre impío de su maldición por el infierno venidero? Después de la resurrección final el cuerpo se unirá al alma y ambos sufrirán el tormento infligido por su pecado, ya que todo su cuerpo también fue presentado como instrumento de injusticia. 

En ese feo lugar de los diablos no habrá ni música ni hermosura, todo parecerá horrible, porque los demonios atormentarán a los humanos y en sus oídos se burlarán de su destino. El hombre que lo tuvo todo en esta tierra, que pudo humillarse ante su Hacedor, que miró la posibilidad de la eternidad, ahora se ve incapaz de volver la hoja atrás para enmendar su camino. Ese es el momento en que podrá entender la verdad, pero allí la verdad no lo hará libre, la conciencia lo carcomerá como un gusano que corroe su carne. Llegó el momento del crujir de dientes, del lloro y lamento por su arrogancia y falta de arrepentimiento. 

En este instante tal vez alguien se ve calmo y tranquilo mientras camina hacia el infierno. Ojalá y sintiera el temor reverente que induce al arrepentimiento, que no es otra cosa que un cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quién es la criatura humana. Dios soberano y justo, el hombre impotente y cargado de injusticia; Dios que justifica al impío, por medio de la fe de Jesucristo, el impío que no tiene otra justicia a la cual aferrarse sino al Hijo de Dios. ¿No tiene usted piedad de su propia alma? ¿Será usted capaz de jugarse toda la eternidad por un momento tan fugaz como el ahora sin Cristo? Los tormentos de aquel lugar durarán por siempre, sin ningún descanso, sin ninguna gota de agua que calme la sed. Esa es la miseria de los demonios, ¿por qué tiene que ser usted partícipe con ellos?

Satanás, el carcelero que será después encadenado, el que también conocerá de los tormentos que en su nombre brindan a la humanidad irredenta, se mostrará cruel con los que recibe a diario en su templo de dolor y fuego. Dios los ha enviado a sus manos, a todos aquellos que se han complacido en la mentira y no recibieron el amor de la verdad. Demasiado tarde el darse cuenta de todo, cuando la serpiente se enrolla en el alma dominada por su intriga: ahora, ser como dios no vale de nada, solo la bienvenida a la muerte prometida. 

Juan el Bautista se enfrentó a los fariseos y saduceos de su tiempo, saliéndoles al paso cuando querían bautizarse. A ellos los atajó y les dijo:  ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? (Mateo 3: 7). Terrible mensaje que cortaba cualquier esperanza a la que anhelaban aferrarse aquellos desviados de la doctrina del evangelio. Los saduceos no creían en la resurrección de los muertos, los fariseos suponían que sus obras los redimirían del castigo eterno. Pero hoy una voz del evangelista pudiera gritar algo diferente, diciéndole a usted: ¿Por qué no huye de la ira venidera? Semejante oportunidad no la tuvieron aquellos habitantes cercanos del Jordán, porque pudiera bien ser que hoy sea el día aceptable de salvación. 

Dios hizo una ley contra el pecado, pero al que no cree el testimonio del evangelio Dios le coloca todos sus pecados en sus lomos. La ley escrita en el mismo corazón del pecador se asemeja a aquella escrita en las tablas dadas a Moisés, la ley de la fe que testifica contra el pecado: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 2:1). El pecado tiene una naturaleza abominable, ante Dios y ante nosotros mismos. Hay quienes habituándose a él han llegado a tener una conciencia cauterizada, pero el desorden social afecta a todos por igual (y cualquier transgresión a la ley de Dios se denomina pecado). 

El creyente debe poseer buenos hábitos, como los descritos en las Escrituras. Sirva el ejemplo de lo que escribió Pablo: Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (Filipenses 4:8). Aquello que se muestra verdadero concuerda con las Escrituras, con el evangelio de verdad (no con el evangelio extraño de los maestros de mentiras). El paganismo contiene la oposición de mentira e hipocresía contra el evangelio de Jesucristo. Allí donde la honestidad escasea viven los demonios, se divierten como si ellos fuesen venerables en palabra y acciones, comandando la injusticia. 

¡La justicia viene a ser la conseguida en la cruz por Jesucristo! A Dios lo que le pertenece, así que a ejercitar una conciencia sin ofensa al Creador, opuesta a toda impiedad, injusticia y violencia que gobiernan el mundo. Una tarea difícil el sacudirse el mensaje habitual de las personas que moran en la tierra, aquellos seres que se niegan a encontrarle el sentido divino a la naturaleza y le otorgan vida propia a ella como si fuese la madre Naturaleza. Si algo digno de alabanza pensemos en ello, como un preciado ungüento, como aroma de jazmines que conduzcan a la memoria hacia las sendas antiguas. Hemos de meternos en la disciplina de la mente, hasta acostumbrarnos a pensar en todo lo noble y puro que viene como reflejo de Dios en nosotros. 

Haciendo tales cosas, los creyentes nos distanciamos más y más de la vida y el lugar de los diablos. Judas Iscariote echaba mano de la bolsa (hurtaba el dinero que llevaban los doce), porque pese a que andaba con Jesús su corazón agradaba a los demonios. No queremos ser partícipes con ellos, así que no sacrifiquemos a los ídolos (cualquier imagen que tengamos en la mente que intente sustituir al Dios de la Escritura resulta en un ídolo). Pensar un poco en la calamidad del infierno pudiera impulsarnos a desear el distanciamiento de ese lugar y de los que están apuntados como fijos para morar en ese sitio. Huyamos de las pasiones juveniles, huyamos también de las pasiones seniles. 

La vieja serpiente se llama Satanás, el acusador de los hermanos ante Dios, el envidioso de nuestra felicidad. Él no tuvo otra oportunidad después de su caída, así que nosotros, siendo inferiores en poder y dominio, le llevamos ventaja por la gracia divina. Esto constituye un motivo suficiente para arremeter contra cada hijo de Dios, con suficiente odio como le mostró a Jesucristo, con la rabia que ha tenido contra la iglesia de Cristo, como grande adversario y Anticristo. Esa vieja serpiente ha sido la engañadora de todo el mundo, habiendo comenzado por nuestros primeros padres (Adán y Eva), ha sido la que corrompió al mundo antiguo que sucumbió en el diluvio, pero será lanzada en el pozo del infierno por siempre. ¿Habrá usted de ir a morar en ese lugar con esos diablos? La paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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