Viernes, 01 de octubre de 2021

Como una falacia puede ser catalogado el decreto de permitir, aupado por muchos teólogos calvinistas que siguen los pasos de sus similares del arminianismo. Si bien los primeros hablan de decreto, reconocemos que los segundos prefieren solamente el verbo permitir cuando se trata del pecado y sus estragos en el mundo. Para los calvinistas Dios vino a decretar el mal, pero no metiéndose en esos asuntos sino encajonando su curso con fuerzas restrictivas para demostrar que está en control. En relación con los que se pierden, ellos fueron pasados por alto en el plan de Dios, así que al seguir sus propias concupiscencias lo hacen de su propio albedrío sin que Dios tenga nada que ver con aquello que hacen.

Los arminianos, por su parte, prefieren hablar del Dios que permitió el pecado y que sigue permitiendo que el hombre haga lo que hace, en virtud del respeto que le otorga al libre albedrío. La razón de este respeto se basa fundamentalmente en la relación dual entre libertad de acción y responsabilidad humana. En todo caso, Dios no predestina a nadie sino que deja a cada quien seguir su camino, y si se aceptare la predestinación como doctrina bíblica se haría con la salvedad de que Dios previó quién se salvaría y quién se condenaría. 

En ambos casos estos dos grupos se dan la mano por debajo de la mesa y se saca a Dios de la ecuación de las acciones humanas. Dios no es el autor del pecado, gritan en coro ambos conjuntos, simplemente lo permite o decretó permitirlo. Para ello se han elaborado un montón de argumentos como el de las acciones de primera y segunda causa, o el de causa final. Pero más allá de su desespero por dar cuenta del pecado humano y de su relación con el Dios de la Biblia, pareciera un galimatías filosófico lo que plantean.

A la luz de las Escrituras Dios reclama para Sí mismo el que Él haya hecho todas las cosas, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). A su Hijo lo ordenó como Cordero para la expiación, aún antes de que el hombre fuera creado (1 Pedro 1:20), así que tenía un plan específico como un Sí y un Amén. Por si fuera poco, Jesucristo dijo que el Hijo del Hombre iba como debía, según las Escrituras, pero lanzó igualmente un ay por el que lo entregara. Poco antes había afirmado que él había escogido a los doce discípulos y uno de ellos era diablo, porque sabía de antemano quién lo había de entregar.

Vemos que no existe una causa secundaria o una final, como si Dios se hiciera el disimulado. Él es la causa única y eso molesta a los que pretenden poseer una moral más elevada que la divina.  Los que intentan defender a Dios, aseguran que Él sería injusto, diablo, tirano y pecador si hubiese creado y destinado a ciertos hombres para el día malo. Por ello abrigan una falsa doctrina, algo que resulta una opinión propia (herejía), antes que admitir la realidad de las palabras bíblicas. Dios amó a Jacob y odió a Esaú, sin que hiciesen bien o mal, sin importarle sus obras buenas o malas, incluso antes de que fuesen concebidos. Eso resulta insoportable como argumento de prédica por lo que se vuelcan a una esperanza falsa.

La vana doctrina que asumieron no es otra que una enviada por Dios mismo para que crean la mentira y terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11). En realidad no aman la verdad sino que se complacen en la injusticia. Por esa razón aseguran que Jesucristo tuvo que morir por toda la humanidad, sin excepción, dejando al arbitrio humano su decisión final. Dios queda expectante para ver qué deciden sus criaturas de quienes ya ha dicho que están muertas en sus delitos y pecados.

No depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia. Al que Dios quiere endurecer, endurece. No dice que como ya está endurecido Él lo va a endurecer más, más bien afirma que el corazón del rey está en sus manos y a todo lo que quiere lo inclina. Asegura la Biblia que los que tropiezan en Cristo ya fueron ordenados para eso. Entonces El vendrá a ser santuario; pero piedra de tropiezo y roca de escándalo para ambas casas de Israel, y lazo y trampa para los habitantes de Jerusalén (Isaías 8:14); y 1 Pedro 2:8 hablando de la roca que es Cristo dice así: Y Piedra de tropiezo, y roca de escándalo á aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; para lo cual fueron también ordenados. También afirma la Escritura que a la bestia la adorarán todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la Vida desde de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), de la misma manera anuncia que Dios pondrá en los corazones de ciertos gobernantes de la tierra el dar el dominio y el poder a la Bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17: 12 y 17). 

