Domingo, 31 de octubre de 2021

Sin la gracia de Dios, nada bueno se obtiene para el espíritu del hombre. Cantidad de veces se usa el vocablo gracia en la Biblia, para darnos a entender que existe un favor especial que se desea o que se otorga. Sea que alguien haya dicho Que yo halle gracia en sus ojos, o sea que Dios haya dicho que por gracia somos salvados, el término en cuestión refleja un favor inmerecido que no puede ser exigido. Dios tiene libertad para dar gracia a quien haya querido darla, así como usa su legítima voluntad para no dársela a quien no quiera dársela. 

En amor fuimos predestinados, pero en odio fueron muchos dejados sin gracia. Pablo escribía a los Efesios, y con ello nos escribía a todos los creyentes, Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (Efesios 1:2). Con eso estemos contentos, ya que el amor de Dios se implica en su gracia; la bendición del Todopoderoso hablará a nuestro favor, entregada por el puro afecto de su voluntad. El núcleo del evangelio se demuestra por medio de la gracia divina, en el amor eterno del Padre para con su especial pueblo elegido, a quienes quiso darle herencia en los cielos.

Somos más que vencedores y todas las cosas nos ayudan a bien, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados. Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. 

El último versículo de la Biblia nos despide con la gracia de nuestro Señor Jesucristo (Apocalipsis 22:21). Esta gracia ha sido dada solamente a los que Dios ha amado desde la eternidad, con el amor eterno que le susurró a Jeremías. La gracia viene dada por medio de nuestro Señor Jesucristo, en virtud de su vida y muerte expiatoria en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21). Los réprobos en cuanto a fe, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, no tienen jamás la gracia de Dios. 

Ciertamente, hay muchas ovejas que todavía caminan extraviadas, sin que hayan sido llamadas eficazmente por el buen pastor. Pero cuando ellas oigan su voz lo seguirán y huirán del extraño (Juan 10:1-5). La infinita santidad de Dios, su eterna justicia y su alto rasero para tolerarnos, fueron valorados en la persona de Jesucristo. La perfección del Cordero al cumplir toda la ley agradó al Padre, apaciguó su ira contra su pueblo escogido de manera que pudo manifestarse su favor gracioso. Este trabajo de Jesucristo no alcanzó a aquellos por los cuales el Hijo no rogó la noche previa a su martirio de cruz (Juan 17:9). 

La razón de nuestra salvación descansa en la perfecta justicia de Jesucristo (nuestra pascua). La gracia divina ha sido otorgada en virtud de la justicia divina (Jesucristo expió nuestros pecados), así que entendamos de una vez lo que implica un favor inmerecido. Mientras toda la humanidad merecía el castigo por el pecado, quiso Dios salvarnos por medio de la locura de la predicación del evangelio. Ese evangelio tiene un núcleo certero, la justificación en Jesucristo, la representación que hiciera de nosotros en la cruz, pagando nuestra condena y otorgándonos su justicia. Judas Iscariote no fue objeto de su trabajo, tampoco lo fue Esaú, a quien Dios odió; no lo fue el Faraón de Egipto, ni lo fueron los muchos pueblos dejados en la ignorancia de su paganismo. 

Lo que importa para el creyente debe ser la buena noticia que ha recibido, pero que contiene implícita la otra parte: todos aquellos que no tienen una justicia perfecta están bajo la maldición de Dios. La gracia que Dios ha otorgado a su pueblo la dio a expensas de la justicia alcanzada por su Hijo en la cruz. Recordemos siempre las palabras del ángel a José, en una visión: el hijo tendría por nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús no rogó por el mundo, rogó solamente por los que el Padre le había dado y le daría por medio de la palabra incorruptible de ellos. 

Un evangelio falso no conlleva redención a sus oyentes, así que los que son llamados a la luz reciban la orden del Señor: salid de Babilonia, pueblo mío. Dios llama a sus elegidos por medio de la palabra del evangelio, el que oye que ponga entendimiento para creer, que reciba el arrepentimiento para perdón de pecados. Ninguno de los escogidos del Padre tiene algún elemento importante en ellos mismos, simplemente fuimos todos hechos de la misma masa. La virtud la tiene Jesucristo, por lo cual recibimos gracia sobre gracia.

Cuando el profeta Elías clamó al cielo pensando que solamente él había quedado como creyente, el Señor le respondió que se había reservado a 7.000 hombres que no habían doblado sus rodillas delante de Baal. Si vemos la cantidad frente al número de israelitas del momento, nos daremos cuenta de que son pocos los escogidos. El censo del rey David había arrojado cerca de tres millones y medio de hombres (sin contar mujeres ni niños), así que cuando el rey Acab gobernaba había transcurrido apenas unos 100 años. En la época de Acab y Elías habría en toda la tierra unos 50 millones de personas vivas, así que el porcentaje sacado se muestra extremadamente bajo.

Pero somos la manada pequeña, los que hemos entrado por la puerta estrecha y caminamos por la senda angosta; aunque muchos (y no todos) sean los llamados, somos pocos los escogidos. Así que no nos asombre el no conseguir eco con la doctrina de Jesucristo, ya que el mundo ama lo suyo. Un evangelio diferente tendrá siempre amplia acogida, porque la suave palabra del maestro de mentiras no ofende a nadie. En cambio, las palabras de Jesús siempre han sido duras de oír y generan ofensa a la sensibilidad humana, acostumbrado el hombre a forjarse un dios a su propia imagen.

En resumen, la gracia que se resume en el evangelio se recuerda de las palabras de Jesús, cuando hablaba a los discípulos que se retiraron ofendidos: Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44). Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó (Romanos 8:30). El verdadero y único evangelio es el de la gracia, manifestada y provista en el trabajo de Jesucristo. Que nadie destruya esta esperanza otorgada por la palabra de vida, que los herejes no puedan horadar la base de esta fe. Jesucristo murió por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras, para devenir en la justicia de Dios. Así que a los que representó en la cruz a éstos lleva el Padre hacia el Hijo. Todo aquel que haya sido enseñado por Dios y haya aprendido, irá a Jesucristo para ser resucitado en el día postrero (Juan 6:45). 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:51
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