Lunes, 11 de octubre de 2021

La frase de Juan el Bautista se ha hecho célebre: he aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Se repite sin cesar en muchas liturgias, pero se le da un sentido universal extendido a cada habitante del planeta. Si esa extensión fuese cierta, todo el mundo sería salvo. Sin embargo, vemos que millones de personas mueren y se condenan, sin que ese cordero de Dios les haya quitado su pecado del mundo. A menudo, el vocablo mundo presenta una restricción semántica que lo hace referir a un conglomerado de personas específicas, sin que se extienda a cada ser humano en particular. Todo el mundo se va tras él, dijeron unos fariseos respecto a Jesús, debido a su fama que crecía día a día. Pero ellos mismos no lo seguían, ni muchas personas de entonces: todo el vasto mundo pagano, muchos judíos que lo aborrecían, gente de todas partes lo negaban.

En una época del naciente cristianismo se atacó con furia a la persona de Jesucristo. La historia nos habla de múltiples herejías que todavía continúan vivas a pesar de que fueron condenadas y analizadas por algunos sínodos eclesiásticos. En la actualidad, aparte de la persona de Cristo se ataca en gran medida su trabajo. Se ha propagado por doquier que su derramamiento de sangre se hizo en favor de cada habitante del planeta. De nuevo, de ser cierta esa proposición todo el mundo sería salvo. Hemos de tener en cuenta el valor de su sangre, el poder de su esfuerzo y la garantía que da el Padre por el suplicio del Hijo. Así que si somos coherentes, todos aquellos por quienes Cristo murió pasarán a las filas de los redimidos en el momento de su llamado eficaz.

En realidad, la Biblia afirma que Cristo murió conforme a las Escrituras; ellas aseguran que lo hizo en favor de todo su pueblo, de los hijos que Dios le dio, de los que habiendo sido enseñados por el Padre, y habiendo aprendido de Él, son enviados por Él hacia el Hijo. La encarnación de Jesucristo lo hizo sujeto de la ley de Dios, obligándose a cumplir con todos sus preceptos. Por haberlo hecho en forma perfecta, demostró la calificación presupuesta para alcanzar su cometido: la redención de su pueblo (Mateo 1:21). Al Señor le agradó hacer la voluntad del Padre, y tener la ley en medio de su corazón (Salmo 40:8). 

El sufrimiento de Cristo en la cruz se dio como pago por por los pecados de desobediencia de todo su pueblo. Esto era exigido por la ley divina, muy drástica, la cual no pudo salvar a nadie. La ley no había fallado, más bien se convirtió en el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. Es decir, como nadie pudo con ella todos debemos acudir a recibir el favor del Señor en cuanto a su cumplimiento con ella. Pese a esta información, estamos seguros de que nadie irá por cuenta propia si no fuese enviado por el Espíritu de Dios para ser benefactor de semejante dádiva divina. La vida eterna en Cristo Jesús se opone a la muerte eterna como paga por el pecado. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3:4-5). 

La importancia teológica de la muerte de Cristo lleva a la comprensión del beneficio en favor de su pueblo. Cristo pagó, mediante su obediencia a la ley, toda la desobediencia de su pueblo. Cuando oraba la noche previa a su martirio de cruz, agradeció al Padre por los que le había dado y le daría por medio de la palabra de aquéllos. Estaba pidiendo por los que iría a representar al día siguiente en el madero, mediante su sacrificio expiatorio. Se subraya el hecho de que no pidió (no rogó) por aquellos que el Padre no le encomendó que pidiera, un vasto mundo de personas denominadas la manada grande, los cabritos, los réprobos en cuanto a fe, los odiados de Dios. De nuevo aparece la palabra mundo para juntar a aquellos por los cuales Jesús no rogó.

Vemos en el evangelio de Juan que el término MUNDO cobra varios significados. Quiero resaltar dos significados opuestos: el MUNDO amado por el Padre y el MUNDO odiado por el Padre. En Juan 3:16, Jesús le explica a Nicodemo (maestro de la ley) que Dios había amado de tal manera al mundo que le había enviado a él mismo (su Hijo) para que todos los que sean creyentes en él no se pierdan, sino que tengan vida eterna. En el mismo evangelio de Juan, la noche antes de morir, Jesús le dice al Padre que no ruega por el MUNDO sino solamente por los que Él amó en tanto se los entregó como ovejas para la redención (Juan 17:9). 