La metáfora con la que Isaías refiera un hacha pareciera ser una ironía contra los que niegan que Dios ha preordenado cuanto acontece. Este profeta escribió en el capítulo 10 de su libro algo referente al rey de Asiria. Ese rey vino a ser el báculo del furor de Jehová, para derramar la ira del Señor por medio de su mano. El rey no lo pensaba de esa manera, sino que suponía que actuaba por cuenta propia (libre albedrío). De esa manera el rey de Asiria se jactaba de actuar con todo su poder, de someter naciones no pocas. En la profecía Isaías advertía que después de que el rey actuara para cumplir todo el consejo de Jehová sería sacudido por causa de su soberbia. 

Ese rey se galanteaba como un cisne en las aguas, al suponer que se había apoderado de la tierra. Pero el profeta pregunta en forma retórica algo que deben preguntarse también los que hablan del permiso de Jehová o del decreto de permitir el mal. Dice así: ¿Se gloriará contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta, como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). Dios colocó al rey de Asiria para que quitara despojos y arrebatara presa, contra la nación de Israel para castigar su perfidia. Luego castigó al rey de Asiria por su soberbia, así que Dios endurece a quien quiere endurecer y después lo castiga por su pecado. 

Muchos dicen que esto es una injusticia, endurecer al que no puede luchar contra el Dios Omnipotente. Bien, la justicia divina no se comprende en el mundo, pero el Juez de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo. El objetor se levanta para argumentar contra lo que Dios le hizo a Esaú, así que los teólogos del permitir o del decretar permitir intentan excusar a ese Dios señalado de ser peor que un diablo. Ellos aseguran que Él no tuvo nada que ver con el pecado humano, sino que solamente dejó al arbitrio del ser humano todo su destino. Pero la Escritura no apoya esa teoría falaz.

El Señor endureció en forma activa el corazón de Faraón, como antes se lo había indicado a Moisés. Después de todo ese endurecimiento lo castigó por causa de la soberbia del mandatario egipcio. Pero de Moisés tuvo misericordia para escogerlo como el patriarca que sacaría a su pueblo de la esclavitud a la que había sido sometido, de la cual también había profetizado a Abraham varios siglos antes. 

Isaías nos recuerda con su ironía que el leñador es quien causa que el árbol se caiga, no el hacha con la que corta. El hacha es tan solo un instrumento de su acción, como si fuese una extensión poderosa de su mano. Resulta vano, según el profeta, atribuir al hacha la causa de la caída del árbol, como si el hacha moviera la mano de quien cortara la planta. El hacha es un instrumento pero el leñador es el autor de la caída del árbol. 

El profeta no habló de los medios permisivos del leñador que sostiene el hacha, simplemente se refirió a él como el que corta con el hacha el árbol. Esta advertencia la hace inmediatamente después de mencionar lo del rey de Asiria, como para que el lector pasado de suspicaz no se atreva a juzgar a Dios o a sugerir que Dios no tuvo nada que ver con lo que hizo aquel rey. El profeta da a entender con su símil o metáfora del hacha del leñador, o del que corta con la sierra, que Dios tiene una voluntad activa y no permisiva. Él no decretó jamás permitirse ciertas cosas, como si Él mismo no quisiera que acontecieran. De allí que el que niega la acción directa del Dios soberano en cuanto acontece está siendo tan insensato como el que piensa que el hacha y la sierra mueven la mano del que con ellas corta. 

El profeta Amós dice algo que tiene que dejar perplejos a los que sirven al otro dios, aunque lo camuflen y lo adornen como si fuera el Dios de la Biblia. Dice en su libro, capítulo 3 y verso 6 lo siguiente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad el cual Jehová no haya hecho? Vaya, el profeta no mencionó jamás el verbo permitir, como para excusar a Dios de las acciones malas en la ciudad. No sugirió nunca que el mal se mueve por sí mismo, en un curso autónomo, pero que Dios tiene todo bajo control (aunque pareciera que no controlara nada). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38).

