Martes, 05 de octubre de 2021

Los hebreos tuvieron que aprender a leer aún en el desierto, para poder comprender los mandatos escritos de su Dios. Había una orden de escribir en sus vestiduras y en los dinteles de las casas la palabra del Señor, de tal forma que todos tuviesen presente cada día aquello que los alimentaría como un maná formado con palabras. Algunos ya habían aprendido su lengua originaria en medio de la esclavitud egipcia, pero no tenían literatura escrita para practicar la lectura. Así que sobre la marcha echaron mano de su cultura y con sumo esfuerzo se dispusieron a dar cumplimiento al mandato del Señor a través de Moisés.

El Dios que separó las aguas del mar habría podido enviarles una copia audible de sus estatutos, pero prefirió ir con la historia que Él mismo había ordenado. Imagino que con mucha complicación el pueblo hebreo desarrolló el hábito de la lectura al habitar y caminar en el desierto, durante cuarenta años continuos, para poder asimilar aquellos estatutos. Hoy día muchas personas han aprendido a leer para poder por cuenta propia acercarse a una Biblia y comprender sus palabras impresas.

Otros, en cambio, han permanecido perezosos, como si la lectura les fuera por completo ajena, y prefieren exhibir su falta de alfabeto para ocultar su carencia de interés por la palabra. Estos se han conformado con repetir lo que oyen, sin saber si aquello que escuchan se corresponde con lo que está escrito. Jesús dijo que deberíamos escudriñar las Escrituras, porque ellas daban testimonio de él. Así que cada creyente en este mundo debería aprender a leer y a escribir, sin tener que conformarse con lo que otro le diga.

Por supuesto, habrá excepciones de absoluto impedimento. No obstante, los que poseen la capacidad para entrenar su cerebro, sus manos o sus ojos, deberían esmerarse por leer cotidianamente. La Biblia asegura que como una lámpara ante nuestros pies y como una lumbrera en nuestros caminos es la palabra de Dios. Por aquella palabra creemos haber sido constituido el universo, así como también sabemos que Dios sigue hablando a través de la revelación escrita. 

Quizás, la más impresionante obra de la literatura hebrea es el Tanaj (libros sagrados para los hebreos que equivale al Antiguo Testamento recopilado por los protestantes). La lista o el canon (derivado de la caña de medir) de los libros bíblicos hebreos, considerados como inspirados, se estableció en forma definitiva en el siglo II d.C. El consenso de un grupo de rabinos pertenecientes a una escuela llamada Yamnia, permitió darle nombre a los libros escogidos. Se llamaron protocanónicos y conforman el Canon Palestinense o Tanaj.

De esta manera, ese canon supuso el rechazo de algunos libros que pasaron a ser conocidos como deuterocanónicos (de un segundo canon). El célebre canon de Alejandría había incluido en la versión o compilación de la Septuaginta algunos libros que eran solamente literarios pero no necesariamente inspirados. 

Pese a las observaciones hechas a la Septuaginta, se considera ésta como una obra clásica, dado que fue la primera compilación en forma de libro de todo lo que se denomina Antiguo Testamento. Compilado por judíos que vivían en Alejandría, su versión originaria fue escrita en lengua griega. Tal vez se estaba dando cumplimiento a la profecía de Isaías 28:11 que aseguraba que Dios hablaría a su pueblo en lengua extraña o de tartamudos. Esta profecía también la corrobora Pablo, al citar en 1 Corintios 14: 21 lo que dijo el Antiguo Testamento: En otras lenguas y en otros labios hablaré a este pueblo; y ni aún así me oirán. Acá Pablo está dando una cátedra sobre el don de lenguas y su referencia a las lenguas extranjeras en las cuales se comunicaría Jehová con Israel.

Por curiosidad, el Nuevo Testamento pareciera continuar con el dictamen de aquella profecía dada por Isaías. La lengua griega es su vehículo y no precisamente la hebrea o el arameo. Y aunque la Septuaginta hubiese compilado algunos libros que fueron sacados posteriormente del canon, fue conocida en el medio apostólico. Pablo hace transcripciones de citas exactas de la Septuaginta, que no son traducciones literales de su equivalente hebreo de los viejos papiros. 

La historia del pueblo judío está íntimamente ligada a su epopeya bíblica. Un Dios metido en la literatura de una nación parece haberlos conducido en medio de una multitud de enemigos que intentaron aniquilarlos por completo. Ellos sobreviven con el Dios en el que han dicho creer, pero no por virtud propia sino por la misericordia y poder de ese Ser sobrenatural.

Dios ama a ese pueblo por causa de los patriarcas, por causa del remanente quedado por gracia. Claro está, esa gracia es a través de Cristo, como lo asegura Pablo: Lo que buscaba Israel no lo ha alcanzado, pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos (Romanos 11). El apóstol se coloca a sí mismo como un ejemplo del amor de Dios por Israel, ya que ha dicho que él mismo es israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. Pero hoy día permanecen con espíritu de estupor, con oídos que no oyen. El deber nuestro, en tanto gentiles elegidos, consiste en no jactarnos contra las ramas en las cuales fuimos injertados (en Israel). Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres (Romanos 11:28). Israel tiene celo de Dios, pero no conforme a ciencia, por lo cual el apóstol ruega por la salvación de ellos (ya que los considera perdidos). Ellos desconocen (rechazan) la justicia de Dios, la cual es Jesucristo, para incorporar la suya propia (la de las obras de la ley) (Romanos 10:1-4). 

Hoy día aquella literatura sacra sigue en las venas de los que creemos en Jesucristo. Se nos ha llamado el pueblo del libro, a mucha honra, aunque se nos diga en forma irónica que vivimos sumergidos en la leyenda de un Dios que vive en la literatura. Bueno, por aquella literatura hemos creído que se hicieron los cielos y la tierra, que el Redentor vive, que resucitó de entre los muertos, que al final nos resucitará a todos los que somos su pueblo para habitar con él perpetuamente. A unos recibirá con beneplácito, a otros los conducirá a eterna perdición por haber rechazado su palabra. El que cree, ha sido salvado; el que no cree, ya ha sido condenado.

La Biblia, un libro fantástico, relata desde el Génesis hasta el Apocalipsis los prodigios de un Dios vivo. Allí veremos mares que se abren y se secan, hachas pesadas que flotan, muertos que se levantan, paralíticos que caminan, leprosos que sanan su carne. Por igual leemos en sus líneas del Dios de los ejércitos, el cual destruye por entero a sus enemigos, los enemigos de su pueblo; el mismo Dios que ama eternamente, que tiene misericordia de quien Él quiere tenerla. La Biblia es la recopilación suficiente del relato del Dios soberano, el que hace como quiere sin tener siquiera un consejero. Allí contemplamos al Dios irresistible y suficiente para salvar al hombre del pecado y de su condena de muerte, al Dios que ofrece una dádiva de vida eterna a todo el que es creyente. 

Ese Dios de la Biblia ha dicho reiteradamente que nadie puede ir al Hijo si no fuere enviado por el Padre, pero ha anunciado por igual que nadie puede ir a Él si no lo hace a través del Hijo. El Espíritu es el que da vida, la carne para poco aprovecha; así que el que naciere de lo alto (del Espíritu) lo hará por voluntad divina y no de varón. Y es necesario nacer de nuevo para entrar al reino de Dios. Esta literatura sacra infunde vigor a quienes la leen, la escuchan y la escudriñan bajo la presunción de que allí está contenida la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:22
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