Jesucristo sufrió las penas del infierno correspondiente al castigo por el pecado humano. Ese pecado no es otra cosa que la desobediencia a la ley divina (sea la que está escrita en los corazones o conciencias de los seres humanos, o la que fue escrita por Moisés). Dado que la paga del pecado es la muerte, y dado que la ley no salvó a nadie sino que más bien aumentó el pecado (en virtud de que cuando se dice no codiciarás se aumenta la codicia en el corazón perverso del humano), Jesucristo sufrió el castigo del Padre como una pena inigualable, al punto de que el mismo Padre lo abandonó en la cruz. Jesucristo fue hecho pecado, aunque no conoció pecado, por causa de todo su pueblo. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:5).   

Si Jesucristo no hubiese dejado satisfecho al Padre, no habría resucitado de entre los muertos. Hubiese perecido como cualquier mortal pecador, pero no falló sino que consumó todo cuanto le fue encomendado. El Padre, gratificado por su labor, lo resucita de la muerte exaltándolo hasta sentarlo a su diestra. Ya lo decía un salmo de David: Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción (Salmo 16:10). 

En su pleno poder Jesucristo intercede por su pueblo hasta el día en que Él juzgará al mundo y coloque a sus enemigos por estrado de sus pies; el postrer enemigo es la muerte. Pablo comprendió el tema del pecado, muerte y sangre de Cristo, hasta el punto de exclamar: ¿Dónde está, oh, muerte tu aguijón? ¿Dónde, oh muerte, tu victoria? Porque el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley (1 Corintios 15:55-56). 

Los que reclaman una muerte substituta en favor de cada miembro de la raza humana, presuponen que la sangre de Cristo se derramó para cada uno sin excepción. Esa presunción supondría que aún los que yacen en el infierno fueron objeto del favor divino. Esto nos lleva a la derrota de Dios, como si el infierno se erigiera en tanto monumento a su fracaso. No hay tal cosa en el Todopoderoso de la Biblia, ya que todo lo que quiso ha hecho. Aún el malo fue creado para el día malo, aún Esaú fue odiado antes de que cometiese obras malas.  El trabajo de Jesucristo hace la diferencia entre salvación y condenación, sin que se tome en cuenta el esfuerzo humano. Demasiado fácil, dicen ellos, como si pudieran agregar a lo que ya está completo: Consumado es, Tetélestai (lo que ha sido completado). 

Quizás este texto de Juan parezca falaz desde el plano argumentativo, dado que se estructura como una petición de principio. Dice así 1 Juan 4:6: Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error. Sin embargo, encierra una gran verdad: Se puede conocer a Dios como el de la providencia, aunque es mejor conocerlo como el Cristo que vive en nuestra vida día a día. No solo se trata de una profesión de fe, más bien se refiere a una práctica de vida. De nada sirve una vida moralmente regida por la ética cristiana, si los postulados de fe chocan y se distancian de la doctrina de Cristo. El hombre natural, aunque sostenga principios cristianos, no es nacido de Dios, por lo tanto no nos oye (en el decir de Juan). El espíritu de error se diferencia del espíritu de verdad en que el que tiene la verdad conoce quién tiene la mentira. 

El evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo, a través del evangelio de Jesucristo. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es quien da la certeza de la promesa divina. Esa salvación está condicionada en la sangre expiatoria del Hijo, en su justicia imputada a favor de su pueblo, sin que medie esfuerzo humano alguno. No es del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia. Es por gracia, a fin de que nadie se gloríe; si usted afirma que la salvación es una oferta abierta y general para todo el mundo y que hay que aceptarla para poder establecer la diferencia con aquellos que la rechazan, entonces usted no ha entendido la función del Cordero de Dios. No ha comprendido tampoco la doctrina de Cristo, y le convendría pasearse por las páginas de las Escrituras para ver si allí encuentra la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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