Mientras los que niegan que Dios tenga algo que ver con el mal alegan que las cosas suceden por su propio curso, los otros, los que sugieren que Dios está en control de todo pero que no creó lo malo, parecen argumentar que Dios sostiene el hacha en su mano pero al final no corta el palo. Más bien pareciera que el Señor está controlando ciertas fuerzas para que tomen el curso necesario y acontezcan las cosas sin que Él tenga voluntad activa. 

La ironía de Isaías viene de siglos atrás pero tiene tal vigencia hoy día que asombra la claridad de su advertencia. Mientras unos dicen que Dios no predestina a nadie (y si lo hace sería en base a lo que previó), los otros aseguran que predestinó a Jacob, solamente, pero que a Esaú lo dejó al arbitrio de su propio pecado. De nuevo, parece ser que Esaú se cortó a sí mismo, siendo él el hacha y el leñador, o tal vez la sierra se movió sola y Dios permitió que cortara a Esaú de la primogenitura. Esto negaría totalmente la declaración presentada en Romanos 9. 

Dios es bueno, declaró Jesucristo. El que Dios haya hecho al malo para el día malo no lo hace malo a Él. Dios hizo el tiempo pero no es afectado por el tiempo, no envejece ni se fatiga con cansancio. Dios hizo la vaca y no por eso Él tiene que ser vaca, así que ese razonamiento torcido que hace que el hacha corte sola al leño deja sin atributos intelectuales a los que juzgan a Dios. Jehová crea la adversidad y la paz, pero esa creación no lo convierte a Él en la adversidad.

La crítica del objetor presume que él sea un Dios, un ser absolutamente libre e independiente para que pueda ser juzgado. Pero contradicen el caso de Esaú, con el que más bien Pablo en Romanos 9 demuestra que el hombre mantiene su condición de criatura dependiente y debe un juicio de rendición de cuentas a Dios. Esto le parece difícil y duro de entender al que no ha sido llamado eficazmente por Jesucristo, pero así como Judas fue elegido para ser el traidor se puede decir de él que hizo su trabajo sin plantearse reproches morales. Su lamento fue al final, cuando era demasiado tarde. 

Decir que Dios Padre es quien traiciona a Jesucristo porque decidió que Judas lo hiciese, sería como afirmar el disparate acerca del hacha que mueve la mano para cortar el árbol. Dios endureció a Judas y lo dirigió para que entregase al Hijo ante el  Sanedrín, como de igual manera endureció al Faraón para que no dejara salir a su pueblo hasta que se cumpliera la última plaga. Dios se muestra soberano de principio a fin en las Escrituras, pero eso molesta a muchos que se proclaman cristianos. A ellos les parece una palabra dura de oír, por lo que claman que un Dios justo sería aquel que enviara a su Hijo a morir por todo el mundo (incluyendo a Judas, a Faraón y a cualquiera que adorare a la Bestia). De esa manera se jugaría a la democracia teológica, otorgándole potestad al hombre para que decida su destino final, basado en el artilugio del libre albedrío. Eso no lo enseña la Biblia en ninguna de sus líneas. Dios no se contradice, no se aflige, no se auto-castiga, porque no siente culpa. Además, no rinde cuentas ante el ser humano ni ante otro dios, ya que no hay otro Dios ante el cual comparecer. La promesa de la serpiente ronda en la cabeza de estos teólogos de la igualdad, haciendo que el hombre se haga semejante a Dios y pueda ejercer su libertad como derecho y como condición para poder ser juzgado.

En síntesis, Dios no decretó jamás permitir nada, ya que todo cuanto acontece en su universo creado corresponde a sus designios inmutables. Aunque nos parezca atroz el despliegue del pecado en el mundo donde vivimos, ello obedece al plan divino para castigar con su justicia a los que moran en la tierra y siguen el curso del demonio. En cambio, ha querido demostrar su amor para con todo su pueblo, aquellos que escogió desde antes de la fundación del mundo para hacerlos semejantes a su Hijo. La gloria de Cristo como redentor no podía jamás evitarse, como no podrá apagarse nunca.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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