Lunes, 01 de noviembre de 2021

Una metamorfosis ha acontecido al hombre creado a imagen y semejanza de su Creador: se ha convertido en una bestia por causa del pecado. Su prototipo se manifiesta como el Anticristo, a quien la Escritura llama propiamente la Bestia. A los Gálatas Pablo los trata como personas enloquecidas, como si hubiesen sido hechizados para no obedecer la verdad. Habían empezado por la verdad, pero su locura los hizo caminar en la carne. La locura supone pérdida de la razón, característica esta última propia de los animales (que se dicen sin raciocinio). Aunque a veces alguno de ellos logra expresarse articuladamente para mostrar a su amo que el necio es él, caso de Balam con su asna inteligente.

¿Acaso no demostró brutalidad en exceso Satanás, cuando frente a su Creador le sugirió que lo adorara y recibiría a cambio los reinos de este mundo? El Creador supremo (de acuerdo a Juan 1) jamás sucumbiría ante la criatura hecha para el día malo (Proverbios 16:4) para obtener una presea que por naturaleza pertenece a quien todo lo ha hecho (De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan). El pecado ha degradado al hombre hasta convertirlo en bestia, pero primero degradó a Lucifer y lo condujo al estado de Anticristo, la bestia en esencia. Son cosas extrañas que llegan a la mente del pecador, aquellas que lo conducen a una actuación particular y que el mundo en su locura aplaude como verdad.

El salmista Asaf reconoció que él era como una bestia delante de Dios, un torpe confundido con la prosperidad de los impíos, de quienes sentía envidia al ver sus riquezas en medio de su arrogancia. Por fortuna, Asaf entró al santuario de Dios y comprendió el fin de los bestiales, colocados todos en desfiladeros para caer en asolamientos hasta ser consumidos de terrores. Otro salmo describe al hombre que está en honra y no entiende, como alguien semejante a las bestias que perecen (Salmo 49:20). Y muchas veces la admonición contra la estupidez viene de parte del escritor bíblico, en una arenga contra su pueblo: Entiendan, oh brutos de entre el pueblo, oh locos, ¿cuándo seréis sabios? (Salmo 94.8). 

De acuerdo al relato de Daniel, el rey Nabucodonosor fue convertido en bestia, por el período de siete años. En la cima de su soberbia, el rey se alababa a sí mismo por haber construido la gran ciudad de Babilonia, con su fuerza y poder, para gloria de su majestad. De inmediato vino a cumplimiento la visión profética que había tenido y que Daniel había interpretado, así que el rey se convirtió en una bestia del campo, mientras comía hierba como los bueyes del agro y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo. Llegó a tener uñas largas, como de aves. Pero pasado el tiempo convenido por el Altísimo hubo un cambio en la actitud del rey: su razón le fue devuelta y pudo declarar que el Altísimo hace como quiere en los habitantes de la tierra, que no hay quien detenga su mano ni le diga ¿qué haces? El canto de Nabucodonosor vino a ser un majestuoso poema a la soberanía del Señor. 

La soberbia y la locura andan de la mano, así como la ignorancia y la bestialidad se cruzan entre ellas. El hombre de pecado se asemeja a las bestias, piensa con el vientre, mientras su alma se regocija solamente en su cuerpo. Su felicidad se apoya en la sensualidad corporal, para satisfacer sus antojos. Salomón intuye que el hombre vino a ser como una bestia y por esa razón Dios lo juzga (Eclesiastés 3:18), debido a su condición corrompida por el pecado. Sus acciones y conversaciones, su curso de vida, lo conducirán hacia el juicio divino. El lenguaje humano testifica de la obra del hombre, sus construcciones lingüísticas pasean por la tierra profiriendo sentencias contra el cielo. Ciertamente, vanidad es todo hombre. La luz no tiene comunión con las tinieblas, los yugos desiguales no pueden unirse; no andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo. Dios y el hombre en su estado natural son excluyentes, pero bajo la justicia del Hijo hubo apaciguamiento de la ira divina sobre la masa de hombres escogidos.

El creyente no tiene parte con el incrédulo, así que el que habita en la doctrina de Cristo tampoco puede decir bienvenido a quien no la trae; por cuanto Cristo no tiene comunión con Belial ni Dios posee ninguna con los ídolos. Un ídolo no solamente se muestra como un muñeco de yeso, madera o metal, o como un dibujo en dos planos; un ídolo demuestra la percepción humana de lo que el hombre considera divino. Poco importa que lleve el nombre de Jesús, que se le canten los himnos y salmos de la Escritura, que se le honre con alta moral religiosa. Lo mismo hicieron los fariseos con Jehová, pero condenaron a su Dios a morir en una cruz porque no coincidía con el ídolo que se habían forjado a partir del modelo de su literatura y praxis religiosa.

