Martes, 28 de septiembre de 2021

El diablo existe, sin cachos ni cola, en tanto es el viejo ángel de luz que en su soberbia cayó abatido desde el cielo. Quiso ser como Dios, se creyó eterno y soberano, intentó imponer su criterio como el primer hereje de los tiempos. Su opinión propia prevaleció en su alma y arrastró con él a una gran parte de os ángeles del cielo. Por supuesto, la Biblia declara que Dios hizo todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo. Esta aseveración comprende la hechura del diablo como parte de la voluntad eterna y soberana del Hacedor de todas las cosas.

No fue un error el que apareciera la serpiente antigua, la cual se llama el dragón, diablo o Satanás. En 1 Pedro 1:20 se puede ver claramente lo que decimos: que el Cordero de Dios estuvo preparado de antemano, antes de la fundación del mundo. Así que no supongamos ni por un instante que Satanás es un error de Dios, antes es una criatura creada para tal fin. Poco importa que en un principio fuese un ángel de luz, un querubín dedicado a la música celeste, lo que importa es el fin último para el cual fue creado. 

Sin Satanás no hubiese habido tentación y Adán hubiese continuado en su estado de inocencia hasta nuestros días. La humanidad no hubiese caído y el Hijo de Dios no hubiese podido mostrarse como Cordero expiatorio, como el Salvador del mundo. Adán y Eva pecaron al creer la mentira del diablo, por lo cual comieron el fruto prohibido. Dios les había advertido que el día que comieren tal fruto morirían, pero la serpiente le dijo a la mujer: No moriréis. La razón dada por el animal fue que Dios sabía que el día que de él comieren se abrirían sus ojos y conocerían el bien y el mal, como Dios mismo. El deseo del conocimiento sobre lo bueno y lo malo prevaleció frente a la advertencia divina, así que al comer del fruto del conocimiento del bien y del mal se abrieron sus ojos para su propia vergüenza. De un estado de inocencia se pasó al estado de muerte espiritual y a la depravación humana que tanto conocemos. Ya que Adán representaba en ese entonces a toda la humanidad, el pecado se hereda como si estuviera impreso en el genoma humano. Así, todos los seres humanos vinimos a sufrir la muerte física y el trastorno del pecado.

Cuando los hombres abrieron sus ojos descubrieron su desnudez y trataron de cubrirse. Jehová los buscó en el huerto pero ellos trataron de esconderse. En resumen, recibieron la maldición de parte de Jehová por su desobediencia; resulta muy interesante el ligamen existente entre la desobediencia a Dios y la obediencia a Satanás: no existe la una sin la otra. En el Génesis 3:21 leemos que Jehová Dios hizo vestiduras de pieles de animales para Adán y su mujer, de manera que cubriesen su vergüenza. 

La vergüenza de su desnudez vino a ser una metáfora de la vergüenza por el pecado, así como los animales que hubo de sacrificarse para su vestimenta anunciaban ya la ofrenda por el pecado. De la misma manera Dios colocó enemistad entre la serpiente y la mujer, entre ambas simientes: la simiente de la mujer heriría a la simiente de la serpiente en la cabeza, pero la simiente de la serpiente heriría en el talón a la simiente de la mujer. La posteridad de Eva es la humanidad misma, y la multitud de serpientes existentes contiende con esa descendencia. Una antipatía simétrica, si bien muchos hoy día alardean sobre el poder y cuidado sobre estos animales. 

Claro está, lo que se dice en el Génesis 3:15 vale como metáfora referente al diablo y a Jesucristo, a todo lo que conocemos como lucha entre el bien y el mal. Por un lado se habla de la generación de víboras, por el otro de los hijos de Dios. La simiente de la serpiente persigue y odia afanosamente a la iglesia de Cristo. La simiente de la mujer también es vista como el Mesías, profundamente odiado por Satanás y sus demonios o ángeles caídos, así como por el pueblo que continúa rebelde en las prisiones de la oscuridad. 

La simiente de la mujer se continúa en una forma especial en Isaac, de tal forma que cuando se dijo que en Isaac te sería llamada simiente se hizo referencia a Cristo el Mesías que habría de venir. Jesucristo vino para destruir al maligno, a los principados y potestades, para desentrañar sus esquemas de maldad y acabar con el poder de la muerte. El poder de la muerte es el pecado, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. Hemos de tener en cuenta que Adán representó a toda la humanidad y por causa de él vino sobre ella el pecado y su castigo, así también en Jesucristo vino la liberación de todos los que él representó en la cruz.