La figura bíblica utilizada para comparar al hombre con las bestias se muestra ruda. No lo compara con una paloma o con una oveja, sino como leones o gruñones osos, con plenitud de salvajismo. Por supuesto, Efraín fue comparado como una paloma incauta, por haberse mezclado con los demás pueblos. Efraín vino a mostrar su falta de entendimiento en su desobediencia y apostasía. En este caso, la tierna paloma lleva el adjetivo de incauta, para ilustrar la estupidez del animal que puede ir a comer el grano sin mirar la trampa tendida para él. Jesucristo nos animó a ser sencillos como la paloma, pero astutos como la serpiente (dos atributos encomiables para el actuar prudente del cristiano); pero el Anticristo fue llamado la Bestia, como el resumen del embrutecimiento humano por causa del pecado.

No en vano Salomón escribió que el principio de la sabiduría era el temor a Jehová. Por su temor el hombre toma precauciones para no dejarse llevar por los escarnecedores, por los que embriagan su cuerpo y alma en las disoluciones de la carne. El temor a Jehová nos conduce al amor de su doctrina, por ende a su estudio diligente, bajo el pensamiento de que en sus palabras podemos encontrar la vida eterna. El temor a Jehová se manifiesta como el amor filial que supone una relación entre el Padre Dios y nosotros como hijos. Por su perdón que nos ha sido otorgado le tememos (un temor reverente y no de susto), en plena humildad de corazón, para recorrer la vida en medio de un mundo enemigo, bajo el disfrute de una soledad acompañada con su presencia. Mi presencia irá contigo, y Yo te daré descanso (Éxodo 33:14). 

Tal vez la terquedad en un caballo, al cual hay que sujetar con cabestro, o la estupidez de un asno o un buey no sean un delito, pero en el ser humano vienen a considerarse como cualidades negativas. La ausencia del contacto divino conduce a la conjunción con los valores del mal (ignorancia y estupidez para la vida). Claro está, no hablamos de la ciencia en la cual el más bruto de los pecadores puede ser avezado en sus materias, sino hablamos de aquello que parece locura al hombre natural. Las cosas espirituales han de ser discernidas espiritualmente, así que el hombre acostumbrado a hacer el mal jamás agradará a su Creador. La ofrenda del impío viene a ser una abominación, y aún la clemencia del hombre carnal se convierte en crueldad. En ese sentido, el hombre pecador viene a ser peor que las bestias en su brutalidad. 

Pese a lo dicho, cosas buenas tienen algunas bestias: El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento (Isaías 1:3).  Aun la cigüeña en el cielo conoce el tiempo, y la tórtola y la grulla y la golondrina guardan el tiempo de su venida; pero mi pueblo no conoce el juicio de Jehová (Jeremías 8:7). Herodes en un banquete, seducido por sus pasiones vergonzosas, atraído por la voluptuosidad de la hija de su amante, sacrifica a Juan el Bautista y ordena traer la cabeza en bandeja para complacer a quien le entregará por unos momentos su cuerpo seductivo. ¿No es eso una bestialidad que encanta a multitudes? ¿No se celebran esos actos como manifestaciones de la libertad de la carne, como la voluntad humana sobre los prejuicios religiosos?

Como cabras monteses caminan los seres humanos en sus praderas de cemento, o aún en el campo, los que todavía tienen su morada en esos lados. Las cabras son lascivas, salvajes y lujuriosas; no en vano Jesucristo comparó al mundo por el cual él no rogó al universo de las cabras. Esas cabras humanas se prendan de los objetos de valor del mundo como sistema, en sus conversaciones y gratificaciones carnales: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Dice un apóstol que todo esto no proviene del Padre sino del mundo, pero la Biblia ha afirmado que el que ama el mundo no ama a Dios (1 Juan 2:15-17). 

A las bestias no se les puede enseñar que no satisfagan sus deseos bestiales, ya que el perro vuelve a su vómito (aunque haya aprendido muchas formas de conducta para convivir entre los seres humanos), y los cerdos se revuelcan en el lodo, aún después de que han sido lavados. Pero a los seres humanos se les dice que los deseos de la carne están contra el Espíritu, y el deseo del Espíritu está contra la carne, en una clara oposición dentro de nosotros. A nosotros, como creyentes, se nos añade a la anterior generalidad que si somos guiados por el Espíritu, no estamos ya bajo la ley. Es decir, no recibiremos la ira de Dios por no poder cumplir toda la ley como se ha requerido; sin embargo, se nos recuerda cuáles son esas obras propias de la naturaleza carnal, a fin de evitar su práctica que impide heredar el reino de Dios. Esas obras son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas -un gran etcétera (Gálatas 5:19-21).

Las cabras, además de lascivas, son hediondas, viven en sus aventuras subiendo a cualquier cima. Además, comen de todo, son capaces de consumir cartón o madera, algo indigesto para el estómago de las ovejas. Las cabras han invadido los espacios de las ovejas, pero lo más triste se manifiesta cuando los pastores sacrifican el alimento de las ovejas y lo permutan por el alimento de las cabras. La oveja se desnutre, si bien la cabra sigue adelante; así sucede cuando los falsos pastores callan la palabra de verdad para no molestar a los impíos de la congregación. De esta manera reparten con regocijo el alimento propio del incrédulo y lo generaliza como si fuese el alimento natural de las ovejas; una gran mezcla de doctrinas viene ahora como sustento espiritual colectivo, ecuménico, para que los muchos ocupen los espacios de los pocos.

No en vano el buen pastor sigue diciendo a su pueblo que salga de allí (de Babilonia). El pecado ha separado al hombre de Dios en el aspecto moral. Aunque Pablo dibujaba un boceto del origen común de los hombres, mientras decía en Atenas que el Dios no conocido de ellos era el que él predicaba, alegando que en él vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17:28), también aseveró que en el plano moral y espiritual la humanidad caída en Adán quedó separada de Dios (Romanos 3:23). Aquella semejanza originaria entre Dios y el hombre se había roto y quedaba solo su turbio reflejo en un espejo quebrado hecho añicos. Al ser el hombre linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro o plata, a piedra o escultura de arte, producto de la imaginación de los hombres. Por esa razón, en su misericordia para con sus escogidos, Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan.

Hay un llamado general a toda la humanidad, para que cambie de mentalidad respecto a lo que han concebido como Dios (por medio de sus religiones). El hombre natural no puede discernir tal mandato espiritual, por lo cual le parece locura todo este discurso. Pero Dios enseña a los suyos lo necesario para que puedan ser enviados a Jesucristo, una vez que han aprendido (Juan 6:45). En el discurso de Pablo dado en el Areópago, ante los atenienses que lo convocaron a ese lugar, creyeron unos pocos. ¿Por qué no todos creyeron si el mensaje era el mismo para cada uno de ellos? Porque Dios tiene su pueblo en todos lados y llama a los que son suyos. Esto valida el mensaje general hacia el arrepentimiento como testimonio ante el corazón cargado de ignorancia, para juicio venidero.

El pecado ha degradado al hombre y lo ha convertido en bestia (anticristo). Algunos han escuchado el evangelio y han participado de los dones celestiales, como olfateando el reino de los cielos. Tal vez han puesto todo su esfuerzo, como queriendo obedecer a Dios, aunque no han comprendido la doctrina de Cristo. Estos son los que apostatan, los que son oidores olvidadizos llevados por cualquier viento de doctrina. Los mismos permanecen aferrados al ídolo que han construido a partir de su experiencia religiosa; por lo tanto saldrán de nosotros sin haber sido jamás de nosotros. Judas Iscariote quería que Jesús fuese el Mesías que él aguardaba, un político que lo libertara del yugo imperial romano. Judas volvió a su vómito, o tal vez nunca había vomitado el mundo que llevaba por dentro; lo que sí es cierto, es que su convivencia con el Señor no lo sanó de su naturaleza de diablo. Era el escogido para entregar al Señor y nada haría el Señor para cambiar el designio eterno del Padre.

En la parábola del Sembrador se ve que algunas plantas alcanzaron cierto desarrollo, pero las vicisitudes del mundo, los afanes de la vida, el deseo de los ojos, impidieron que la medicina hiciera su efecto. Claro está, en esa parábola se ve inmersa la voluntad del Padre, al no haber preparado aquella tierra para que la semilla diera buen fruto. Estos son los que fueron destinados a tropezar en la roca que es Cristo. El evangelio convierte a la bestia humana en hombre redimido, pero no lo hace en todos porque su mensaje de sanidad va destinado a los pocos escogidos del Padre. No obstante, como Pablo dijo en el Areópago, Dios manda a todos los hombres a que se arrepientan, pero eso no es más que un mandato general que corresponde a la esfera del deber ser humano. 

Judas Iscariote no se arrepintió para perdón de pecados, solamente tuvo remordimiento de conciencia (atrición y no contrición) al comprender la maldad que había cometido. Él volvió a su locura bestial donde siempre había vivido, solamente que se mantenía lavado por fuera, como los cerdos que más tarde vuelven a revolcarse en el fango. No basta confesar su pecado, como si se produjese un vómito del alma, lo cual alivia un poco la pena interna. Lo que sí es suficiente es creer el evangelio de Cristo, que vino a salvar lo que se había perdido, que murió en favor de limpiar todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras. La voluntad del Padre es que llevemos fruto, pero no hay mejor fruto que la confesión del verdadero evangelio. El evangelio diferente se ha declarado como maldito, y se ha maldecido a todo aquel que lo propaga y lo sigue. La doctrina de Cristo la enseña el Padre, a través de las Escrituras, por medio de la predicación de la verdad, para que el que haya aprendido pueda acudir hacia el Hijo. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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