La Biblia habla de la muerte del Mesías conforme a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que Jesús salvaría a su pueblo de todos sus pecados; en Juan 6 leemos que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo trajere; en Juan 10:26 podemos leer por igual que nadie puede venir a Jesús o creer en él si no forma parte de sus ovejas.  En Romanos 9 Pablo deja claro que Dios amó a Jacob sin mirar en sus obras buenas o malas, pero odió a Esaú de la misma manera (sin importar sus malas obras). Entonces, al decir ‘conforme a las Escrituras’ nos estamos acercando a la verdad de Cristo, al evangelio que él enseñó.

Pero creer la mentira de Satanás implica asumir el evangelio del extraño, el anatema, el espíritu de estupor o el poder engañoso enviado por Dios mismo, para que los que no aman la verdad terminen de enredarse con la mentira y se pierdan. La Biblia habla de dos caminos, uno estrecho y otro ancho, de dos árboles, el bueno y el malo, de dos puertas, la que conduce a vida eterna y la que lleva a perdición. Así como el Génesis habló de dos simientes, también Jesucristo enseñó estos pares importantes. Hay dos frutos: el bueno y el malo, uno implica el verdadero evangelio y el otro presupone el anatema o maldito. Por esa razón afirmó Jesús que no todo el que le dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos. 

La Escritura también anuncia dos fundamentos, al referir con un ejemplo de dos personas que edificaron una casa. La casa sobre la arena fue arrastrada por las aguas pero la casa sobre la roca permaneció en medio de las inclemencias del tiempo. Por lo visto no existen terceros caminos, como si el ser humano pudiera habitar en un espacio neutro. Sepamos que solamente existen dos posibilidades desde la perspectiva humana: o el camino ancho o el angosto, la puerta que lleva a perdición o la puerta estrecha que es Cristo. Jesucristo es el fundamento de sus escogidos, los que creen en su nombre sin que sean solamente profesantes. 

Mientras unas personas se sienten firmes sobre la roca, otros tropiezan con ella. Pero estos últimos han sido destinados para que eso acontezca, forman parte de los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda. La expresión ‘entrar por la puerta estrecha’ presupone mucha aflicción, tentaciones que resistir, reproches que sufrir, burlas de los incrédulos, persecuciones políticas, soledad como la sufrida por muchos profetas. Eso se conoce una vez que se ha entrado, así que cada creyente sabe que anda por la senda angosta. Los pobres de espíritu son los necesitados, los que luchan en el reino y están en posesión de la vida eterna. Esa lucha aparece como el fruto de lo que les ha sido dado, no como la causa para alcanzar el reino.

En la Escritura leemos que se nos encomia la fe, pero también se nos recuerda que ella ha sido un regalo de Dios. No es de todos la fe, agrega, si bien Jesucristo es su autor y quien la consuma. Cada creyente tiene una medida de fe que le ha sido dada y sin ella es imposible agradar a Dios. Así que nos resta ejercitarla, aplicarla en medio de nuestras necesidades para seguir dando la batalla contra las asechanzas del diablo. Seguimos luchando por permanecer en el camino angosto, habiendo dado gracias por haber entrado por la puerta angosta que es Jesucristo. Bien lo decía Isaías, que el Hijo del Hombre sería sin atractivo para que lo deseemos. 

A nadie le agrada el insulto, el desprecio, la altivez de los ojos ajenos. Cada día somos puestos como ovejas al matadero, siempre existe alguien que nos mira y se pregunta cuál será la razón por la cual seguimos a Cristo crucificado. Si ellos comprendieran que el Señor nos representó en la cruz y dio su vida en rescate por su pueblo, y si en su comprensión supiesen con certeza que también Jesucristo murió por ellos, entonces detendrían la sorna. Caín odió a Abel cuando Jehová se gozó en su ofrenda, Faraón odió a Moisés al saber que venía de parte de Jehová, Esaú se enemistó con Jacob al saber que él fue el bendecido. 

El diablo es padre de la mentira y ha sido un homicida de almas desde el principio. Ocuparse de la doctrina conviene a nuestra salvación, implica acercarse a la esencia del Dios Omnipotente, reconocer el propósito de la muerte del Señor. El diablo anuncia esa muerte para todo el mundo, sin excepción, y otorga el infierno como trofeo al fracaso de Cristo. Pero si observamos la muerte de Cristo conforme a las Escrituras sabremos que murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Ese Jesús no rogó por el mundo por el cual no vino a morir (Juan 17:9), así que no le crea a la mentira de Satanás. Nadie puede venir a Jesucristo si el Padre no lo lleva hacia él. Está escrito que todos los que hemos ido y todos los que irán hacia Cristo hemos de ser enseñados primero por el Padre, y una vez que hayamos aprendido se podrá ir ante el Señor (Juan 6: 45).

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:28
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